Pensé escribirte una carta poblada
de letras transformadas en versos
que resalten tu rostro y su aurora
tu fineza en el vaiven de tus pasos.
Posé la pluma de la esperanza
sobre el amenzante papel blanco
despoblado, burlón, balanza
de mi inspiración o fracaso.
Quise escribir esa imagen
de mis manos resbalándose
sobre la maraña que cubre tus sienes
pero las letras simplemente no ceden.
Pasé al sentimiento y momento
en que caminaste en línea recta
y llegaste de pronto, tan pronto
a mis brazos que te esperaban
esperanzados, temblorosos....
Al final de la carta sólo había quedado
un campo de catástrofe invadido
donde se encarcelaban los sentidos
en un siniestro y perdurable sopor.
Cerré los ojos y asesiné lo escrito
con el fusil de mi pluma morena
y no quisé volver a saber tantito
de letras, mucho menos de cartas.
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