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Inicio / Cuenteros Locales / alipuso / Jethro

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JETHRO


PRIMERA PARTE
I

Sus ojos siguen con sigilo la ansiedad de una mosca que explora las paredes de la alcoba.
Por su parte, su estómago parece reclamarle otra réplica uniforme de la Pirámide del Sol forjada en el transcurso de las horas por el ocio creativo de la tristeza y los plantíos de cebada antecesores de su orina. Viejas notas evocan la epidermis de su madre; misma que lo aislara entonces de la innovadora versión del viento.
El telón de la gran obra luce caído y con él los aplausos de la fe. No tiene la menor intención de animarlo a pesar de que el decorado seboso provoca comezón en su nariz.
Intencional olvido del jardín de rosas que en otros tiempos adornara sus retinas sonrientes; ahora sólo quedan espinas negras, metáfora de una tupida barba que riega a diario con su desenfado; deseando que cubran el descaro de su pecho.

Se incorpora del lecho ante la lenta sentencia que pudre la sábana casi derretida. Necesita liberar una vez más la opresión de los sembradores de cebada. Chorro burbujeante, amarillo sonoro; mágica transformación de unas simples espigas; negatividad liberada, mezclándose con ese hediondo vapor desapercibido por él. El zipper muerde la trusa sin que se de cuenta.
La cama moribunda es el único objeto alrededor que se compadece de su embriaguez. Los resortes crujen ante su peso desplomado. Sorbe los restos sin gas de la segunda docena de cervezas cuando la lengua despierta sutilmente al cerebro al sentir en su superficie una sólida blandes. Saca aquello de la boca para observarlo entre sus dedos: el zumbido de la mosca ya no lo fastidia.

Despierta. Tuvo un sueño fugaz: la vida era soportable. Acaso Oscar Wilde tenía razón: “Si te arrepientes modificas el ayer”. Lo reflexiona en caducidad sensitiva progresando hacia el pasado cuando el incienso al fin escapa por la ventana y el sol se marcha aburrido de la escena. Otra ráfaga de viento derriba sin enfado la gran Tenochtitlán de lata provocando a la estridencia. Apenas tiene tiempo de sentarse en la cama.
La depresión le duele en los hombros. Otra mosca recorre su perfil derecho. El gran telón ahora es ácido. La mosca vuela. Sensación empalagosa recorriendo su piel. El eslabón veinticinco termina frustrado en el suelo al no haber logrado incrustarse en la pared.


El nuevo sol opta por ignorarlo, prosigue su ascenso.
Al fin rebana las espinas; toma una ducha; intenta desayunar algo; piensa en una buena excusa.
Sube y baja del autobús y del metro. Ya tiene la coartada; lo que no puede lograr es sobriedad.
La resaca se acerca amenazante aprovechando que los efectos ceden. Aliento insoportable, su mirada quebrada. Sabe que los problemas son especialmente insufribles en lunes. Su empleo lo desespera sobrio; lo exaspera crudo .
-¡Aquí están todos! ¡Pobres diablos! ¡Hormigas cerebradas! –grita Jethro al llegar a la fábrica.
El vacío envuelve al contenido cuando se heredan a otros los insignificantes problemas de este mundo.

Jethro es un Aqualung a la caza de las coordenadas. Su búsqueda es sublime desde el momento en que ama lo que presiente que necesita: fe en lo invisible.


Existe una extraña pasión dentro de algunos pensamientos, mismos que a la vez contienen fugaces reflexiones que no llegan a ser razonadas lo necesario por la mayoría de la gente; convertidas finalmente en evasiones forzosas ante el miedo por comprender.
Pero cuando estas reflexiones se rescatan, aun esporádicamente, provocan la encrucijada de lo supuestamente insignificante; y al unirse entre sí, luego de advertir que nada malo nos sucede al sacarlas a flote, las encrucijadas pueden llegar a formar una idea clandestina, tan desnuda como un pensamiento no expresable; dando forma a la vez a un poder sencillo sobre quien las adopta: la emancipación sobre lo general; la superstición a lo vulgar. Muy a menudo “ceros a la izquierda” en las sociedades.
El sentido no común sobre todas las cosas y sobre todas las emociones; intuyendo la sonrisa de una planta o identificando a kilómetros el hedor de nuestras axilas. –Los mejores ilusionistas del mundo.
¿La fachada?, una treta. La pasión desatada. Suprema belleza que se extermina a sí misma cada noche, cada premier.
Avisos oportunos en los diarios en busca de nuevos empleos; periódicos completos bajo las sábanas para evitar manchar el colchón.

Con la sábana seca
siete dígitos marcas

-¡Vamos! -le ordena prepotente ninguna cosa a Jethro- ¡Toma este diario y busca un trabajo!
-Está bien... veamos que hay... Chofer de perros... Auxiliar de arcángel... Sicoanalista para cobardes... Albañil en Pisa... Domo castrado... Sacerdote virgen... No hay nada para mí amigo. Por favor, rompe la cuerda.
Es así como Jethro cae. Extraños seres en el último piso de la Torre Latina lo acogen; lo quieren linchar.
Jethro nada hasta toparse con un aire ligero que libera su esplendor. La sangre que brota de su vientre crea una figura amorfa. Algún día, cada una de las células de su plasma se convertirán en un planeta de tonalidades expresables.
Sigue cayendo cuando el significado de caer carece de significado. El valle intenso bien lo pudo firmar Renoir. Al lado sus ropas; bajo las ropas ella, llorando.
Jethro corre, tiene que llegar tan lejos como ella se lo permita. Necesita modificar la escena; una ligera desviación mental le hace desfallecer.
No se ha movido. Su cuerpo no siente necesidad. Sus muslos endurecidos.
Al incorporarse entre la maleza la montaña a idéntica distancia.

Semejo la cumbre
textura del polvo

Y la montaña pareciera alejarse a cada intento.
Cansado, adopta una húmeda cueva; desnudo de instinto. Sus músculos llenos de excoriaciones que dejan ver la carne viva; y entre las excoriaciones pasto seco.

Medio: experimentación
Fin: experiencia
Resultado: mi vida

Extraña característica ese egocentrismo de dar: extraño experimento de la razón. Simples niveles del pensamiento.

Simulo consejos
prisión del castigo
inútil precepto
¿Plegarias y opiniones?
¿Deberes y talentos?

Y el sol ilumina al polvo camuflajeado en la húmeda tontería de imperfección maquinal. Sueño distante sin concepto de sí mismo. Majestuosa comprensión molecular de un polvo que apenas visualizo; mucho menos conozco en estructura. Lo amo.
Crear un orden subjetivo; lo demás será consecuencia. Unico actor de un film propio; solitario espectador en la sala.
Un auxiliar de arcángel es testigo del inmenso glóbulo rojo que se expande. –Tomando en cuenta que, cuando algo se expande, es porque otro Algo se lo permite, entonces, el universo de Jethro viaja a través de...

¡Si tan sólo pudiese decirle a Julio Cortázar que mi cuerpo produce casi dos kilogramos de excremento al día!

La mosca vuela...




II
Ambos muslos acariciaban la palanca de velocidades murmurando una súplica de deseo. Fluyendo en ligero gemido, su cintura curveó.
El vino recorriendo cada uno de sus lunares hasta el ombligo, hasta el bosque.
Después de tanto tiempo estoy seguro de haber encontrado al menos media docena de nuevos lunares en ese pecho. Quise besarlos; pero ella huyó.

Eso que todos se obstinan en llamar odio no pasa de ser el argumento ante la impotencia no comprendida. La tristeza es la nostalgia aburrida.
-Nada puedo aceptar porque todo me pertenece. Nada puedo desechar porque todo lo he olvidado. El gusto por moldear es una opción –abotonando su blusa, ella ya se aleja calle abajo; olvidando de súbito todo su pasado.

Intima ficción
trecho intervalo
Acróbatas ruedan
con turba mesura

Profundo imaginar. Oscura aventura. Distancia de un extraño espacio. Emoción ante el momentáneo desequilibrio sin fondos ni formas, intensidades u objetos, límites u objetivos, cualidades, condiciones, preferencias, variedades o cálculos. Unico, sin límites ni tamaños.
Comprender para luego intentar interpretar; evitando distancias entre límites.

Colibríes transparentes adoptan mi melodía visual para cantarla a los ciegos auditivos. Espíritus de agua evocando los colores de la luz. Los matices se esfumaron.

No merezco nada
mi atrevimiento
sin castigo

Y el feto translúcido no puede contemplar las suspicacias del líquido que rodea a los invidentes de sonidos.
¡Esa falsa fe que brota del temor por no alcanzarla!


Jethro no puede pelear por ser el mejor. Su aplomo es singular.
Los que se entregan a la lucha por lograr ser los mejores, adoptando este ideal como estilo de vida, logran a toda costa el temor por concebirse.

-Te doy un consejo: no imites a las demás –le susurra Jethro a ella.
-Me tiene sin cuidado parecerme o no a nadie. Lo único que me importa es que paguen bien.

Ser el mejor, dentro del molde, es una postura antinatural.

La Luna llena
los sesos de agua
la Luna Llena
tus miedos fragua

Geometría sin espacio
núcleo congelado

Lodo en la almohada
Despierta, lame
la leche escurre
de tu mirada

El techo, tu mente
sujetan al suelo
volcanes que giran
sus costras al viento

Pendientes horizontales te piden cicatrizar cuando el oro y la plata son tan ingrávidos como tu vida. Raíces perfectas de pinos centenarios mutando en fuego de cohetes espaciales; imanes de luz en busca de su órbita perdida.
Tres después del primer escurrimiento y el sueño ha terminado. Despierta, despégate del techo, lame la leche de las paredes del refrigerador. Atrévete a salir a la calle procurando no pisar a las golondrinas.
Los volcanes son costras eternas; imperfecciones para tus paradigmas. Esas historias son cadenas que sujetan tu mente al suelo.
Te ves ridículo en tu primer día de pruebas; giras como trompo sin darte cuenta siquiera.
Debes aprender el juego pronto: tus hijos leerán algún día la Historia.

Necesidad de no hacer
de lograr


No tengo tiempo para ponerme corbata. ¿Tienes planes? Soy un outsider con meollos trastornados que me invitan a interpretar a Whitman: “la almeja dentro de su concha es más libre que la mariposa”: su capacidad de volar le ha hecho perder esencia.
Debo crear mi perla sin que nadie lo imagine; menos conozca. El tentáculo del excremento nos busca.



Emmanuel Kant revela tu karma en su mirada.
Antonin Artaud sortea en su recto un fariseo.
Milán Kundera extrae de entre sus dientes al Presidente de la República.
El Presidente de la República lucra del acróbata.

-Es un ensayo –sostiene la demagogia.
-Es solidaridad –declaran los neoseudoglobalifóbicos con sus corbatas blancas a rayas marchitas.
-Es mi hambruna sicológica –opina Lee Iacocca, ex presidente de la General Motors.
-¡Es espantoso! –asegura el gremio de artistas.
-¡Es peligroso! –apenas callan los conservadores.
-... Es el getho –manifiesta el Arzobispo, supremo desde su pedestal de oro, mientras limpia de excremento la manga del Presidente de la República con su sudario.
-¡Es Jethro!... ¡La frontera! Linde invisible y de dudosa confiabilidad como todas las fronteras –dirá algún día un Accidental Ignorante; después de aprender el arte del equilibrio.

