Lo peor es la primera cuesta cuando, en frío, las piernas no responden, como la cabeza buscando un tema para escribir un relato que colgar en la página. Antes hay que disfrazarse: Culote, maillot, pseudónimo y una buena dosis de moral. Superado el obstáculo, todo es mucho más fácil. La carretera se abre ante mis ojos como una invitación a iniciar esa aventura solitaria con el viento en el rostro, los pedales anclados a mis pies y el primer párrafo que aparece en la pantalla.
En la primera rotonda me cruzo con otros ciclistas que me saludan. Yo me aparto, van más rápidos que yo. Uno me dice que me enganche al carro, yo le contesto que no, que voy más despacio. No es ganar una carrera lo que me lleva a montar en bicicleta, a escribir un relato.
Antes de bajar la cuesta del canal pongo el plato grande. La velocidad aumenta, es agradable, como el párrafo que nace de la nada. Continúo. En Soto del Real giro hacia Manzanares. Allí la carretera es una para mí y para los coches. Tendré que poner los cinco sentidos en el tema, ahora no puedo pararme.
Es hermoso el paisaje que me envuelve: A un lado la presa de Santillana rebosa agua, como un pequeño mar interior para los que habitamos en el centro. Y al otro lado, como preludio de la sierra de Madrid, la Pedriza, con su pico más alto: El Yelmo, que observa mi lento rodar a través del texto.
Al girar una curva aparece el pueblo. La majestad de su castillo hace que aminore la velocidad. Veo el hondear de sus banderas en lo alto de la torre y pienso que a la vuelta tendré el viento de cara. No me asusta, eso no será un punto y aparte.
La carretera se alarga hasta Cerceda. Es un camino fácil, conocido, que no me cansa; aunque a veces me digo que he de cambiar de ruta, de forma de escribir.
Me detengo junto a una fuente donde renuevo el agua del bidón, donde refresco mis neuronas que no encuentran la palabra adecuada. Son apenas unos minutos para tomar aliento e iniciar el camino de regreso. Es el mismo camino visto del revés. Kilómetro a kilómetro reviso cada palabras, esquivo cada bache, corrijo las faltas.
En la cuesta del canal pesan las piernas. Pongo el plato pequeño y un piñón grande. Si logro llegar arriba, ya todo será llano hasta mi casa.
Al final de esta carrera solitaria reconozco que nunca fue mi fuerte escribir contra reloj.
© Blas León
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