Tú: lugar de las profecías,
el más célebre, rico y renombrado de todos;
erigido en el Parnaso,
en el paraje del triunfo de Apolo.
Con tu roble consagrado a Júpiter;
punto central del universo.
Con tu sacerdotisa
bañándose en la fuente Castalia
para ayunar por tres días.
Con la preferida de las musas
conducida por los sacerdotes
hacia el santo recinto
cercano a la gruta de la montaña;
la que mastica hojas de laurel
e inhala el gas tóxico.
Tú: con la Pythia
sentándose en el trípode de oro
cubierta con la piel de Pitón,
junto a los vapores
del caldero sagrado de bronce;
empuñando las labris,
en trance,
extasiada.
Con la pitonisa,
la que corre hacia la piedra de la Sibylla
para responder crípticamente
y ser interpretada por los sacerdotes.
Con Pirro y Creso consultándote;
con Cicerón considerándote exacto;
Con tu gran altar de mármol negro;
tus murallas,
terrazas,
miles de obras de arte.
Tú: ¡oh, Delfos!,
supiste predecir la destrucción
de tu propio santuario.
¡Sólo tú!
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