Y el Arzobispo salta de su pedestal:
-¡Cállate! ¡Acaso no temes! –dirigiéndose al Accidental Ignorante.
-Me conozco lo suficiente para afrontar las circunstancias de mi momento.
-¡Eres un blasfemo!
-¡Ah! ¿en verdad quieres conocer una blasfemia? –reta el Accidental Ignorante al Arzobispo- ¡Escucha esto, simple protagonista de noticieros! ¡Al eyacular en tu altar, de mi propia emoción surgirá El! ¡Mostrándome lo que Es! ¡cómo, cuándo y porqué Es! ¡Demostrándome que surjo de El y Surge de mí! ¡Como sui géneris idea que estoy muy lejos de comprender! ¡Y nunca me arrodillaré ante El! ¡Preferiré sentir Sus lágrimas sobre mi piel antes de resguardarme cobarde de la lluvia dentro de tu iglesia!

El Accidental Ignorante poco a poco va siendo cercado por sacerdotes. Cuatro de estos tipos cargan una gran cruz asimétrica; otros traen consigo cuerdas, clavos y martillos. El ex presidente de la General Motors piensa si acaso a alguien se le habrá ocurrido grabar las escenas más significativas, pues podría utilizarla de alguna manera en la publicidad del próximo año.
Los artistas se resignan, aplaudiendo; al tiempo que preguntan por el director de la cinta. El Presidente de la República llama a la guardia nacional –una bolsa de papel cubre su cabeza.

Recuerdas dos tercios de un octavo
del extraño entero en tu obra

Medianoche. El verdugo de ideologías está colgado del campanario. El barrio completo se levanta obediente de sus camas sin importarles en lo más mínimo por qué un Accidental Ignorante va a ser crucificado.
Todos en cuerpo presentes; muy lejos de asimilar su real ubicación. Hincados, piden clemencia a sus ignorancias. -Jethro dormita con aliento a cerveza, en un rincón de la sala de máquinas.

El vértice circula
la estática del vuelo
sentado en la ribera

-Camino circular en vertical. Necesito volar para llegar a tiempo a mi juicio. Apenas ayer Te imaginé sentado a la orilla del río iluminando con Tus ojos los rayos del sol sobre el agua turbia. En alguno de esos rayos habita lo que queda de mi mirada.

Y el telón se levanta para dar paso a las actuaciones:




PRIMER ACTO DE UNA OBRA REDACTADA CON LOS PIES, BASADA EN UN ENSAYO MAL ESCRITO.
(Borrador de un cuento)


Sin más escenografía que una Luna Llena; un tentáculo de excremento; un trapecio en lo alto; una gran cruz asimétrica, de madera; una escalera también de madera, recargada sobre el brazo izquierdo de la cruz; una almeja gigante, cerrada.

Personajes:
Kant, Kundera, el Presidente de la República, Artaud, Iacocca, Los Artistas (cinco), Los Conservadores (tres), Prostituta No. 1, el Arzobispo, Acróbata, Adúltera, Prostituta No. 2, Accidental Ignorante.

El Accidental Ignorante, clavado ya a la gran cruz, parece dormitar.
Todos viendo hacia la cruz: Kant, Artaud, Kundera, el Presidente (disfrazado de avestruz, de rodillas, con la cabeza oculta debajo del entarimado; pisando con el pie izquierdo una golondrina muerta), Iacocca, los Artistas, los Conservadores, el Arzobispo (recostado en el suelo, de perfil; una almohada confortable bajo su cabeza), el Acróbata, la prostituta que no recuerda cuando comenzó a ejercer (Prostituta No. 1), la prostituta indiferente a la semejanza (Prostituta No. 2).

KANT (Señalando hacia la cruz): Fue la única manera que encontró de dar un servicio profesional.
KUNDERA: Las reflexiones de su pasión lo tienen ahí, crucificado.

El Presidente saca la cabeza del entarimado.

PRESIDENTE: Más bien creo que evadió sus reflexiones.
KUNDERA: ¡Pero qué estúpido eres! ¡Nunca evadió! Lo que sucede es que no eran expresables sus parábolas.
KANT: Y es que un Accidental Ignorante es alguien que no puede arrepentirse de nada.
ARTAUD: ¡Cállense todos! ¡Nunca han comprendido que el teatro de silencios es el único púdico!... Independientemente de que no tenemos nada importante qué decir.
IACOCCA (Dirigiéndose a Artaud): Lo que pasa contigo es que deseas moldearnos, como siempre, a tus exigencias anormales.
ARTAUD (Respondiendo a Iacocca): ¡Eres una hormiga cerebrada! ¿Has hecho de tu vida algo más interesante que trabajar? ¡Para tu desgracia nadie está filmando la escena!
LOS ARTISTAS (En coro, siempre): ¡Fue el mejor actor!
ARTAUD: Fue el único Actor. Nosotros somos simples espectadores que husmeamos el camino de su mirada sobre el río.
LOS CONSERVADORES (En coro, siempre): ¡Qué pobres argumentos! ¡No sabemos por qué vienen a despedir a este loco suicida!
PROSTITUTA No. 1: ¡Torpes conservadores! ¡La nostalgia se ha podrido en sus retinas! ¡Es la mejor manera de proporcionarle sus servicios al Arzobispo! ¡Y lo que más gozan!

El Arzobispo se incorpora lentamente del suelo, somnoliento, al escuchar que lo nombran; limpiándose con el sudario el lodo que escurre de su perfil derecho. Todos voltean hacia la almohada, bajo la cual apenas se ven los broches de una lencería. Los Conservadores murmuran.

ARZOBISPO (Dirigiéndose a la Prostituta No. 1): ¡Cállate! ¡Cómo te atreves a reprocharme cuando tienes el pecho lleno de lunares!
PROSTITUTA No. 1 (Moviéndose provocativa): Si no tengo un lunar más es porque las excoriaciones de tu cuerpo están repletas de pasto seco.

Todos carcajean. Por su parte, el Arzobispo cubre con la almohada, abochornado, los broches de esa lencería.

ACROBATA: ¡Dejen en paz al Arzobispo! ¡Desgraciado! ¡Nada le pertenece porque su consigna es nada aceptar! ¡Está tan solo!
ARZOBISPO (Señalando hacia la Luna Llena. Dirigiéndose al Acróbata): ¡Cuida tus palabras! ¡La Luna Llena tus miedos fragua!
ADULTERA (Nerviosa. Viendo la hora en su reloj de pulsera): Eh... disculpen... ¿podrían darse prisa?
PROSTITUTA No. 1 (Dirigiéndose a la Adúltera): ¿Cuál es tu prisa, pequeña?
ADULTERA (Clavando su mirada amorosa hacia el Accidental Ignorante, en la cruz): Mi esposo no tarda en despertar.
CONSERVADORES (Volteando a ver de reojo al Accidental Ignorante, para luego encarar a la Adúltera): ¿A sí? Y... ¿desde cuándo engañas a tu marido... pequeña?
ADULTERA (Manteniendo su mirada amorosa en el Accidental Ignorante): No lo recuerdo...
CONSERVADORES (Encarando a la Adúltera con miradas morbosas): Mmm... Interesante... Muy interesante.
PROSTITUTA No. 2 (Haciéndole frente a los conservadores): ¿Tendrían ustedes el valor de imitarla?

Artaud ríe reservado, cubriéndose la boca con ambas manos. Kant, Kundera, el Presidente, Iacocca y los Artistas bajan la mirada, avergonzados.
Silencio de diez segundos.

PROSTITUTA No. 2: ¡Yo podría ser de cualquiera de ustedes! ¡Pero mi precio es el valor!
CONSERVADORES (Intimidados): ¿Y quién puede pagar un precio semejante?
PROSTITUTA No. 2 (Señalando emocionada al Accidental Ignorante, en la cruz): ¡El!

La Prostituta No. 2, con paso firme, se dirige hasta la cruz. Sube por la escalera de madera –provocando el deseo del público- hasta igualarse con el Accidental Ignorante, quien dormita.

PROSTITUTA No. 2 (Viendo a los ojos del Accidental Ignorante que despierta perezoso, bostezando): ¡No me interesa parecerme a nadie! ¡Lo importante es que paguen bien! ¡Y sé que tú posees lo necesario!

ACCIDENTAL IGNORANTE (Con voz amodorrada; pero interesado en ella): Bien sabes que sí.

El Accidental Ignorante muere, recargando la cabeza vencida sobre su perfil derecho; en medio de un silencio total. Aproximadamente un kilo de excremento sale de él. Se escucha el rugir de un volcán a punto de hacer erupción. La almeja gigante se abre, ofreciendo una perla grande, de gran belleza; pero el tentáculo de excremento a la vez oscila sobre ella.
Todos huyen ante el estrépito del rugir del volcán, excepto el Acróbata, Artaud, Kundera y las tres chicas. El Acróbata sube al trapecio, comienza a balancearse sostenido de sus piernas, sortea paso a paso el tentáculo de excremento; arrancando, con más suerte que arte, la perla de la almeja gigante. Los demás lo observan fascinados, inmóviles.
El rugir del volcán cesa. El Acróbata, entre peripecias, baja del trapecio; dirige su mirada y sus palabras a la Prostituta No. 2, quien permanece al lado del Accidental Ignorante, acariciando con ternura su largo cabello negro.

ACROBATA: No es nada personal, pero estoy cansado de las mujeres como tú. En cambio, ahora poseo la perla mayor, hermosa, para adornar el pecho de una adúltera.
PROSTITUTA No. 2: Bien sabes que esa perla me hace más falta a mí que a ella; pero está bien, dásela.
PROSTITUTA No. 1: ¡Ya déjense de tonterías! ¡Esa perla tarde o temprano será mía!
ACROBATA (Dirigiéndose a la Prostituta No. 1): Compruebo que gozas de tu trabajo, aun cuando no recuerdes tu debut.
PROSTITUTA No. 1: No pienses que mi vida es sencilla. Mi profesionalismo es el arte que deseas.
ADULTERA (Dirigiéndose al Acróbata): ¡Tú me puedes llegar a amar! ¡Ellas sólo te robarán!
ACROBATA: Te equivocas. Las tres me han arrancado algo que no amé hasta hoy.

FIN DEL PRIMER ACTO



Jethro se rasca la cabeza invitando a todos los personajes a caer dentro de su cerveza, uno a uno. El Presidente de la República intenta afianzarse de un mechón del copete pero el cabello seboso lo hace resbalar junto con el Arzobispo, quien desesperado intenta detener su desgracia de las patas de avestruz del disfraz, sintiendo ambos su caída en un mismo grito de impotencia.
El telón se desploma. Los aplausos de una extraña fe lavan el descaro de su pecho. Al dar un sorbo a la cerveza su lengua despierta sutilmente al público presente al mostrarles la sólida blandez del Gremio de Artistas y los Conservadores, mismos que no fastidian más.




