Se cuelga la tarde en el Café cuando al cuarto para las cinco
se sienten más las vértebras y el frío.
Arden las manos que extrañan
el calor de carne ajena
y se ocupan y se aburren.
Por la boca – que recuerda –
el humo no tiene sentido,
el calor es frío, el sabor es otro
(debiera serlo).
Con los ojos clavados
en el fondo de una taza,
las piernas y los labios se humedecen,
una máquina trabaja
y no cabe la razón.
Viscosos caracoles
se arrastran por mi mente.
Formas de saleros frente a mí
y en la entrepierna ... sal, sal negra, sal blanca,
líquida, de mar.
Falta el aire y las conchas
de mis manos buscan algo,
buscan sol, buscan agua
o sábanas mojadas.
En la espalda perlas,
en el vientre, nada.
Un pliegue del mantel es ojo
y mira; está hueco, hueco rojo
hueco flor, túnel vacío.
Un rincón está ocupado
me duele de lo hinchado
de que se abre y de que no.
Un sonido.
Parpadeo.
El café.
El reloj que se me encaja.
Dos minutos.
El aire, un cigarro, el frío.
Todo está bajo control.
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