La Página de los Cuentos
Tu comunidad de cuentos en Internet
[ Ingresa
|
Regístrate ]

Menu
Home
Noticias
Foro
Mesa Azul
Eventos
Enlaces
Temas
Búsqueda

Cuenteros
Locales
Invitados


Inicio / Cuenteros Locales / allka / UN BUS A LA CORDILLERA

 Imprimir  Recomendar
  [C:387529]

Aspiró la última bocanada de humo de su cigarrillo mirando impasible los rostros de las personas que esperaban en la estación la llegada del bus que iba hacia San Jerónimo. Levantándose de la banca que compartía con otros viajeros se acomodó el bolso, que era todo su equipaje, sobre la espalda, y caminó como si una urgencia lo empujara hacia algún lugar. Desde el sitio en el que estaba podía ver las montañas que hacían de centro de un cuadro vivo en el que la noche, que se presentaba limpia de nubes y generosa en luces de estrellas, hacía de marco. Escuchó el sonido del motor del autobús que llegaba a recoger a los pasajeros del viaje en el que él también partiría.
Había decidido abandonar la ciudad para ir en busca de aquello que estaba ausente en la cotidianidad de la vida urbana. Tenía clara la convicción sobre la ausencia de un verdadero sentido de existencia en medio de la vida citadina, que la decisión del viaje le llegó natural como la luz a la retina de sus ojos. Algunos acontecimientos de los últimos días, que a cualquiera le podrían parecer intrascendentes, le incitaron mayúsculamente a su decisión.
Uno de estos acontecimientos se presentó cuando de regreso del trabajo hacia su casa tomó el autobús. Cuando subió “al vuelo”, caminó por el pasillo del bus como siempre lo hacía, sin mirar los rostros de los pasajeros sentados a los dos lados ocupando los asientos. Al llegar al final encontró un asiento vacío. Se sentó al lado de un hombre de unos cuarenta años, que por su apariencia podría tratarse de un obrero igual que él. Pudo advertir que del aliento de su compañero, de viaje efímero de bus urbano, emanaba un claro olor a alcohol. Sintió inquietud por mirarle el rostro, pero más pudo su timidez.
En ese mismo instante un niño desarrapado se coloca en frente de los habitantes del bus y comienza a cantar mientras su mirada se distrae con un viejo pedazo de cuerda que sostiene entre sus dedos. La actitud de los habitantes del bus es la que él ya conocía, la misma a la que se sentía arrastrado como por inercia: la indeferencia, el desprecio, el sentimiento de incomodidad. Regresó a ver que actitud había tomado su compañero de asiento frente a la presencia del niño, el hombre tenía en el rostro colocada una máscara que ocultaba sus verdaderos sentimientos, colgaba de sus labios una sonrisa siniestra como de masoquista.
Como una borrasca las preguntas le dieron duro en el centro de su frente. ¿Cómo llegamos a esto? ¿Cómo los ojos humanos pueden rehusar el sentimiento? ¿Desde cuándo los de una misma especie se creen diferentes entre si? ¿Son los buses el lugar donde se permite ignorar la pobreza como si fuera parte de la decoración de un viaje? ¿Por qué esos seres que componen esa sociedad temporal buseril miran sin mirar y escuchan sin escuchar? Sin respuesta quedaron las preguntas enganchadas en su mente. Después sus ojos pasaron revista a los rostros de los pasajeros de aquel bus, que por momentos para él se transformó en una lata en movimiento en la que cabía toda la inmundicia del universo. Todos los rostros le eran diferentes, pero al mismo tiempo parecidos. Eran diferentes en sus facciones, pero iguales en al desidia que exteriorizaban, eran iguales en mostrar una complacencia vacía que les unía. En ese momento comprendió que él era igual al resto, la vergüenza le invadió al extremo de mostrarse de color rojo en su rostro.