III
Ella hace los preparativos para materializarse como ama de casa en el lado opuesto de la ciudad.
Mientras tanto, en la recámara, Jethro busca en los agujeros de sus calcetines; en las latas vacías de comida; en el fondo del WC; en los kleenex salados adheridos a la pared, ligeramente arriba del único bote de basura.
Averigua en las cintas embarradas de ron Bacardí; en sus cavidades; en el pus seco debajo de sus labios; en los círculos de humo cerca del cenicero; en esa penumbra incolora; en la maestría invisible de un gas orgánico; en el murmullo citadino; en la picazón espontánea de sus genitales; en una plegaria de George Harrison; en la sangre ajena que sus dedos embarran sobre la fotografía del secretario de educación -a pesar de las toallas femeninas secas-; en la oportunidad imposible de tomar el teléfono.
Cambia el color -no así el olor- de sus calcetines; mete la basura fabricada en las últimas tres horas en cuatro enormes bolsas de plástico; se sienta en el WC terminando de tirar los recuerdos, aseándose con cierto kleenex petrificado que arranca de la pared; recoge algunos vidrios rotos en la cocina; escucha a los Stones ebrios; extrae más suciedad nasal, audible y visual; seca, hasta donde le es posible, su estrategia de las sábanas; se lava la cara, untando algún remedio cancerígeno sobre el pus bajo su boca; asea tres ceniceros repletos; tiene que rascarse de nuevo los genitales...

Es difícil aceptar que un nuevo lunes se posa cínico ante sus ojos; que es media quincena y no tiene al menos unas ramas de cilantro y tres tortillas duras para desayunar .
Es penosa la tardanza del metro cuando todo lo que desea es hibernar hasta tener una nueva oportunidad para falsificar la fragancia de un acta matrimonial.
Ella en verdad es valiente.


Espectador desesperado
sonámbulo empedernido
El lenguaje del alcohol
no conoce la vocal

“No intentes comprenderme. Desde hoy haré uso del idioma consonante, mi verdadera vocación. Culminar de mi obra. Ya no puedo sentir vergüenza.
“¡Estoy tan apartado del mundo!... ¿o demasiado compenetrado en él?”

Está harto de los antros de extravagancias en los cuales las luchas por la excelencia son dogmas inquebrantables, impuestos por seres absortos en el extremo de sus progresos, en la fantasía del sistema.
Compréndelo un poco. Jethro es el Unico, y donde sólo hay uno no puede haber un mejor. El Unico no puede luchar contra nadie porque ha ganado la batalla contra sí mismo. El Unico está más allá, es original.
Es más fácil ser el mejor que ser el único. Dicho de otra forma, esta civilización ha llevado al humano a tal grado de despersonalización, que su vacío de originalidad lo lanza a buscar ser el mejor como ilusa forma de vida.
En todo caso, ser el mejor es válido únicamente cuando es consecuencia fortuita de ser el único. Este ejemplo es digno del arte.

El Arzobispo se encuentra siempre muy cerca, rascándose los genitales resecos desde su pedestal; creyendo ser el remedio que grita en los noticieros del ámbito nacional; cuando realmente es la causa; el mejor caudillo que invita a ser oveja dentro del corral.
El bien y el mal son unas de tantas variables contenidas en la valentía y la cobardía.

Miles de larvas protohumanas emanando del inodoro; proto para tu protojuicio prefabricado.
Merecen ser comprendidas por lo que ignoran que saben: personas entrando y saliendo del metro.
Lo sé, no es bueno que te vean bestialmente natural; pero con tu raciocinio o sin él no concibo a una rana como simple larva de servicio.
Podría haber dicho Carlos Castaneda: Una rana ciega le contó a una rana muda lo que vio muy lejos de aquí. Ahora la rana muda quiere contarte una fábula:
-En el lado iluminado de mis lóbulos oculares se fermentan hombres unicelulares. Existen más revelaciones inimaginables.
No pierdas de vista las larvas que fermentan en tus ojos, al menos hasta que te guíen al borde invisible. Eres esclavo visual de ellas.

¡Desconecta la maquinaria! ¡Se acercan los sacerdotes, los neoseudoglobalifóbicos y el Presidente! ¡Desajusta la memoria!
¡Soporta los interrogatorios cuando te lleven al confesionario! ¡Grita si es necesario!... y es que en larva te convertirás si logran convencerte de que de tu larva vienes.
Nada hasta el gran drenaje cuando el agua se arremoline: millones de larvas te seguirán con sogas y clavos; ¡y esos martillos!
Serenidad. Nadie deberá perturbarte. No eres capaz de comprender que no te interesa tu naturaleza.

En el lado iluminado de ti, las larvas son castradas, ciegas, sordas y mudas. ¿O acaso son personas entrando y saliendo del metro?
No lo sé. El remolino me ha expulsado. ¡Yo creo en el sol!



El ímpetu es hermana del deseo. La certeza, de la mesura. Pero cuando la certeza está a punto de desembocar en el mar, el ímpetu y el deseo se convierten en amantes de la mesura.

Hay gente que se conoce a sí misma. Pero también los hay que comprenden que se conocen a sí mismos.
Para estos últimos, la acción Comprensión se basa en un proceso en el cual se mide, sin llevar la comprensión a un análisis. No hace falta.

Reposa tu temor
olvida la virtud
El camino es circular
si te sirves de los pies

Descansa de cansarte. Al volar adviertes el bosque repleto de trampas para cuadrúpedos; y te reconoces serpiente.
Las serpientes no saben virar. Las serpientes no poseen alas. Las serpientes con alas son fenómenos para los rastreros. Son extraños especímenes que comprenden que se conocen. Desde las alturas observan los días como un inmenso e imperfecto círculo de obstinación intentando semejar la simetría de las monedas.

¡Graciosos!
¡Todos abajo, rodando!

Las escamas te protegen del frío. Tus colmillos le arrebatan a la vida la penumbra de esas pequeñas opciones.
Y tus alas caerán cuando mudes de piel, desnudo de obsesiones y cansancios.

Si yo lo sé, basta

Lo que muchos llaman locura, es en ocasiones, simplemente, un estado sublime, transitorio de sufrimiento, a través del progresivo entendimiento de las cosas; o lo que es lo mismo, un nivel superior logrado gradualmente y/o en esporádicos destellos. Sus cimientos radican tanto en el dolor como en la dicha, desencadenando al solitario hipersensible que despierta ante su único instinto: el arte de su propia vida.

Aun cuando nunca lo aceptará, Jethro ama a la gente por lo que ella misma no sabe que es. Desastre incomunicado: “¡Es problema de ellos!”
La comunicación es un efecto rescatado desde una causa y sobre un mismo nivel. Jethro tiene la opción de bajar de nivel y lograr la comunicación plena, absoluta, feliz con todos; pero es muy joven para deshacerse de su arrogancia. –Lo logrará.
A Jethro, de momento, sólo le interesa el efecto en cadena y sin límite. Cree amar la muerte por amar en demasía la vida.

Enfrenta la espuma
humedece sus destellos
en el agua cristalina

La cascada se aproxima
friccionando tu elocuencia
No la humilles
no perdones
tu bendita fetidez

No temas. Sabes que a estas alturas nadie te encontrará. Tómala, crúzala. Eres poseedor de ti; ella hará el resto.
No perdones ni pidas perdón: el perdón es un prejuicio si se ve forzado en lo más mínimo. Sé sin pasados ni obligaciones. Siéntete Agua dentro de ella.
Muerde y haz. No falles. Lucha en la victoria. Presiona, cégate. Calma la elucubración. Camuflajea tus dudas.
Cascada de amor al unísono. Clamor del mar que deja escapar la vida en el suspiro de la espuma que acabas de provocar.

El agua atraviesa las paredes
las paredes no tienen puertas
las he robado al tragarme mis sueños

Vomito las lágrimas de tu llanto
caen a tierra, se evaporan
se convierten en lluvia
La puerta del cielo se ha abierto
el túnel de la intuición
me invita a traspasar tu delirio

Cruzo tu llanto sin mojarme
sólo tú comprendes tu éxtasis
sólo tú amas tu dolor
al sangrarte las piernas
que tiemblan de amor

Bebo tu sangre, beso tus heridas
no comprendo tu locura
eso a ti te pertenece
única testigo de ti misma
ególatra sublime, irremediable
de sensibilidad

Esperamos el amanecer
se desvanece tu astralidad carnal
todo es lo mismo
pero esta mañana
te reconoces como mujer

Nos unimos en tu sonrisa
lavamos las sábanas
sobrevivimos hasta el anochecer



“Azul impregnado de nardo humeante que hace tan poco tiempo ella encontró de poco extraño parecido con el aroma de mi aliento virgen. Ya no es azul en coherencia femenina, en posible admiración –diferente a la que ambos solíamos soportar.
“Ya no es azul porque el azul era todo nuestro por no haber logrado nunca nadie algo parecido.
“Si he despertado tu curiosidad te sugiero que esperes la temporada de lluvias, para que ella misma te muestre la abstinencia de sus lágrimas que ahora gustan refrescar la ciudad azulada ante las ironías de esta momentánea historia de amor.
“No te canses de buscar el azul en el arcoiris; todo ha sido hurtado por nosotros dos”.

“Reposa y duerme para mí, nunca para nadie más. No intentes hacerme creer que estás muerta; ambos sabemos que te relajas.
En alguna parte se encuentra simulada una escasa porción de azul intenso, donde ayer nos amamos, donde jamás volveré a recordar”.



Con el telón caído se revela el secreto...

SEGUNDO ACTO DE UNA OBRA ESCRITA PARA SER LEIDA
(Comienza a cobrar sentido)


Una gran mesa, sin mantel y con veinticuatro sillas discretas a su alrededor. Arriba de la mesa un candelabro con velas encendidas. Un niño pende del candelabro con una soga al cuello.
Las sillas ocupadas por un Adolescente, el Acróbata, el Accidental Ignorante, Kant, Artaud, Kundera, Iacocca, los Artistas, los Conservadores, la Prostituta No. 1, la Prostituta No. 2 y la Adúltera. En las cabeceras, el Presidente de la República (disfrazado de cavernícola) y el Arzobispo (con una bolsa llena de monedas fraccionarias sujeta de la mano derecha). El Accidental Ignorante a la izquierda del Arzobispo.
Los cubiertos colocados a cada uno; excepto al Adolescente –a su lado un diario.
De fondo, publicidad de un paradisiaco rincón caribeño. -Iacocca toma algunas notas apoyado sobre su plato.

La cena consiste en ancas de rana y vasos con agua que contiene larvas.
El Acróbata, el Accidental Ignorante, Artaud, Kundera, La Prostituta No. 1, La Prostituta No. 2 y la Adúltera pedirán como segundo plato los ojos de las ranas.
Kant, el Presidente, Iacocca, los artistas, los conservadores y el Arzobispo optarán por las lenguas.
Los platillos se encuentran sobre la mesa -no huelen muy bien...
Se escucha a lo lejos el lamento de alguien que parece estar siendo torturado con sadismo. Pequeños borbotones de un lodo negro y espeso comienzan a caer desde el techo, sobre el plato del Arzobispo, quien coloca la bolsa de monedas en la mesa y toma sus cubiertos al igual que el resto de los reunidos, iniciando de esta manera La Cena. –El Adolescente, por su parte, se pone a leer el diario. El Presidente, desde un inicio, come con gula.

