A diferencia de otras mujeres, ella no acostumbraba verse en el espejo; en ninguna parte de su casa había uno, ni siquiera en el baño. No le gustaba lo que se reflejaba y además estaba siempre tan ocupada en sus trabajos de traducción que le parecía banal y superficial arreglarse.
El único lugar de la casa donde se reflejaba su imagen era un gran ventanal que estaba en el cubo de la escalera. Al término del día y encender la luz se veía claramente de cuerpo entero. Le molestaba sobre manera esa torpe mujer que bajaba con dificultad, cojeando con la ayuda de su bastón, el peinado mal hecho de cabello cano y encrespado y esa ropa tan anticuada. Procuraba no mirarlo de frente e incluso, muchas veces no encendía la luz para bajar por la escalera. Afortunadamente – pensaba – al subir no tengo que verte. Se refería a ella misma en segunda persona, eso acostumbraba desde que tuvo el accidente.
Nunca tenía tiempo para hablar con alguien ni visitar a nadie, no se diga recibir en su casa, eso la alteraba y se ponía de muy mal humor. Apenas si abría la puerta para recibir y mandar el correo y para que entrara la señora que le ayudaba con el aseo y que después de quince años de trabajar con ella, no tenía un juego de llaves para entrar a esa casa, en la que trabajaba de 9 a 2, tres días a la semana.
Rosaura era muy metódica, no se permitía de ninguna manera salir de su rutina, tenía dividida la semana en labores específicas, los días en ocupaciones precisas, las horas en tareas por cumplir. Así mismo los espacios de su casa eran ocupados y desocupados según la actividad, con un orden inamovible.
A raíz del accidente, su carácter, que nunca fue dulce ni apacible, se fue endureciendo cada vez más hasta el grado de no sonreír, de no hablar más que lo estrictamente necesario, de casi no gesticular siquiera. Los diálogos que sostenía consigo misma eran en silencio y con un rigor desesperante.
- ¿Qué vas a cenar?
- Para qué preguntas si siempre ceno lo mismo.
- Te sigue doliendo la espalda...
- Que te importa ... ¿acaso puedes hacer algo por mi?
- ¿Tienes frío?
- ¡Deja de meterte en dónde no te llaman! ¡Ya me tienes harta!
- ¡Eres una amargada!
- ¡Una amargada gracias a ti!
- Tienes más de quince años culpándome por algo que sabes que yo no provoqué ...
- Si no te hubieras enamorado de ese imbécil no me hubiera pasado
ésto ...
- No era un mal hombre, me amaba, estaba dispuesto a soportar tus estados de alteración y rigidez a cambio de unos cuántos momentos de cariño, además ¿Cómo te atreves a juzgarme cuando tú misma fuiste la que decidió estar con él?
- ¡Pero no esa noche! ¡esa noche! Era muy tarde y tú me convenciste de ir a buscarlo. Después de la pelea que tuvimos yo había decidido regresar a la casa pero tú, como siempre, interviniendo e intercediendo por él.
- Eso era lo que realmente querías no te hagas la digna, sabías que ya no eras joven, que todas tus relaciones terminaban porque eras insoportable, que tal vez él sería el último hombre que intentaría algo serio. Tú también estabas aferrada a la última oportunidad. Después de tantos años acéptalo, acepta que no te importaba nada, que te echaste a correr como una loca llorando y gritando en medio de la lluvia que te hizo resbalar y no viste el coche que te arrolló. ¡deja de fingir! ¡yo no tuve la culpa¡
- ¡Déjame en paz! Ya no quiero oírte, lárgate, cállate, ¡cállate!
- No bajes la escalera sin encender la luz ... ¡espérate! ...
Rosaura no encendió la luz del cubo de la escalera, su bastón se atoró con la orilla del vestido, empezó a rodar escalones abajo y por primera vez en mucho tiempo, gritó. Fue entonces que aquella mujer, la que tanto la molestaba con sus palabras y su presencia, salió del ventanal para impedir otro accidente que pudo haber sido mortal.
|