El niño ahora recorría, entre los asientos del bus, con su pequeña mano extendida clavando su mirada en la de los pasajeros que por alguna razón la esquivaban. Cuando llegó cerca de Antelmo repitió el gesto mostrado a todos los pasajeros, pero a diferencia del resto de viajantes, él miró directamente a los ojos del niño, lo hizo con tal profundidad que por unos segundos ambos se sumergieron en el fondo de sus miradas. El niño continuó con su rutina alejándose de la mirada del desconocido, él no pudo identificar las emociones que le causó ese acontecimiento, simplemente comprendió que era humanamente inferior a ese niño, sintió temor. Su compañero de asiento se había quedado mirando las nalgas de una mujer de piernas largas que viajaba de píe y que al igual que el resto de habitantes del bus miraba sin ver, mientras en la radio sonaba una melodía estridente que acompañaba la voz de un cantante que repetía como estribillo: “…goza este ritmo goza, meneando tus caderas hasta enloquecer…” A Antelmo le invadió una náusea que era difícil controlar, le sobrevinieron espasmos, comenzó a sudar, sintió que la sangre se paralizaba en sus venas. Su visión se transfiguró. Ahora miraba, entre realidad y ficción, como todos los pasajeros eran cuerpos inertes, vacíos, rellenos de aserrín como monigotes, con las miradas perdidas, sin vida, a manera de maniquís. Miró al frente la vía, y fue tal el susto que se llevó al comprobar que el bus no tenía destino, que recorría un vacío en espacio y tiempo, que le aterró la idea de no poder abandonar ese viaje, pensó que aquel bus jamás se detendría cuando vio por el espejo retrovisor el rostro del conductor que tenía la misma mirada extraviada de los demás. Un impuso lo llevó a levantarse y entre la agitación del miedo se lanzó de la puerta del bus a la calzada a la que llegó rodando violentamente mientras sus ojos se cerraban protegiéndose del polvo dejado por el bus. Una sensación de paz sintió en sus oídos, un silencio. Estaba en las afueras de la ciudad. Se incorporó limpiándose a sacudidas su pantalón, se encaminó por una ruta que llevaba a un campo abierto en donde le llegó clara a su cabeza la realidad de la deshumanización de la sociedad, comprendió lo real que era la posibilidad de que su vida estuviese siendo parte del fin de los sentimientos humanos, del fin del abrazo entre la razón y el sentimiento. Al frente, en el paisaje, la cordillera se elevaba ajena a sus pensamientos, la miró con la sensación de que en sus entrañas guardaba, como un tesoro no descubierto, no enterrado, el motivo de su existencia en el mundo. En ese momento se rompió en su interior la cadena que unía su vida a esa ciudad a la que ahora la identificaba como el lugar donde se construía el olvido de la razón primigenia de la existencia. Sintió que debía dejar abandonada a sus espaldas esa ciudad en la que, como un laberinto sin salida, entre los ruidos de la modernidad, estaban extraviados ciegos, hombres, mujeres, jóvenes, viejos, niños, arrastrados en la vorágine de la carrera hacia el vacío eterno de la superficialidad, la ciudad donde, según él, el sentido trascendente de la vida ha sido relegado por el sinsentido de las acciones humanas regidas por las bajas pasiones y los intereses mezquinos, esa ciudad donde la derrota colectiva se torna victoria personal presentada como la única forma de trascendencia éticamente válida, y se crea el escape de la contemplación caritativa como la máscara con la que la cobardía cubre su sonrisa hipócrita.
Una semana transcurrió desde este acontecimiento. Una semana en la que se dedicó a recorrer las calles de la ciudad como buscando una señal contraria que le mostrara un resquicio de que los sentimientos y la razón no había huido de esa selva de concreto. No la encontró. Al contrario descubrió muchos motivos más que reforzaron su visión pesimista.
En una tarde de martes, mientras caminaba cerca del mercado central, miró como un hombre abandonado, con su cuerpo coronado por el hambre, escudriñaba un basurero que se encontraba en la puerta de una tienda en la que exhibía tras de una vitrina las más suculentas frutas. Antelmo pensó en lo cerca del hambre que estaban esas frutas, y al mismo tiempo en lo lejos que estaba aquel hombre de saciar su apetito. ¿Era ese alimento el fruto prohibido para el infeliz?