ARZOBISPO (Mezclando, ayudado del tenedor, el lodo que sigue cayendo sobre su plato, con las ancas de rana): Ayer nadé por el drenaje. Desgraciadamente perdí mi sudario.
ACCIDENTAL IGNORANTE: Seguramente el amor te llamó larva.
KUNDERA (Visiblemente triste; aludiendo al Arzobispo): Las larvas merecen más respeto que este idiota.
CONSERVADORES (Con gestos de repugnancia, luego de dar un trago, todos al mismo tiempo, a sus vasos): ¡Estas aguas saben a orines! ¡Además hay una mosca en cada uno de nuestros platos!
ARZOBISPO (Encogiéndose de hombros): Es lo mejor que pude conseguir. Estamos en crisis.
ADULTERA: Lo que sucede es que eran ranas castradas. ¿Acaso no saben que los anfibios castrados atraen a las moscas?
ARZOBISPO (Visiblemente molesto): ¡Al menos de esta manera no aparecerán más lunares sobre tu pecho!
ARTAUD: Oye tú, religioso, admite de una buena vez que deseas sus pechos, como todos nosotros.
ARTISTAS: El Arzobispo tiene razón. La cercana recesión terminará provocando que en larvas nos convirtamos al reconocer que de nuestras larvas venimos.
KANT: Perdónate, Accidental Ignorante. No tienes culpa alguna de todo esto que escuchas.
ACCIDENTAL IGNORANTE (Recorriéndolos a todos con mirada acusadora): En esta mesa, entre la perversidad y la bondad, hay una lengua que en verdad se bañará en orines.
IACOCCA: La benevolencia de tus males acabará por hundirnos a todos, Accidental Ignorante. Tus irreflexiones contienen el consejo del arrepentimiento; no son siquiera expresables, ¿acaso por evadirlas? ¿o tal vez porque tú mismo no las comprendes?
ACCIDENTAL IGNORANTE: El azul pudo haber sido todo suyo; su aturdimiento los ha convertido en seres unicelulares.
ACROBATA: El gusto por moldear la exigencia es tu opción. No los escuches, Accidental Ignorante, estamos de acuerdo en que eres Unico; pero no el único.
ACCIDENTAL IGNORANTE: Descuida. Nada puedo aceptar porque todo me pertenece.
PRESIDENTE: ¡Mas bien nada puedes desechar porque todo lo has olvidado!
PROSTITUTA No. 2 (Dirigiéndose al Presidente): ¡Vaya! ¡Al fin tienes valor para seguir diciendo tonterías!
ACROBATA: Mi querido presidente, ¿no eres capaz de comprender que no te interesa?
PRESIDENTE: Me conozco lo suficiente para saber que debo callar ahora.
ACROBATA: Es lo mejor que puedes hacer. Estamos cansados de tus palabras vanas. Nada sabes acerca de la comprensión del conocimiento.
ARZOBISPO: ¡Ustedes son el getho! ¡La acción comprender, a la vez, analiza la medición!
ACROBATA: Estoy de acuerdo; pero la acción medir comprende el análisis. Tu camino es circular porque te sirves de los pies, aunque lo niegues. ¿Acaso has olvidado que el odio es el argumento de una impotencia no comprendida?
ADULTERA: Además la tristeza denota su nostalgia aburrida.
PRESIDENTE (Aplaudiendo): ¡Hasta que habló la Adúltera! ¡Se merece un aplauso!
ACCIDENTAL IGNORANTE: Lo merece más que tú. Sólo ella amó su dolor, al sangrarse las piernas que temblaban de amor.
ARZOBISPO (Sarcástico): Y... ¿porqué afirmas eso?... Acaso… ¿sabes algo que nosotros no sepamos?
ACCIDENTAL IGNORANTE: Mi idioma no es para ti, Arzobispo. El lenguaje del alcohol desconoce tu virtud.
PROSTITUTA No. 2 (Dirigiéndose al Arzobispo): ¡Cómo quieres que te comprenda! ¡Las excoriaciones en su cuerpo siguen repletas de pasto seco!
PROSTITUTA No. 1: Yo no estaría tan segura de eso. Recuerden el brazier debajo de su almohada.
PROSTITUTA No. 2: Eso no importa mucho. Les aseguro que sus calcetines lucen lindos agujeros debido a que nunca se los quita.

Risas generalizadas.

ACROBATA: Nunca reconocerá que sus días han sido un inmenso e imperfecto círculo de obstinación intentando semejar la simetría del diezmo.
ARZOBISPO: ¡No me humillen! ¡No perdonaría su bendita fetidez!
ACCIDENTAL IGNORANTE: No perdones ni pidas perdón, Arzobispo. De nada te servirá porque desajustaremos la memoria y soportaremos los interrogatorios en tu confesionario. Gritaremos si es necesario.
KUNDERA (Dirigiéndose al Arzobispo): Cuando el deseo es el triunfo, la sensación es de vehemencia. Cuando la certeza es el triunfo, la sensación es la prudencia. La vehemencia es tuya; a nosotros nos pertenece la prudencia, desde el momento en que nuestra posición le arrebata a la vida lo oscuro en cada disyuntiva, alternativa de comprender la medición y medir el análisis.
“¡Ve al Presidente! ¡Es el mejor ejemplo! ¡Ya no tiene tiempo de hablar! ¡Su afán por ganar lo ha sumergido en la gula!
CONSERVADORES: Lo que pasa es que hemos robado las puertas al tragarnos nuestros sueños.
ARTAUD: ¿Qué quieren decir con eso? ¿qué no los comprendemos? Ustedes no pueden luchar en la victoria provocando a la espuma. Ustedes aspiran a cavar el túnel de la incertidumbre.
ARTISTAS: Nuestra comunicación se basa en el producto liberado de cualquier origen sobre la superficie.
ACCIDENTAL IGNORANTE: ¡He ahí la diferencia! ¡A nosotros nos interesa la libertad desencadenada!

El lamento del torturado cesa; permitiendo ser audible la maestría invisible de un gas orgánico que el Arzobispo deja escapar, ingenuo, espectacular.
Todos voltean molestos hacia el Arzobispo. Todos se cubren la boca y la nariz; el adolescente con ambas manos, soltando el diario sobre la mesa, cansado de abanicarse inútilmente con él.
El Acróbata, el Accidental Ignorante, Artaud, Kundera y las tres chicas parecen estar acostumbrados a semejante tormento: demostrando agallas comienzan a jalar aire poco a poco. Los demás se levantan violentos tirando a su paso las sillas, desapareciendo al instante de la escena; el Arzobispo, particularmente, enrojecido de vergüenza.
Los que permanecen descubren sus rostros, precavidos; semejado a un patético neoyorquino aterrado ante cierta correspondencia fatal ...

KUNDERA (Respirando profundo): Por un momento pensé que esta sería la última cena... Afortunadamente han huido los que tenían que huir.
PROSTITUTA No. 1: ¡El Arzobispo olvidó sus monedas!
ACROBATA: Obsequiémoselas al Adolescente para que pague un buen abogado.
ADOLESCENTE: No las necesito. El secretario de educación pagará por mí.
ACROBATA: En ese caso las merece nuestra amiga que no recuerda cuándo comenzó a ejercer. Si convences a un asceta, él te sacará de dudas.
ADULTERA: ¿Alguien quiere lenguas de rana? Los demás dejaron muchas en sus platos.
ARTAUD: Pásame el plato del Arzobispo. Quiero comprobar si realmente nadó ayer por el drenaje.
ACROBATA (Dirigiéndose a la Adúltera): Lo único que deseo es atravesar tu delirio, sorber de tu cuerpo mientras beso tus heridas.
ADULTERA: Es demasiado tarde para eso...
ACCIDENTAL IGNORANTE: Es temprano para morir. ¿Alguien quiere mi plato?

FIN DEL SEGUNDO ACTO




IV
Aun la suciedad debe respetar su propia ética.
Jethro apenas tiene tiempo de agacharse. El líder de una pandilla lanza con tino de apache una enorme piedra hacia el autobús urbano, misma que atraviesa silenciosa la ventanilla abierta. Un adolescente comienza a sangrar al lado de Jethro, a punto de perder el conocimiento.
A pesar de lo dramático de la escena nadie se atreve a auxiliarlo. Momentos sin tiempo en los cuales Jethro se siente preso de expresar su libertad ante la ética de sobrevivencia que debe respetar. La sangre mana de la frente del desdichado, goteando en el pasillo del autobús.
El adolescente cae. Todo parece indicar que agoniza. El chofer del autobús escucha la radio a todo volumen.
Faltan cuarenta y cinco minutos para que Jethro llegue a casa. A su lado se acomoda una nueva pasajera, joven señora de falda corta y blusa ligera que no tarda mucho tiempo en dormitar su cansancio en el hombro de Jethro.
Seguramente la mujer acaba de terminar su turno como obrera descerebrada, harta de soportar las amigables invitaciones de su jefe –mismas que ella se obstina en interpretar como acoso sexual, como consecuencia de los mensajes subliminales de la política liberal del Vaticano-; desea olvidar por un rato que en su hogar le esperan sus dos hijos estúpidos –producto de la tele- y su hombre subhumano -producto de una visión.
Jethro no se aguanta las ganas de rozar sutilmente con su lengua los labios carnosos de ese espécimen tan tristemente frustrado, que a cada momento más reposa su bello cuerpo sobre el suyo...
Jethro despierta. Su reloj de pulso a cuadras de distancia. El asiento a su lado vacío. El ensangrentado adolescente sigue en el suelo, entre zapatos y zapatillas.
Zapatero a tus zapatos... adaptado a las circunstancias de un hipersensible.

La naturaleza no fue complaciente con las moscas: nunca aprenderán que los cristales y las paredes siempre terminan guiándolas a una cerveza.
Al menos la ética de la naturaleza nunca se equivoca: la vida fugaz de las moscas es el perfecto remedio ante su mediocridad.
En la radio del autobús comienza de nuevo la misma canción.
El chico herido en el pasillo del autobús posee la expresión de esos retratos antiguos... Jethro sonríe, sabe, comprende que nada es gratis en este mundo.
La única manera de crear en la música es retando al sonido... “No puedo madurar –en el sentido puro de la palabra- más de lo estrictamente necesario... progresivo... medido... destinado”.
Jethro acaba de advertir el vacío que envuelve al contenido; lo no común que resulta de alterar una perspectiva.

Cuando se puede experimentar un amor propio inmenso, con pinceladas de comprensión a lo ajeno, esto no significa un vulgar “amor al prójimo” -¡cómo amar tanta decadencia!-; más bien se ha llegado a una armonía entre el conocimiento de uno mismo y la aceptación a “los demás, finalmente, por lo que no saben que son. Amor profundo por la vida. Instinto razonado que desenmascara la incógnita final.


