En algún lugar del cosmos
el agua cubre nuestra piel,
nos baña,
vigoriza,
abre nuestros poros:
¡renacemos!
El llamado Pecado original no nos concierne;
para nosotros no existe el pecado,
somos libres y eso sí importa.
Rozamos,
saboreamos lubricidades,
erecciones;
apretamos, quejamos, rasguñamos;
nos bañamos en zumos originarios;
apenas modulamos primordiales palabras:
"¡Vida! ¡Vida!",
y sentimos que resurgimos, vivimos,
somos imperecederos.
|