En la tarde del miércoles, después de comer con mala gana en un restaurante, sus pasos lo llevaron hasta un parque. Se sentó sobre una piedra que descansaba al lado de un alto árbol. Era una tarde soleada, una tarde de agosto en la que el viento se manifestaba violento. Se aprestó a encender el cuarto cigarrillo del día. En medio del parque miró a una mujer que sostenía entre sus manos a un niño -¿o niña?- que le pareció debía tener no más de dos años. La mujer desprendía, por su apariencia física y las ropas que vestía, un aire de miseria. El niño -¿o niña?- tenía un cuerpo flaco y estaba sucio, tenía sucio su cuerpo y su ropa. El rostro da la mujer delataba preocupación y ansiedad. Ambas figuras, le pareció, contrastaban con el esplendor de la tarde. Encendió el cuarto cigarrillo del día, se puso de pie, caminó en dirección a los personajes que concentraban su atención. Mientras avanzaba hacia la mujer y el niño -¿o niña?- en un rincón de su mente se trabajaron preguntas que pugnaban ser verbalizadas sobre esos habitantes del parque. Más, al estar cerca de ellos -¿o de ellas?- sus pasos de desviaron haciendo que su cuerpo marque una especie de círculo alrededor de la mujer y la niña -¿o niño?- , en esa maniobra sus ojos buscaron los de la mujer primero y luego los del niño -¿o niña?, su sorpresa fue grande cuando tuvo la sensación que las miradas eran idénticas. Miradas tristes en la superficialidad de sus necesidades materiales, pero miradas vivas y alegres en el amor que las unía. No fue necesario preguntar, la historia de aquella mujer con su niño -¿o niña?- se reveló íntegra dentro de su pensamiento.
Ella era una madre soltera, sin trabajo, maltratada por su destino, sin familia; apenas con veintidós años su vida se encontraba frente a un destino incierto. Había trabajado en varias casas como “empleada doméstica”. Mientras en su cabeza aparecían estas dos palabras - empleada doméstica - le pareció por demás ridícula esa expresión, jugó con la construcción de las palabras, pensó en - empleada domesticada - le pareció algo más cerca de la verdad. Esa mujer había sido explotada, no conocía el amor, su hijo -¿o hija?- había sido el resultado del abuso de algún hombre que se aprovechó de su fragilidad, de su soledad, de su miseria. Nadie quería sus servicios de -empleada doméstica- (empleada domesticada) desde que tuvo a su hijo -¿o hija?- ahora vivía de lavar ropa ajena.
A unos metros de los protagonistas de la historia revelada en su pensamiento, de un auto, que a él le pareció más una nave espacial, se bajó una mujer que se introdujo al parque. Esta, a diferencia de la otra, llevaba en su rostro los colores sintéticos que el dinero ofrece como felicidad, sus dedos estaban estrangulados por delicados anillos que hacía que sus delicadas manos jugaran a reflejar la luz del sol de ese agosto. Llevaba de la mano a una niña, supo inmediatamente que era una niña por los diminutos pendientes color oro que brillaban en sus pequeñas orejas y por el vestido pulcro que cubría la pequeña humanidad. Sus miradas, auscultadas por Antelmo, no eran las mismas como en el caso anterior. La de la mujer era una mirada que disparaba un vacío ocultado por los colores de un maquillaje exagerado, que hacía que su boca sonría sin hacerlo, la de la niña era franca, limpia, inocente, inaugurada.
Otra vez la borrasca de preguntas impactó sobre la cabeza de Antelmo. No encontró sentido a esa realidad. Bajo el mismo sol, en el mismo espacio verde del parque, bajo las mismas sombras de lo árboles, dos mundos diferentes, dos realidades que no se reconocían, y la naturalidad de todo como si siempre hubiese sido así.
El quinto cigarrillo del día se encendió entre sus manos temblorosas de ansiedad. Abandonó el parque por la esquina. Mientras sus pasos devoraban el pavimento, los sonidos de la ciudad le dictaban imágenes en las que los habitantes de calle, los de los autos, se reían de él, lo apuntaban con el dedo como increpándole no hacer parte del mundo. Se sintió ajeno a la realidad, único, diferente, sólo, inexistente.
El bus a San Jerónimo, con el motor encendido, esperó a que todos los pasajeros ocupasen sus asientos. Antelmo subió, se sentó al lado de una mujer que llevaba un niño en sus piernas. Ninguno, ni la mujer ni el niño, lo miraron, sintió que estaba invisible, que no existía. El bus arrancó. Miró por la ventana por última vez las luces de la cuidad que quedaba atrás. Lo esperaba la cordillera, a donde decidió ir para volver a existir.

Texto agregado el 11-01-2009, y leído por 913 visitantes. (0 votos)


Lectores Opinan
2012-08-08 03:41:35 Facilidad para hacer historias. Seguiré leyendo... sayari
 
Para escribir comentarios debes ingresar a la Comunidad: Login


[ Privacidad | Términos y Condiciones | Reglamento | Contacto | Equipo | Preguntas Frecuentes | Haz tu aporte! |
]