Jethro retorna al sueño. Es un enorme mamut cuyos colmillos hablan de madurez y poderío. Trota como caballo. Piensa como un ser amado. Sus ojos enrojecidos.
El choque es brutal al encontrarse de frente con su igual. Lo embiste. El rival agoniza. Jethro se proclama Unico de Unicos al posarse majestuoso sobre el cuerpo inerte del adversario, ante la rabia de la lucha y la locura del triunfo.
Jethro despierta... Y es que Jethro sigue y seguirá siendo Unico; no el único.
Su cerebro se lubrica lo necesario, consecuencia de esta inmensa Luna Llena.
Baja del autobús. Por lo pronto no puede invertir en ellas y lo sabe. Se resigna a compartir su velada con algún escritor.

Un libro objetivo es lo más aburrido que existe –excepto por una mujer sin imaginación.
La objetividad no crea, al contrario, destruye el ánimo: pérdida de tiempo al pelearse el liderazgo de lo obvio; lo obvio que siempre surge como corazonada sin escrúpulo en el alma del hombre esclavo.
Lo obvio crea el gran circo: ideas tabú, idiosincrasias ley. El mejor dentro de la obviedad es el mejor ejemplo de mediocridad sofisticada.
Cuando factores divergentes dan paso a lo no-manifiesto, corrigiendo sin fin su fondo y su forma, demuestran que el fondo de la vida puede ser plasmado en la forma de la palabra, y el fondo de esta palabra en la forma del pensamiento original. Atrapar al lector, como estrategia, siempre será prostitución.
Cuando el fondo y la forma de la vida atrapan a un ser humano, su amor propio, su egoísmo sano, es válido, necesario, intransferible.
El bloffismo literario se esboza desde el momento en que se comienzan a almacenar libros.
Nietzsche motiva a Jethro en esta solitaria velada: “Las personas que sufren no tienen derecho al pesimismo”.
-¡No soy pesimista! ¡No soy masoquista! –grita Jethro.
Acaso ha logrado una cordial neutralidad. No entre el bien y el mal, o entre la valentía y la cobardía. Su pensamiento es sublime y su realidad hipersensible. Es posible que nada ni nadie lo pueda perturbar ahora. Es posible que lo domine todo; aun cuando su edad necesite del tiempo para terminar de florecer, desechando la arrogancia.
Todos allá abajo son ovejas que creen guiar… mandar…
El sabio es aquel que aprende. El genio es ese extraño ser humano que crea de lo aprendido.
TERCER ACTO
(Ultimo)

De fondo, éxtasis de cantos gregorianos.
Un confesionario barroco, de frente. Dentro de él el Arzobispo sentado, meditando, rascándose la barbilla. A la derecha del confesionario se encuentra Kant, de pié, también de frente, porte solemne, con una gran copa de oro entre sus manos; la copa contiene hostias.
Susurro de cantos gregorianos.
A la izquierda del confesionario, formados, esperando turno para pasar con el Arzobispo, la Adúltera, el Accidental Ignorante, el Acróbata, la Prostituta No. 1 y la Prostituta No. 2.
La Adúltera se hinca en el confesionario provocando el crujir de la madera y el susto del Arzobispo que seguía abstraído en sus pensamientos. Este abre la pequeña puerta que los comunica, encontrándose con el rostro de la Adúltera, dispuesto a escucharla.

ADULTERA: Confiésome padre que he practicado la bisexualidad.
ARZOBISPO: ¿Estás dispuesta a rectificar?
ADULTERA: Sí padre. Haré todo lo posible por controlarme. Me abocaré al lesbianismo.
ARZOBISPO: ¡Blasfema! ¡Sé digna de un hombre!
ADULTERA: ¡Pero padre!
ARZOBISPO: ¡Vete! ¡Vete de aquí! ¡Yo te absuelvo!

La Adúltera se incorpora con aspecto abatido; camina hasta posarse ante Kant, quien, con sonrisa sarcástica, coloca una hostia en sus labios. La Adúltera sale de escena.
El Accidental Ignorante se hinca en el confesionario.

ACCIDENTAL IGNORANTE: Confiésome padre que el amor me ha llamado humano.
ARZOBISPO: La acción simular analiza tu mirada.
ACCIDENTAL IGNORANTE: Así es. Pero la acción ver simula mi caída.
ARZOBISPO. Vamos a hacer una cosa: no me evadas; pero tampoco vengas aquí buscando una explicación.
ACCIDENTAL IGNORANTE: Tu posición debe regalarle a la vida la luz de la constante.
ARZOBISPO: Bien sabes que el mejor ha muerto, y con él sus extrañas variables.
ACCIDENTAL IGNORANTE: Perdóname, mía no es la culpa.
ARZOBISPO: El miedo a tu propia conciencia acabará contigo.
ACCIDENTAL IGNORANTE: Veo que no tiene caso seguir hablando contigo. Absuélveme de una vez.
ARZOBISPO (Con gesto de soberbia): Yo te absuelvo.

El Accidental Ignorante se incorpora; camina hasta posarse frente a Kant, quien con el ceño fruncido coloca una hostia entre los labios de aquel. El Accidental Ignorante sale de escena.
El Acróbata se hinca en el confesionario.

ACROBATA: Confiésome padre que no puedo comprender lo que me interesa.
ARZOBISPO: ¿De qué hablas, hijo mío?
ACROBATA (Demostrando seguridad, guarda silencio).
ARZOBISPO (Indiferente): Tu mutismo me habla de una causa perdida. Vete ya.

El Acróbata se incorpora evadiendo la hostia que Kant le ofrece. Sale de escena.
La Prostituta No. 2 se hinca en el confesionario.

PROSTITUTA No. 2: Oye... mi amiga quiere proponerte algo.
ARZOBISPO (Nervioso): Dile a tu hermana que pase.

La Prostituta No. 2 le hace una señal a la Prostituta No. 1 para que se acerque. Se incorpora del confesionario hasta posarse frente a Kant, besándolo en la boca y tomando ella misma una hostia de la copa, misma que mordisquea hasta salir de escena.
La Prostituta No. 1 se hinca en el confesionario.

PROSTITUTA No. 1: Padre, quiero que vea algo.

El arzobispo, titubeante, se asoma curioso a través de la tela traslúcida que separa a ambos. La Prostituta No. 1 libera los tres primeros botones de su blusa, mostrándole al Arzobispo el nacimiento de unos senos tan frondosos como hermosos.

PROSTITUTA No. 1: ¿Me deseas?

Aprovechando la turbación del Arzobispo, la Prostituta No. 1 se pone en pie hasta llegar ante el Arzobispo y sentarse sobre sus piernas, cerrando la puerta de madera labrada.
Con un chiflido, Kant llama a la Adúltera, al Accidental Ignorante, al Acróbata y a la Prostituta No. 2, quienes retornan a escena en actitud de triunfo.

ACROBATA: ¡Lo logramos!
ADULTERA: ¡El muy idiota creyó que estaba arrepentida!
ACCIDENTAL IGNORANTE: ¡El gusto de romper su dogma es nuestra única opción!
KANT (Levantando la copa de oro, simulando un brindis): ¡Eres una sabio, Accidental Ignorante!
ACCIDENTAL IGNORANTE (Suspirando con tristeza): Te equivocas. Soy algo más sofisticado.

Dos minutos después, la Prostituta No. 1 sale furiosa del confesionario azotando la puerta; misma que al rebotar deja ver al Arzobispo, sentado, cabizbajo. Todos voltean hacia la Prostituta No.1.

PROSTITUTA No. 1: ¡Cómo desearía tener una gran alfombra de pasto fresco en mi alcoba!

El Acróbata, a la vista de todos, saca de su bolsillo una billetera y de esta un billete que le entrega a Kant.

ACROBATA: Ganaste la apuesta, desgraciado. Pero no dejas de ser un pobre diablo que ha traicionado lo que cree necesitar.
KANT: La pureza de la razón aún me pertenece.
ACROBATA: Tu razón tiende a ser obsoleta a principios del siglo veintiuno. El dilema cronológico de la razón y la existencia respecto a la esencia de la vida y el proceso de cotidianeidad es absurdo. El derrumbe de prejuicios paulatinamente libera y da razón de ser al pensamiento original. Hoy en día nos asomamos a una razón intuitiva, por así llamarla.
ACCIDENTAL IGNORANTE: Es verdad. La intimidad de la memoria es la razón de ser de una nueva elocuencia; y la conducta ante lo trivial será la estampa de futuras virtudes; de las nuevas interpretaciones del Libro.
KANT (Indignado): ¿A qué “libro” te refieres?
ACCIDENTAL IGNORANTE: Lo sabes muy bien, a La Biblia. Un libro objetivo es el tedio en pleno e inútil por excelencia. La Biblia sigue siendo la mayor subjetividad, la más hermosa; pero ustedes la han convertido en neutral parsimonia.
KANT: ¡No blasfemes! ¡Es el máximo dogma!
ACCIDENTAL IGNORANTE: Tu dogma es un simple entretenimiento mental para mentes débiles, orillándolos a evadir su propia decisión.
KANT: ¡Eres un...!
ACCIDENTAL IGNORANTE: No soy soberbio ni tampoco fracasado. Ningún humano puede alterarme. En cambio, ve al Arzobispo, los jugos femeninos y la espuma de la cerveza no son dignos de sus labios.

El Arzobispo, humillado, da tres pasos fuera del confesionario.

ARZOBISPO (Con voz cansada): ¡Gracias Señor! ¡Sé que Tú me ayudaste a no pecar!
PROSTITUTA No. 1 (Molesta): ¡Valiente “señor” te protege! ¡Eres un fiasco!
ACROBATA: Cuando la orden es fracasar, la sensación es huir.

Los cantos gregorianos terminan. Entra, sostenida, una sirena de ambulancia. Kant sale de escena, corriendo.
La Adúltera, el Accidental Ignorante, el Acróbata, la Prostituta No. 1 y la Prostituta No. 2 rodean al Arzobispo, quien cae de rodillas, pesado, derrotado, cubriéndose los oídos con ambos manos.

ADULTERA, ACCIDENTAL IGNORANTE, ACROBATA, PROSTITUTA No. 1 Y PROSTITUTA No. 2 (En coro): En este mundo, el camino suele ser recto si te sirves de una mirada bondadosa. Tus noches son un cuadro imperfecto de indecisiones que intentan modificar la armonía de nuestra mesura. Regalaste tus sueños al vomitar las intuiciones. El amarillo te pertenece; nuestro azul pintó el valle.
ARZOBISPO (Manteniendo cubiertos sus oídos): ¡La pasión de mi proceder enfrentó la gran comprensión compartida!
ACCIDENTAL IGNORANTE: ¡Y nuestro amor el argumento del poder personal asimilado! ¡Nuestra alegría es argumento de un optimismo surgido de mil espinas!
ADULTERA: ¡Mis lunares brillan majestuosos bajo una Luna Llena como hallazgos de mi propio secreto!
ACROBATA: ¡Lo han dicho muchos antes que yo: “la vida sólo se comprende al matarla, retando lágrimas y orgullo; para finalmente amarla”!
PROSTITUTA No. 2: ¿No es hermoso? ¡No somos capaces de madurar ni un paso más de lo estrictamente necesario a cada momento! ¡Progresivos! ¡Medidos! ¡Destinados! ¡Originales!

