Despertó percibiéndose distinta; no sintió los pies hinchados ni las manos dormidas, su garganta estaba clara y al parecer su dolor de cadera había desaparecido, se incorporó de la cama más ligera que de costumbre. Como siempre se frotó las manos y la cara y encontró su piel elástica. Sonrió. De pronto sintió su cabello sobre la espalda y le sorprendió, hacía mucho tiempo que se lo había cortado. Se levantó corriendo hacia el espejo de su tocador y fue entonces que se dio cuenta de que todo había cambiado. Los muebles de su recámara eran los que tuvo hacía mucho tiempo. Se alteró, no entendía lo que pasaba. Registró con la mirada su habitación y un escalofrío le recorrió el cuerpo. Se acercó lentamente para verse en el espejo y se miró casi sin reconocerse, si, era ella pero con muchos años menos, treinta tal vez. Con razón se encontraba tan bien, con tanta energía. ¿Soy yo?, si soy yo – se decía – debo estar soñando. Corrió a la ventana, la abrió y respiró hondamente para tratar de desengañarse o despertar de una vez. Miró hacia fuera y reconoció todo lo que veía. De nuevo corrió al espejo y empezó a disfrutar ese reflejo. Se quitó el pijama y experimentó una gran alegría, la grasa de los muslos había desaparecido, el abdomen era plano y liso, sus brazos delgados y marcados, el cuello largo y erguido sosteniendo un rostro terso, sin manchas ni arrugas y sus ojos lucían grandes y limpios. Su cabello era largo y ondulado con un volumen que ya sus manos habían olvidado. Se veía por delante y por detrás y cada detalle le gustaba más. Fue feliz, inmensamente feliz por primera vez en mucho tiempo, aunque no lo creía del todo. Estaba casi segura de que era un sueño y sin embargo aquella sensación de juventud la tenía tan embelesada que en ese momento daba todo por que fuera verdad.
Soy joven – gritó – ¡soy joven! ¿Cuántos años tengo? ¿Qué año es éste? ¡Esto es un milagro! no es un sueño, es real.
Se vistió rápidamente con lo primero que encontró en aquella estancia entre familiar y ajena al mismo tiempo. Se topó con objetos entrañables y otros que le traían amargos recuerdos. Salió corriendo escaleras abajo haciendo gala de su agilidad. Salió a la calle y experimentó un gran poder: la fuerza de ser joven, el optimismo de saberse con mucho tiempo por delante, el sentirse con derecho a todo, con la capacidad de desdeñar una oportunidad, la posibilidad de imponerse a quien sea, de revelarse, de ser inmoral y de cometer errores. El tiempo no era lo mismo que ayer, no significaba lo mismo.
Su entorno, aunque reconocible, no tenía una temporalidad definida, no lograba ubicarse. Se resistía a preguntar a cualquier persona por la fecha, sería ridículo. Fue en ese momento que se sorprendió pensando también como joven, con todos esos prejuicios y vacíos preceptos de perfección que todos alguna vez adoptamos.
Caminó a toda velocidad y empezó a recordar lo aprendido, sobre todo en esa etapa de su vida donde lo importante no era lo trascendente, cuando apoderarse de las cosas era toda una cultura y cuando la inteligencia solamente tenía la facultad de rechazar lo existente. Desaceleró sus pasos y pensó en sentir mejor cada pisada que daba para razonar hacia a dónde se dirigía. Quiso pensar claramente sin dejarse llevar por la complacencia de lo que no existe. Observó a la gente, quien lejos de parecer feliz, simulaba un ejército en trance buscando refugio, con un aprendido comportamiento de autodestrucción conciente.
Se miró nuevamente en el espejo de un aparador y fatalmente se reconoció inepta e incapaz para adoptar la felicidad y sobrevivir a ella, sin pasar la vida a merced del tiempo.
Si yo hubiera sabido – pensó – no hubiera encadenado mi existencia a describirme sino a definirme, a entender realmente el propósito del saber y concluir entonces que no estaba preparada para la indiferencia sino para aprovechar el tiempo y vivirlo. Pasé tantos años anhelando el futuro, quitándole al presente su eternidad y heme aquí entusiasmada con el pasado para inevitablemente, angustiarme nuevamente por el futuro. Parece que sólo es posible ser, mediante el retroceso y la distancia que seamos capaces de guardar respecto a nosotros mismos.
Su alegría paró en seco. No sabía bien a bien cuánto había caminado y hacia dónde. Decidió regresar. Cada paso que daba lo pensaba mejor y sin embargo tenía miedo, desazón, coraje, rencor, arrepentimiento, pavor. Se supo atrapada en un cuerpo que ya no le pertenecía, aunque lo había deseado mucho. Presa de las apariencias, terminaría encadenada nuevamente a un propósito aniquilante. Los minutos transcurrían rápidamente mientras ella, en lenta locomoción, lloraba y se sublevaba a su historia. El cuerpo tan dependiente del alma y ésta tan dependiente del cuerpo, atroces y funestos uno para con la otra, y en medio de todo, el tiempo.
Alégrate – se dijo – te has liberado. Vive la magia de lo posible y regresa al tiempo su justa proporción.
Quedó inmóvil, sólo el viento que produjo la vertiginosa marcha del exterior, mesaba su cabello. Regresó.
Volvió el alma al cuerpo y al cuerpo el pensamiento. Caminó segura y sin atrición, miró con simpatía sus arrugas y concedió valor al volumen de su cuerpo. Nunca más pediría una limosna de tiempo, pues éste denigra la materia y nos oculta la realidad. Ese día frente a sí, determinó ser cómplice del tiempo en virtud de la ilusión.
|