Me asomo por la ventana y siento que pierdo miserablemente el tiempo. Duermo y me siento culpable. Desperdicio la vida buscando razones. Me pongo a leer y pienso que allá afuera la gente se mueve, va y viene, hace cosas. Escribo y no tengo siquiera la intención de decir algo. Me siento a comer e irremediablemente vienen a mi mente las aterradoras cifras de hambruna en el mundo. Veo por televisión el noticiero de la mañana y todo el día me golpea el coraje. Navego por Internet y me dan asco la publicidad y la información. Me asomo por la ventana y me indigna ver al vecino como en la canción de Serrat. Vuelvo a perder la mañana, vuelvo a perder la tarde. Compro un periódico, no lo leo. Siempre tengo hambre, fumo demasiado y el café ya no me sabe a nada. Pienso en la posibilidad de novar todo desde el principio. Me asomo por la ventana y el olor es repugnante. Repito y repito mentalmente una estúpida canción. La cotidianidad es aplastante. El pasado me estorba, el futuro me pesa. Sigo esperando. Escribo por hacer algo. Me enojo por sentir algo. Reclamo para que algo se escuche. Pierdo. Vuelvo a perder la noche, mañana volveré a perder la vida.
Duermo terriblemente mal a causa de sueños inverosímiles. Me duelen la cabeza y los brazos. La pesadilla en la vigilia es peor. Me alimento con hambre pero sin gusto. Me asomo por la ventana y me niego a mirar hacia abajo. La radio es un invento inútil, desaprovechado. Quiero llorar por los demás y termino riendo de mí. Pierdo varias horas en un minuto, cientos de minutos en un respiro. Otra canción igualmente estúpida tortura mi cabeza y los brazos se me caen de dolor. El teléfono no ha sonado en varios días. Mis sensores se han averiado. Me asomo por la ventana, me siento en la cornisa y no hay arrepentimiento, ni miedo, ni pesar. El cerebro se seca y se reduce. Sigo esperando, sigo perdiendo. La gente allá afuera tiene una historia que contaría si tuviera tiempo. Los edificios y los insultantes anuncios en las azoteas no me dejan ver el horizonte. Un ingente dolor de cuello me obliga a ver hacia abajo. Cuánta torpeza, cuánta ignorancia, que poco valor. Me pongo en cuclillas sobre la cornisa y aparentemente experimento comodidad. La tasa de desempleo éste mes ha sido la más alta en los últimos...el viento es agradable. Nunca había visto una puesta de sol tan frontal, me recrimino. Los vecinos escuchan una música detestable. Me pongo de pie. La política es una vergüenza. La vida se va. Ya no tengo fuerza para el enojo ni espacio para el rencor. Mis brazos ya no lo son. Extiendo mis alas...levanto los talones…impulso mi cuerpo hacia delante como lo hice muchas veces en mis sueños. Cierto, para volar sólo es necesario dar el primer paso. Por fin. He dejado de perder el tiempo
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