La Prostituta No. 2 rompe en llanto. El accidental Ignorante la abraza, amoroso.

ACCIDENTAL IGNORANTE. Mi querido Arzobispo, la comprensión de un amor propio, canalizado hacia los demás, no siempre debe interpretarse como amor por el prójimo; es la armonía personal encausada hacia la tolerancia. Esta es una bella aspiración del ser humano, el profundo amor por la vida; incluso la razón del instinto. Y de la tolerancia, finalmente brotará eso que todos se obstinan en llamar “amor”.

ADULTERA, ACCIDENTAL IGNORANTE, ACROBATA, PROSTITUTA No. 1 Y PROSTITUTA No. 2 (En coro. Viéndose entre sí): Padre Nuestro, sé que para Ti carece de importancia Tu nombre, y que mis ojos son las ventanas de Tu reino. Reconozco me gobierna Tu voluntad. ¿Por qué temerte si me das el pan de cada día? ¿Con qué objeto actuar con hipocresía?
“¡Déjame caer para aprender a levantarme! ¡Lléname de males para aprender a dominarme!
“Así, al final, cerraré Tus ojos ante el orgullo de mi propia luz, misma que iluminará esa Cruz, guiándome al camino del eterno amanecer.
“Ese día, abriré las ventanas, para recibirte amoroso, en mi ser.
ACROBATA (Señalando con rabia al Arzobispo): ¡Juzguemos a este tipo! ¡Es un peligro para la sociedad que se vislumbrará a finales del siglo veintiuno!


FIN DE LA OBRA




V
Es verdad, “quien no conoce la historia está condenado a repetirla”. Basta sobornar una idiosincrasia amedrentada para predecir el porvenir de un pueblo sometido como consecuencia de un extravío de personalidad conjunta.

Luego de catorce larguísimos meses, Jethro al fin ha terminado de pagar esa pequeña televisión a color y control remoto.
Pero hoy, precisamente hoy, todos los canales se han puesto de acuerdo para desanimarlo –no se trata del informe presidencial; me refiero a otra clase de hipnotismo-; es semana santa y la Plaza de San Pedro está repleta. El papa reclama su triunfo dentro de una túnica bastante peculiar, con reminiscencias fetichistas.
El anciano es cada día menos capaz de caminar, por lo que la comunidad de católicos –lo de menos es una religión en particular; digamos que el catolicismo fue mi pretexto por haberlo padecido desde mi nacimiento- es la que lo ha instalado sobre su trono de oro.
El papa otorga al planeta entero el permiso tan esperado para iniciar su Farsa Mayor.
-¡Nunca había visto a tantos religiosos juntos!… -no se aguanta las ganas de gritar Jethro- ¡Qué ridículos! ¡Cuánto lujo!... ¡Cuántas cervezas he tirado a la basura sin abrir!

Sicología pura: latín en cánticos perversos. Tétricos pasajes del órgano y el mar Muerto se abre y revive a los pies de los presentes cuyos ojos irritados ya les duelen de llorar su inconsciencia.
… Y se marchan en paz. Por este año ha sido suficiente, la dramatización ha terminado.
La comunidad católica persuadida y dominada. El papa convencido y engañado por un instante, al ser envuelto por el dolo de los fieles.
¿El resultado? El papa ganó la carrera en patines, gracias a que el resto se lo permitió. Pobre tipo, está realmente cansado dentro de esa indumentaria.
Al llegar a la meta, deslizándose sobre sus patines, voltea hacia las masas haciendo la señal de la cruz en el aire; aprovechando para colocarse bien la máscara. Las masas arrodilladas, temerosas.
-¡Cómo quieres que te tenga confianza si no eres capaz de verme a los ojos!

¡Cómo puede el ser humano vivir en un mundo tan maquinal! Año nuevo: gran pretexto para purgar tus errores durante una noche. Semana santa: desfachatez del espíritu. Independencia Nacional: circo romano. Navidad: viscerales sentimientos descargados sobre un Hombre extraordinario. Mi cumpleaños: Dios tenga en su gloria a Darwin –bueno, al menos él sí lo intentó.
Y después de siete décadas, un feto calvo y arrugado cree conocerse al dominar este mundo; permitiendo a la vez que el mundo lo domine a él; temeroso de su relativo bien y de su proporcionado mal.
Hay mucha diferencia entre las emociones fuertes y las sensaciones estúpidas. Las primeras indagan; las segundas eluden.




La mañana es hermosa, a pesar de que Jethro no puede escuchar el canto de las aves ni sentir el frescor del rocío que ya asciende hacia mejores horizontes.
Jethro permanece desde la noche anterior encerrado en el juzgado, estudiando sin descanso la sustancia del extraño caso del Arzobispo; quien es encaminado por dos guardias desde su celda hasta la presencia del juez.
Son las nueve de la mañana. La misa ha sido pospuesta para mejor ocasión. La prioridad es investigar una extraña sumisión consecuencia del desorden mental en una personalidad confabulada.
Al fin el Arzobispo aparece en la sala provocando al instante la risa del público presente, incluso del jurado, quienes simulan su jactancia. Y no es para menos, la vestimenta del acusado es algo así como el disfraz de un copiloto al mejor estilo hebreo, modelo 33 d.C.

TOC-TOC-TOC-TOC-TOC

-¡Silencio! –grita el juez-. Tiene la palabra la parte acusadora.
-Señor juez, como representante de millones de muertos en nombre del Señor a lo largo de los siglos, de las injusticias cometidas contra inocentes por parte de la Inquisición, y para ser breve, de la vulnerabilidad emocional del ser humano, es mi deber acusar a este hombre de ser cómplice ante las altas esferas del Vaticano, permitiendo de esta manera el enriquecimiento inmoral de los dirigentes de la religión católica; llegando al extremo y a la desfachatez de invertir sus bienes en bolsas de valores, entre muchos otros detalles que poco a poco iré relatando ante esta sala, si usted me lo permite.
Al terminar de hablar la parte acusadora, el juez dice:
-Bien... ... ... Tomando en cuenta que el acusado no aceptó ser defendido, alegando razones personales, le pregunto a usted, Arzobispo, ¿qué responde a la acusación?
El Arzobispo se levanta de su silla, provocado el tintineo de las mil cosas que lleva encima. Con la cabeza baja apenas susurra:
-Perdónalos Señor, no saben lo que hacen.
-Voy a repetirle la pregunta, Arzobispo. ¿Qué tiene que responder a la acusación de que es objeto?
Los lóbulos oculares del religioso provocan que su mirada se torne desequilibrada.
-Miembros del jurado –dice el juez; después de elucubrar en silencio lo necesario-, independientemente de lo que explica la ley, creo que no hace falta su deliberación. Los antecedentes sicopatológicos del acusado son obvios; creo que todos los reunidos estamos de acuerdo en que no ha cometido ningún delito. Su enfermedad requiere cuidados de tipo siquiátrico, según consta en los dictámenes de varios especialistas. ¿Están de acuerdo en que este hombre no ha cometido ningún delito?
Los integrantes del jurado voltean al unísono hacia el techo de la sala, en donde un niño pende del cuello desde una de las lámparas que alumbran el recinto, con una nota en su pecho:

“Si el vértice circula
la estática del vuelo
el acusado es inocente”

El juez, satisfecho, prosigue –bajando simulado, titubeante, su mirada desde lo alto de la sala-:
-Muy bien. Ordenaré las asignaciones correspondientes para que el Arzobispo sea tratado profesionalmente. ¡Se levanta la sesión!

Luego de orinar, el juez se lava las manos en su baño particular. Abandona la Corte metiéndose presuroso a la estación del metro más cercana. Una Tenochtitlán sui géneris lo espera en casa.
Por su parte el Arzobispo sigue en problemas. Los papeles se han invertido; un sicoanalista desea confesarlo.
-Vamos señor. Haga un esfuerzo. Usted tiene la edad ideal de su vida. Descríbamela.
-Es que... no recuerdo nada...
-Eso no es posible. Su expediente me dice lo contrario. Además, un viejo como usted debe estar lleno de anécdotas. ¡Deshiníbase!... ¿Eh?... ¿Qué me dice de las chicas? ¡Platíqueme alguna aventura en los años sesenta!
-¡N-no recuerdo nada!
-En ese caso iremos por partes. Hábleme de su niñez.
-¡No recuerdo nada! ¡Dios mío! ¡Porqué me has abandonado!

Letras dan forma a oleadas de saliva roja
orines negros coagulados
lágrimas calientes, lamento de sus labios
lengua en proceso de digestión
ojos vomitados
poros conectados con las arterias
cabellera de pus
las manos le impiden respirar
excremento escurriendo en sus rodillas
cerilla y mucosa embarrando la peste

Baja el telón
Sube el telón

Tus signos en el fondo del lenguaje del mar
tu orina aumenta la voz gruesa de las olas
sollozas ante su furia
el aire escapa por tus ojos
cabello y dedos inútiles

Tu cuerpo limpio, ingrávido
Ahora puedes comenzar






VI

Otra lata vacía cae de la mano de Jethro. La extroversión de su postura en relación directa con la purificación.

El Arzobispo observa entretenido una mosca que escala las paredes acolchonadas de la celda. El insecto vuela; el hombre la atrapa en el aire y la lleva a su boca, la mastica. No puede contener el llanto.

El problema con la gente radica en que se meten a la boca el dedo del Presidente, siempre y cuando sus uñas barnizadas contengan fragmentos de comida; y si la comida es abundante, son capaces de lamer la falange completa.

El que es Unico, únicamente necesita de su religión.
Hay tantas religiones individuales verdaderas
como únicos existen en el mundo

El Presidente extendió el dedo y el Arzobispo chupó. El Presidente extendió el dedo y el Arzobispo se ahorcó en su celda. El Presidente extendió el dedo... el papa se rasca las axilas con un crucifijo.

Si sientes
dominas

Todos serán
nadie es

Obstinados en planear cosas medibles. Jethro no planea porque él mismo no es medible ante sí mismo.
Aún peor: la gente planea cosas medibles basados en un diáfano romanticismo, evocando la tímida individualidad como máxima aspiración, a una idiosincrasia romántica; entendiendo al romanticismo de esta manera: la conquista del trecho intervalo que guía la idea de triunfar a una necesidad de no hacer.

Soy burbuja en ascenso
combustión de humedad
El alcohol dice saber
lo que el aire sabe decir:
Tus vísceras embriagan
mi piel de gas

-Escucha mi canción.
-Créeme, no es mi vocación.


La verdadera trascendencia sucede sin que nos percatemos. Cuando forma parte, ya, del aspecto no modificable.

