No sólo la superficie brillante y pulida, también el interior poroso y rugoso de la vida; la oquedad, la oscuridad y el silencio cuentan, y cuentan maravillas. Cantan bellezas que incluso a ojos cerrados y oídos sordos deslumbran y embelesan. Al tacto ausente y a la boca urgida complacen y llenan de razones a manera de presentes.
Algún día desandaré mis pasos y volveré a bailar en el desierto, donde toda huella permanece, donde no se compran falsedades ni se vende el olvido.
Volveré a gritar con ésta voz angustiada, desgarrada, despatriada, voz arraigada al polvo y al ingente sol de las tardes desmayadas sobre los espejos. Mi mente contenida del canto de grillos y chicharras y mi corazón a reventar envuelto en cachanillas, retornarán ansiosos a procrear y reestrenar amores, a encontrarse en el mismo lugar donde, por vez primera comprendieron la causa y el efecto, ejercieron el dar y el recibir y tuvo sentido lo causal y lo casual.
Ese día, volverá a tener sentido bailar… bailar en el desierto.
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