Sobre la tierra se había posado un gris intenso que se esparcía por cada recodo del cielo. Sobre los portales de Cañaribamba, el sonido pasajero del viento se había ido anclando sobre las chozas de la ciudad. Sobre el tiempo inexorable. Era inevitable por esos tiempos que aquello ocurriese; cada año por esos mismos tiempos se sucedían lloviznas transitorias, que rara vez aumentaban su fuerza; luego todo cambiaba. Asomaba ese sol intenso que recaía en cada persona acompañado del olor a tierra mojada, que se incrustaba por las casas, como si fuera el aroma de lo pasajero.
Pero ese día todo fue distinto. Durante la mañana los pájaros recrudecían sus silbidos en un acto de alerta inesperado. Se estrellaban sobre los árboles e iban a parar en las puertas de los hogares anunciando sucesos que el tiempo los consumiría con la historia. Nada había cambiado a parte de ese suceso.
La mañana se tornaba más intensa, con su gris inclinándose por los diversos puntos cardinales. Y las nubes dibujando en el cielo figuras insólitas, sacadas de las quimeras internas. Hasta la tarde todo había transcurrido con la normalidad más inusual. Cañaribamba era un silencio que se destrozaba, como si la vida de los que la poblaban se hubiese detenido.
Casi nadie supo como empezó a llover a cantaros, porque cuando se habían dado cuenta todo era un mar inconmensurable. Solo se observaba correr a las personas, sobre los escasos espacios de tierra que existía. Los gritos estridentes se difuminaban con el sonido de la lluvia constante y las ráfagas de rayo que retorcían la Tierra. Nadie se enteraría de su muerte, solo después de haber asistido a ella.
Pero mientras se inundaba la tierra, se levantaba un cerro, estremecedor, que alcanzaba los límites del cielo. Un cerro que se levantaba sobre los demás, mientras la lluvia había arrastrado a su paso las chozas, y las personas. Algunos de ellos se hundían en las profundidades de ese mar, que crecía cuanto se pueda creer. Hasta los pájaros en su vuelo habían ido a parar dentro de las aguas. Como atraídos por un imán que consumía cuanto estaba a su paso.
Apremiadas subían las personas que intentaban salvarse de lo imprevisto. Algunos a media cuesta se quedaban atascados por el cansancio, y rodaban empinada abajo hacia el infinito.
Solo dos hermanos demostraban su destreza, sobre las piedras dejaban los vestigios de sus cuerpos cansados. Parecían que se habían consumido siglos en aquella ascensión, porque al mínimo descuido, veían que el agua rozaba sus pies. Solo cuando sintieron que el frío era continuo y que al subir su cabeza se encontraban con un mundo distinto e infinito, entendieron que estaban en un espacio seguro. Desde ese punto se veía hacía abajo un agujero cercano, como si estuviese a dos pasos. Pero cuando caminaron un poco más ya no existía.
El frío recorría cada órgano de su cuerpo, y se incrustaba un dolor intermitente en sus brazos y piernas. A pesar de las condiciones no sentían la necesidad de recostarse sobre las piedras a llorar lo que se había quedado a tras. Porque su deseo de sobrevivir sobrepasaba todas aquellas efímeras dificultades.
Durante la noche caminaron sobre piedra, un eterno mundo se les presentaba ante sus ojos, casi irreal. Y recordaban los momentos de niñez, cuando su madre les contaba de los relatos de los abuelos, y percibían el olor a maíz tostado. Decidieron enfrentar sus miedos y continuar hacía lo desconocido.
No supieron quien tropezó primero con un muro intransitable. Porque después de unos pasos se descubrieron dentro de un cueva. En el lugar se posaba un calor reconfortante. En el sitio había jeroglíficos que el tiempo los guardaba en sus entrañas. Así se consumieron las horas, y con ellas los últimos rezagos de aquel día. Aquella noche, el mayor de los hermanos había soñado que un cóndor, se incrustaba por su boca. El menor había soñado con una tierra lejana, llena de árboles y silbidos de pájaros en cada sitio.