Mete la mano en la arena, siente el palpitar de la Tierra. Recórrela con la lengua. Súrcala con tus uñas. Muérdela con tus brazos.
Es la misma sinfonía y diferente tu amante. O, ¿mismo el amor y distinta la armonía?
Ambas son lo que eran. Tú has cambiado.
A pesar de todo, mides los dos conceptos y ambas ideas te dominan. No se necesitan. No te reconocen.
Vuela, calla, escucha. No comprendes. Ahora observas y conoces, coordinas e interpretas. El acorde y tu amante son aspectos que te pertenecen, conceptos que recuerdas, verdades que ignoras.
Volaste a tiempo. Te olvidaron a tiempo.
Calla, escucha. No entiendes, ves. La oscuridad se ha convertido en simple falta de luz. La luz es absoluta, el destello de tus neuronas.
Nunca podrás bajar. Nadie alcanzaría tu mirada. Sabes que la piel del planeta suda.
Tu mirar en vertical. La distancia ha terminado.






SEGUNDA PARTE

Pelos ensortijados
húmedos, afilados
de mirada profunda
y olor a placer
que tajan mi lengua
mientras huyo
entre tus labios
de mujer

En este momento no puede importarme el puente de mi vida del que me habla Nietzsche; ni mi presente convertido en puente que me reprocha Henry Miller. Lo único por lograr es separar mi piel, al menos un centímetro. Es mi único rastrillo, par de navajas de mirada profunda... ¡Eso es!

Zaratustra nuestro que estás en el cielo.

La sangre brota, tímida, de mi índice derecho. Sentencioso bochorno invade mi cabeza como producto de la cobardía; suspiros escapando por todos mis poros.
Aprieto la falange mostrándose mi propio cuerpo bondadoso, escurridizo apenas. Su personalidad me cohibe. Intento el equilibrio pero se desliza al instante hasta mi palma sudorosa.
Esta pluma de avestruz es la intermediaria entre la hoja de papel virgen y yo.

A pesar de que el arte logra el éxtasis de nuestros sentidos al encontrarnos en perfecta armonía con nosotros mismos, también llega a suceder lo contrario, cuando nos reconocemos cual obra de arte que despierta por primera vez, y que nada necesita. Los ojos se desvanecen, las manos caen.
Exijo volar lejos. Lejos de esa clase tan peculiar de ocio que nada crea; y de otra cita.

El dolor que escurre por mis dedos destroza mi voluntad. -¿Vileza o valía?
Escribir con mi sangre ha sido una emoción salvaje. El universo entero en la punta de esta pluma de avestruz de inútiles logros para simples mediadores.
Cierro mis ojos intentando imaginar. Imagino.
Un río de sangre besando mi piel; otro descuido cuando el paladar ya susurra con mis oídos. Una ráfaga de viento, un cartero; oficinas postales.
Dentro de siete días buena parte de mi corazón estará llamando a su puerta, dentro del sobre más espeso en las faenas de un cartero europeo.
La única manera de llegar a la vejez con la mente sana es siendo cínico, masoquista o idiota.
Sigo imaginando. El cementerio en la orilla del mar. Tumbas carcomidas por la brisa; cuerpos deslavados por la lucidez. El recuerdo fresco, el pasado asesinado.

Este cementerio junto a las olas ha sido inaugurado esta noche. La voz del mar es la voz de Dios. Gritos desgarradores acusan la irresponsabilidad de vivir.
Descansa en paz. Todos te recordaremos como mujer valiente en nuestra hipótesis. Los lunares de tu pecho arrancados por los peces.
Sé que nadie me echará de menos. ¿Cómo podría despedirme de una ciudad que nunca comprendí?
Es iluso intentar escapar de nuestra obra cuando se la hemos arrebatado al destino; cuando hemos descubierto la constelación contenida en nuestra propia firma. Es ahora cuando me gustaría experimentar el tormento temporal de no tener ningún problema: interpretación de la felicidad durante buena parte del siglo veinte.
Mudo desahogo del epitafio engrandecido por el arrecife. Su testamento mi filosofía: “¡Llena las copas!” Aliento en la lucha cotidiana que besa mis labios.

Así, asistimos al funeral de su espíritu bohemio. Tengo la certeza de que ahora es libre como siempre quiso serlo, en un nivel donde la bohemia incluso resulta un prejuicio.
Mañana inauguraremos la fuga; si es que nos podemos mover; cuando el mundo agonice y la noche disfrute su pubertad. Mi juicio rehuirá la renovación.

No recuerdo el nombre de esta ciudad ni las intenciones de este bar. Sé que desde algún rincón del cosmos se puede apreciar con total claridad el grupo de estrellas que den forma a la silueta perfecta de mi firma, sin necesidad de forzar la imaginación: el sentido común necesario para aceptar un cheque.
Nunca más volveré a firmar. Definitivamente la anormal es la que se abstiene. Las estupideces del ser humano son premoniciones de Dios. Nuestros errores sus pasatiempos, premeditados, alevosos, ventajosos. Justos.

¿Cuánto vale tu humedad? ¿La simetría de mi ebriedad tiene crédito en tu bousher?
Me has convertido en vagabundo a mitad de cualquier calle infectada con un nombre. No bastó comprender tu lenguaje ni persuadirme a terminar la última cerveza. ¡Permíteme abrazar el volumen de estas sombras! -En ocasiones una violación puede desencadenar en profunda amistad.
Un parpadeo y me hubieras desilusionado profundamente, cariño mío. La astucia era espléndida en tu furia susurrante; desafiante la melodía de tus zapatillas solitarias expandiendo su eco en el oscuro estacionamiento.
Ciega profundidad de la navaja, cohibida de nuevo, perdida para siempre en su cabellera de diosa. ¡Si tan sólo esa maldita grabación nos hubiera dejado de recordar que la puerta del auto no estaba cerrada!

La furia es indiferente a la semejanza si un destello evita recordar la noche del debut; revolcados en el sofá de Freud:
-Eres un Libra.
-Si. Soy un Libra -le respondo.
-Sólo los Libra conjugan la rutina afilada con la estética de sus semblantes.
-Te noto deprimida.
-Ya sabes... mis crisis postsexuales.
-No puedo creer que pese ochenta kilos y siga aventando dos kilos de excremento a diario.
-Deja de comer huevos de avestruz –me dice, burlona.
-Ser diferente por consecuencia es la única manera.
-No confíes en mí.
-Tus suspiros son los besos que nunca he probado –digo.
-Una emoción compartida siempre tendrá algún aspecto de falsedad; a menos que nazca del egoísmo de amar.
-La indiferencia de conocer algo que tan sólo imaginas.
-No lo comprenderías –otra vez se burla.
-Te equivocas. Al llorar, tu mirada delata el ángulo perfecto de quien mataría por un poco de cariño.
-Es como si declararas que mi razón pura ha mutado en razón intuitiva. Es difícil advertir semejanzas entre dos cegueras. Pero yo sé cómo se hace.
-Yo sé hacerlo... ¿Estás filmando la consulta? –le pregunto.
-... Tal vez.
-¿Piensas editarla?
-Tendría que consultar con un hechicero.
-Ese sería el peor error de tu vida. El curso del planeta podría modificarse de manera brutal.
-¡Qué mejor ocasión que esta tarde para grabar una consulta! El lodo no escurre sobre el sofá.
-No olvides que el césped de tu balcón ya está marchito.
-... ... ... Eres un descarado. Conoces la manera perfecta para humillarme y lograr lo que quieres. Bien sabes que no recuerdo cuándo comencé a ejercer mi profesión.
-Eso es mejor a la displicencia.
-Eres adorablemente estúpido.
-Y como un estúpido aquí me tienes, ideando la geometría de tus lunares para proponerte la constelación de un ideal.
-¿Te molesta la cámara? –me pregunta.
-Preferiría una cama –respondo-, transmitiéndonos a nivel nacional. Hemos expresado lo que nos conviene, como siempre. Audacias subjetivas neutralizadas, angustiantes, solas. Hemos callado lo que nos incumbe, lo que nos inmortalizaría como dos solitarios sabiéndose amados. Tú eres quien le teme a la filmación.
-El fondo del acto también previene el molde y el fundamento. Si nos abocáramos a las figuras del fondo nos convertiríamos en parásitos de la estética. Debemos encontrar la profundidad de la forma para acaso intuir la belleza de una lógica no razonable... Te voy a dar otra cita; tengo treinta minutos para materializarme en el otro extremo de la ciudad.
-Antes dime el nombre de esta ciudad.
-No lo sé –me dice-. En verdad no lo sé. No puedo obligarte a creerme.
-Sé que eres sincera. Por primera vez tu actuación te ha delatado.
-Ya lo sé, no me lo digas... “la reputación de los famosos muertos”... Aún siento el puñal en mi pecho.
-Te sigo amando; en esta ciudad suciamente nominada.
-La Suciedad Anónima... Dentro de tres horas, más o menos, las bolsas de valores comenzarán a recuperarse –afirma, en medio de una sutil sonrisa.
-Un nudo dulce en la garganta sólo lo puede provocar una mujer como tú.
-No tengo palabras para responderte. La altura es cuestión dentro de un significado. Ecuanimidad de proyectos.

Yo era el ave mayor, la reina de las aves, tan fuerte y poderosa como un avestruz que ponía huevos. Era un avestruz que nunca había perdido una pluma. Mi cuello asomaba en la hidrósfera.
Al despertar, tuve que levantarme a lavar las sábanas...
La prueba contundente del existencialismo la mide el último piso de un edificio de al menos sesenta pisos; y te la ofrece una ecuación entre el tiempo y la gravedad.
Es una mañana muy fría la de hoy. Lo mejor que puedo hacer es cerrar la ventana, regresar a su lado. –En la estufa se consume la parte decreciente del agua y el aceite.
¡Qué triste resulta ser el único espectador ante la agonía de una vela! Un Cuarto Menguante es un suceso definido. La Luna Llena envidia la inconclusión.
Me pregunto si en el momento exacto habrá gozado de la Luna Llena a través de la ventana. Luna que mis miedos fragua y mis sesos ahoga.
Sé que no temió. Acaso el lapso y su propio peso le dieron tiempo para no arrepentirse. Ella es tan libre, de manera que no me es posible concebirla.
Ahora que su ausencia fluye descubro su buen gusto espontáneo.
La cámara sigue grabando. Imagino mi imagen retrocediendo ante su presencia. Ante mi soledad surge el principio de revelación suficiente: No me interesa ninguno de mis vecinos; pero haría lo que pudiera por ayudar a cualquiera de ellos.
No volveré a vislumbrar el corte de mis abismos. Semejo la cumbre que avisto a lo lejos. Simulo el consejo; prisión del castigo.
Los acróbatas siguen rodando allá abajo, sin precio ni fin. Mesura en su vivir. Las nubes lloran leche; el techo salpica partes de golondrinas.




Nadie debe conocer mis alcances. No como estrategia; simple costumbre. Evadiendo el plan y retomando el desenfado. Estrategia para confundir al arte.

¿Tiene algo de arte el asesinato?
¿Tiene algo de asesinato el arte?

Urbe muda de estruendo. Mancha innominada en donde en ocasiones se peca más al luchar por no pecar.
Los santos no pueden soñar que ponen huevos de avestruz. Mi firma de asistencia nunca falta en el bousher del Creador, tomando a cambio aquel instante de satisfacción neutra, la canción pura, el canto de las olas.
El amor es el más sincero de los desahogos; sobre todo cuando me encuentro Contigo. ¿Tienes tiempo para charlar? ¿Por qué no nos damos ambos una oportunidad? ¡Cómo la necesitamos! ¡Mírate a Ti mismo! ¡Llevas tanto tiempo en esa posición que Tu rostro parece exigir clemencia! ¡Baja!
-Aquí Me tienes. Pregunta lo que quieras –me dice El.
-Tú eres quien hará las preguntas.
-El asesinato es para algunos simple consuelo.
-No me compadezcas.
-Aburrida costumbre en un vano presente al percatarse de que el odio no existe y el ayer es una ilusión. Es así como los planes les resultan a ustedes imprescindibles. La hoguera todavía no se extingue, pero el humano sigue empeñado en mandar, olvidando su particular poder.
-No me salgas ahora con que la naturaleza posee romanticismo.
-En todo caso, es un velo que cubre la metáfora. La felicidad no consiste en ser feliz; es por esto que muy pocos gozan la dicha de la lucha.
-Me pregunto si estrecho Tu mano o escucho Tu voz.
-Lo espontáneo es eterno. Del caminar o correr. Del correr o andar. Tus impulsos debes llevarlos a cabo, todos. Todo, una vez.
-¿Y qué hay de los supuestos santos?
-No los conozco, pero mejor no te fíes de ellos. El ciclo se está cumpliendo, todo parece ser una ilusión. El dogma de ustedes fue engañar. El intelectual se ha acostumbrado a aceptar ideas exactas; a cambio de eludir las risas sin nombre o las voces de los animales inferiores evocando la concepción. Supongo que los santos guardan silencio toda su vida.
-Entonces, ¿qué somos nosotros?
-Accidentales Ignorantes. El prejuicio los llama orugas. La perversidad nada Me muestra. Lo único que te puedo aconsejar es que soportes los interrogatorios en el confesionario. Grita si es necesario. Es temprano para morir; pero es tarde para que Me ponga a hacerte preguntas...
De pronto, un monaguillo, alto y gordo, no parece notar que la leche escurre de sus labios al pasar un plumero sobre la imagen de madera, persuadiendo al Maestro a retornar al sueño, recargando, al instante, la cabeza sobre su izquierda; mientras un excremento casi líquido comienza a resbalar de las faldas del infante; quien, presuroso, se dirige a desempolvar las imágenes de media docena de santos inmaculados.
La enorme almeja de mármol de cierra, guardando para mejor ocasión la maldición de los líquidos. Todo apesta.

No hay nada que perder en este mundo. La muerte ha confesado su inexistencia cuando reconoce al miedo irracional como la peor tontería y al coraje, en todo caso, como una palabra sin sentido profundo, desde el momento en que el humor exquisito nace de la fineza que posee la suspicacia.
Mis manos siguen sangrando. El papalote disfruta de la lucha sin afanes de récords. Abajo, urbanistas del estiércol ante la demanda de castillos de arena, destrozando porcentajes, integrando expedientes, encubriendo referencias.
Me paro desnudo sobre una montaña de abono natural; pienso, ¿qué es la salud sin la paz?
Levito desnudo bajo un manto de polen. Mi mirada me observa, me reta, me provoca pánico en la audacia de un ingenuo.
Es probable que Zaratustra haya sido un Libra, y que los gusanos que lo limpiaron sudaran su sangre –no creo que la hoguera hubiera podido soplar sobre él.
Es una lástima que las cámaras de vídeo no se inventaran hace veinte siglos, pues de esta manera podría demostrar que la Twenty Century Fox fue la idea visionaria de una docena de tipos necios con vocación para la ciencia-ficción.




La altura no se mide, se disfruta; sobre todo en el verano que ya se acerca a la ciudad indescriptible repleta de hostias sangrantes. Lugar en donde una vela que llora es una mujer sin vanidad; asumiendo la irresponsabilidad de la imposible despedida; entre profundas miradas que atraviesan este corazón endurecido.
Hilos carmesí chorrean, destilan, vacían la escalinata. Estoy de regreso en la ciudad de los aztecas. ¡Qué poco sabe la siquiatría de los abismos en la mente de un loco! Los controles de calidad sólo pueden interpretarse en los sueños.
No me atrevo a ir al cementerio. El lamento de las olas delataría mi obra. Regresé a esta ciudad porque el lugar carece de importancia cuando la armonía se esparce prepotente.

El tormento ha terminado; al fin tengo un problema:
-No temas –me dice ella-. La hondura de tu sombra necesitaría un filo extraordinario para ser nublada. Yo también he regresado. Necesito oler de nuevo tu cuerpo. El altar es hermoso, ¿no te parece?
-No has perdido ese eterno egocentrismo de dar –respondo.
-¿Qué quieres que haga? Los acróbatas desean seguir rodando para invidentes, en imanes de luz. Confía en mí, sigo siendo una profesional.
-Eres alguien que no puede arrepentirse de nada –afirmo.
-Soy la mejor actriz. Además, bajo este vestido mi mejor lencería.
-Tu profesionalismo es el ingenio que deseo.
-¿Eres capaz de comprender que no me conoces lo suficiente? ¿Me evades? –pregunta.
-Analizo tu medición, y al medirte comprendo el análisis. Nuestra comunicación siempre ha sido una libertad que levita.
-Sigo encadenada. Eres el único que puede perdonarme. Las hostias exigen nuestros cuerpos.
-¡Atrévete! –le ordeno- ¡Presiona! ¡Más!... ¡Eso es!... ¡Qué hermosa es tu sangre!
-Limpio Sus pies con mi sustancia...

Mientras tanto, otra mujer impregna las hostias con sus lágrimas ante el gesto sentencioso de un Kant irreprochable, sosteniendo la misma copa de oro entre sus manos, a la izquierda del altar. Las hostias se deslizan en la lengua de Jethro, una tras otra, deleitándose del tibio amargor. Ella se recuesta sobre el altar.
El Maestro despierta de nueva cuenta, complacido al fin por un par de enamorados; ante uno de los muchos actos de amor sinceros en la historia del ser humano.
Artaud al órgano excitando la música en sublimes sucesos; permitiendo la curiosidad del Arzobispo, quien asoma sigiloso, aterrado, desde su confesionario apolillado; al tiempo que riega un poco de semillas de pasto bajo sus pies y observa la obra de arte que se fragua sobre su altar.
En otros tiempos, intentaría limpiar la suciedad con mi espejismo, en el porte abstracto y endurecido de los pelos de una cruz.
Los demás personajes, sin faltar ninguno, acomodados en primera fila, evadiendo toda belleza civilizada; al comprobar todos ellos que una mujer sin vanidad provocaría el verdadero despertar del hombre embelesado en su egoísmo por amar; caminando sobre la pasión sin tocar la ingenuidad. Estrechez necesaria que necesitaría de un puñal para atravesar el fuego.
Una mujer transparente es el filo necesario que necesita el acero para traspasar su propio calvario, y de este modo invitar al mar a la cima.
Antonin Artaud interpreta su personal silencio. Las lágrimas de los cirios terminan con su imaginación. Cada una de Tus espinas lo observa, encantado.
Deseamos unir nuestras heridas a las Tuyas. ¡Reconoce que Tu soledad inmaculada es simple tedio mientras los sacerdotes dormitan su ilusión sobre letrinas!

La voz del capataz
engorda
La voz de uno mismo
endurece el carácter

Con turba mesura, el acróbata despierta a Jethro de su cansancio:
-Ha llegado la hora. Debes ir al confesionario.
Jethro y su mujer, agotados, bajan del altar, encaminándose lentamente hasta uno de los pasillos laterales de la iglesia. Al notar que se acercan, el Arzobispo se encierra en su confesionario, esperando por la revancha.
La mujer suelta la mano de Jethro, quien recorre el último eslabón, arrodillado; trozándose la madera. Ella se dirige al instante hasta el magnífico órgano tubular, colocándose a la derecha de Artaud, iniciando entre ambos un terrible Lamento Medieval. El Presidente, los artistas, los conservadores, los seudoneoglobalifóbicos, todos ellos se dirigen presurosos a resucitar al órgano, proporcionándole el aire tan necesario con la palanca.
Kant deja caer al suelo la copa de oro, vacía. Junto con el acróbata, el Accidental Ignorante, la prostituta que no recuerda cuándo comenzó a ejercer y la prostituta indiferente a la semejanza, corren hasta el confesionario, pegando sus oídos a la madera tallada, del lado contrario a donde Jethro sigue de hinojos; confidente de sus martirios.
El mutismo de Jethro invita al Arzobispo a abrir la pequeña ventana que los comunica: encontradas sus miradas hasta unas risas simuladas que terminan en estridentes carcajadas contagiando a los demás, a todos en absoluto, en un eco estridente rebotando en las bóvedas, en las cavernas de la iglesia.
La adúltera y Artaud aumentan la intensidad de la plegaria cuando Iacocca hace su aparición por la puerta principal, experimentando sus pasos como metas nunca imaginadas. Las carcajadas ya son incontrolables; la música, ruido amorfo.
Iacocca habla, en inesperado intervalo, al pie del altar:
-Y como siempre, su precio y su fin me pertenecen...
Definitivamente algunos portes al caminar son el reflejo de quien ha aprendido a comprender. Iacocca sentencia, ante el súbito silencio:
-El egoísmo es una de las más grandes ingenuidades... ¡Cómo pude ser tan ingenuo!

Mientras el sudor de ambos sexos se desliza por las teclas del órgano, más lágrimas brotan de los hermosos ojos de la adúltera. Finalmente retira su mirada de la partitura. La broma ha terminado. –La imagen de Jethro huye entre sus labios de mujer.

La subjetividad muta en parcial parsimonia, cayendo tan rápido como la inclinación y el incidente se lo permiten. Los cristales de la cúpula convertidos en esporas secas que revientan, dando paso a la confortable brisa del verano; evitando toda esperanza de regresar sobre nuestros pasos.
Ahora mi sueño le pertenece a cada una de Tus espinas. ¡Llévame lejos! ¡Tan lejos como Te lo permita la mirada profunda de este puñal!














Texto agregado el 14-05-2004, y leído por 598 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
2007-09-12 15:42:04 A ver .... por donde empiezo .... lo leí con mucha calma, pa' meterme en la historia, que por momentos se torna un poco bochornoso, considerando los vuelcos que toma ésta, dejándome llevar exquisitamente por el coloquio de los personajes creados a mi gusto con extrema imaginación. Jethro y sus elucubraciones, sus vivencias. Pasajes buenísimos como el Padre Nuestro. Las poesías acordes con la enajenación reinante. Resultado; un texto que te invita a divagar por los intersticios de una mente que se mueve a mil, que te presenta a boca de jarro la realidad de la iglesia y su pompa, también la sabiduría de un Accidental Ignorante. Tuve un rico viaje por el mundo de Jethro. (hangarahi) la-negra- chilena
 
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