Entradas las primeras horas de la madrugada del día siguiente, el sueño se esfumó por el sonido del agua que se escuchaba por debajo de la tierra en aquella cueva. Hambrientos por la proeza del día anterior decidieron salir a buscar alimentos transitorios. Anduvieron buscando casi todo el día, se alimentaban de trocitos de eucaliptos desperdigados, caídos de los árboles. De regreso ya dentro de la cueva oscura, vislumbraron una piedra redonda cargada de alimentos: manzanas, maíz tostado, gallinas cocinadas, papas, quesos. En aquel momento presumieron que su imaginación había transformado su hambre, en aquello que aparecía. Para comprobarlo decidieron tocar lo que se encontraba, y descubrieron que eran reales. Y desgajaron cada alimento con violencia y devoraron hasta el menor resquicio de cuanto se encontraba.
Al día siguiente emprendieron nuevo camino, y al regresar encontraron la mesa puesta con los mismos objetos. Y entrado el siguiente día entre murmullos decidieron reconocer el misterio al que asistían.
Ese día el hermano mayor se quedo en la cueva, el segundo salió como de costumbre. Oculto detrás de un recodo, decidió esperar. El miedo le infundaba deseos de marcharse de ahí y regresar como las tardes de aquellos días para observar la mesa puesta. No lo hizo, un impulso sacado de los intersticios de su estirpe casi se lo impedía. Y empezó a sudar y estaba como bañado en sangre de su propio cuerpo. En ese instante solo había sonidos imperceptibles, del viento que golpeaba contra las ramas de los árboles, que se divisaban afuera. No supo cuanto tiempo paso, cuando de pronto ingresaron dos aves. No sabía de que clase eran, solo cuando estuvieron a dos metros de él supo que eran Guacamayas. Entre recuerdos, en su memoria se instalo aquel suceso, cuando su padre, enseñándole el oficio de la caza lo condujo hasta una de ellas.
Estas guacamayas inusuales llevaban en una bolsa que colgaba de su cuerpo alimentos incontables, que lo dejaban caer sobre la piedra redonda.
Impulsado por sus miedos decidió salir de su fortín y las sorprendió a las aves, fue su impresión tan cautivante, que cuando las miró su corazón se detuvo por un momento. Las guacamayas tenían el rostro de una mujer que se perdía por sus cuerpos de aves, un rostro extremadamente luminoso. Parecía como si en sus figuras el tiempo hubiese adaptado la simetría de sus caras, a sus cuerpos, con una minuocidad extrema. Al ver aquel acto, nuevamente sus ansias lo hicieron actuar. Se dirigió en un acto de rapidez persistente. Las persiguió por la cueva, pero su cuerpo y sus manos no las alcanzaron.
Tres días transcurrieron en aquel mismo dilema de perseguir, y escapar. De cansancio y deseos de poseer lo lejano. Los dos hermanos un noche de frío en la cueva decidieron cambiar. Ahora se quedaría el hermano menor. Entradas las horas de la mañana, aquella presunción la concretaron.
Espero el hermano menor, y cuando ingresaron a la cueva las guacamayas. Sin esperar ningún sentido, se abalanzó sobre un de ellas. En el suelo el la sujetaba con la fuerza de los antepasados, el ave de tanto insistir para que la soltase, se dejó llevar por el desvanecimiento. Así se quedaron toda la noche.
Y después de varios días, un sentimiento se apoderó de sus dudas. Era el amor el que se había anclado entre los dos y se distraía entre su tiempo. No supieron los dos de cómo se dio, pero algunos días después, aquella guacamaya en medio de sus emociones tuvo seis hijos de contado, tres hombres y tres mujeres. Cada hijo caía del vientre de su madre como despedido hacia el suelo. Nunca llegaron a impactarse contra la tierra, porque su padre los atascaba con sus inmensas manos.
Nacieron los que debían hacerlo por más de cuatro días. La guacamaya se daba respiros entre hijo e hijo. De pronto al quinto día se vieron colmados en aquella cueva de una estirpe inalcanzable. Y supieron que se iniciaba otra historia que estaba por forjarse.
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