Del otro lado de la ventana
Es sábado por la noche y Gregorio Fernández mira desde la ventana del living-comedor de su departamento en el piso treinta y seis al edificio de enfrente. La panorámica: cientos de pequeñas vidas exhibidas a retazos. Desde que se mudó de casa, cerca de cuatro meses atrás, cada noche da una ojeada a lo que la gente deja ver a través de sus ventanas. El par de edificios, intercalados por una frenética y apática avenida, comprende una cuadra completa y cada uno tiene cincuenta pisos; parecen murallas morbosas que se miran cara a cara y se enseñan sus partes privadas, o espejos voyeristas que transmiten episodios mundanos, tragedias domésticas, amores furtivos y alegrías fugaces. Es sábado por la noche y casi es año nuevo. Con una copa de cola de mono en una mano y una rebanada de pan de pascua en la otra, Gregorio observa cenas familiares, veladas románticas, borracheras de adolescentes, fiestas entre amigos y cosas por el estilo; burbujas íntimas de condominios impersonales dentro una ciudad colapsada y fría. Gregorio Fernández, de pronto, se siente solo.
Alguien llama a su teléfono móvil y atiende al primer ring. Número equivocado. En seguida ingresa a Messenger y a facebook. Nadie está conectado. Vuelve a la ventana cuando escucha que en algún departamento empiezan a gritar un conteo regresivo desde el número diez. El mundo es una marioneta manipulada por el frenesí envolvente y el fragor jubiloso, piensa Gregorio en un arranque poético. 3, 2, 1: ¡feliz año nuevo! La misma exclamación viene de distintas direcciones. Gregorio enciende un cigarrillo, se sirve más cola de mono y pone música en su notebook. Suena The widow de The mars Volta. Por las ventanas observa que casi todos ejecutan el mismo ceremonial: abrazos, palmoteos y que pase el siguiente. Gregorio quiere hablar con alguien, con cualquiera. Toma su celular, bebe un largo trago, repleta por duodécima vez su copa y disca el número de un servicio de sexo telefónico.
- Hola, soy Tiare, ¿te estás masturbando, papazote?
- No. Quería decirte feliz año nuevo.
- Gracias, papi. ¿Estás tocándote?, porque yo sí.
- No, yo no.
- Tu voz me excita. ¿Tienes los pantalones abajo?
- No. Háblame de ti: qué haces, cómo estás, cosas así.
- Yo estoy en pelotas. Estoy tan caliente.
En el edificio de enfrente, solos en un departamento, una pareja de ancianos se mueve al son de un vals. Gregorio, mientras oye las obscenidades de Tiare, los observa. La abuela choca dulce y delicadamente sus labios contra los del abuelo; en seguida se miran a los ojos, se dicen algo, se abrazan y retoman el baile. La ternura del cuadro es irresistible y Gregorio, afectado, decide terminar la llamada. A continuación vacía de un trago su copa y la llena de nuevo. Está algo mareado. Recuerda entonces sus prismáticos, los mismos que compró para espiar mejor a sus vecinos, y va por ellos. Acto seguido apaga las luces del living-comedor, vuelve a su posición y se pone a dar un vistazo de mayor alcance. Un repaso general de la panorámica deja dos imágenes pintorescas: un muchacho ebrio que vomita sobre la mesa en medio de una cena familiar, y una pareja de veinteañeros desnudos, envueltos en serpentinas y con sombreros de fiesta, que tiene sexo sobre un sillón.
El retumbante estruendo de fuegos artificiales aledaños, el jolgorio regente y el actual estado de agitación afectiva de la muchedumbre, impregnan de misticismo y algo de grandiosidad a la vigilancia gratuita y recluida de Gregorio, como si se tratara de un superhéroe oculto, un guardián misterioso o sencillamente alguien tras una tarea trascendental e inconfesable. Nadie, sin embargo, parece percibir el talante enigmático, insondable e incluso seductor del que su naturaleza y contexto le proveen. Gregorio piensa: seguramente ningún vecino se ha fijado en esta ventana.
Cerca de las 00.30 horas va por un whisky que conserva en su despensa y de inmediato retorna a su ubicación. Al mismo tiempo que escucha a Kasabian, Muse, Pixies, entre otros, bebe de la botella y mira a diestra y siniestra con sus binoculares; parece un navegante en busca de tierra firme, perdido y desesperado, cuyo único consuelo es el alcohol. Una luz, de golpe, se enciende en un departamento. Se trata de una mujer joven y un hombre mayor que aparentemente acaban de llegar. Discuten, o ella discute. La mujer increpa, llora, manotea. El individuo, sin frutos, la tranquiliza. Minutos después se sientan en un sillón y se abrazan, pero al poco rato la mujer de nuevo se altera, se pone pie y lo sermonea a gritos. Ambos, mecánicamente, se acercan a la ventana y Gregorio los observa con más nitidez. A ella la considera muy bella y a él mucho más viejo de lo que suponía. El diálogo acaba con una bofetada y una exclamación de una sola palabra de parte de la mujer. Luego el sujeto se retira y ella, aún lagrimando, prende un cigarrillo.
Gregorio conjetura una historia en su cabeza. Ella es amante del hombre mayor, así comienza. Él es casado y ella es su alumna o algo por el estilo. Llevan un poco más de tres meses de relación. Ella se enamoró y él sólo se encandiló con su juventud. Es año nuevo y ella cree que es tiempo de reclamar su amor, de exigir lo que es suyo. Él, antes que ella irrumpa en su casa y arruine su cena familiar, la trae de vuelta a su departamento, a su nidito de amor. Él tiene tres hijos; ella, una vida por delante. El dilema: compromiso o aventura amorosa. No se ponen de acuerdo. Ella se siente humillada; él, agobiado. Intercambian argumentos. Ella explota en una cachetada y él huye. Al menos así lo imagina Gregorio Fernández.
A lo lejos, se oye el atronador final de los fuegos pirotécnicos y una humareda vaga se deja ver sobre el edificio paralelo. Los veinteañeros del sofá, aún desnudos y enfiestados, desprenden hojas de marihuana de una planta que permanece junto al sillón y en seguida van a la cocina que se ve al fondo de la estancia a meterlas en un microondas. En otra ventana, el muchacho que vomitó duerme en una silla, mientras los invitados cenan sobre un mantel recién puesto. Gregorio recuerda a los ancianos: su luz está apagada, como si ya no quisieran formar parte del cuadro dividido en cientos de cuadros. Como si nunca hubiesen estado ahí.
Mientras contempla lo que dejan ver las ventanas, intenta ahogar con alcohol una lúgubre sensación que se ramifica desde su pecho a sus extremidades. Quiere evaporarse y perderse, aunque sea por un rato. Enfoca entonces a la joven que minutos atrás discutió con el hombre mayor. Es bella y distinguida. Fuma con gracia y mira los apartamentos adyacentes. Tiene cabello castaño claro muy largo, como las princesas de los cuentos infantiles o las hippies de los años sesenta, y una natural y fresca belleza. Gregorio, como siempre, la idealiza y se deja enamorar. En cierto instante la muchacha parece advertir su acecho, pero él lo cree difícil: está en medio de la oscuridad y su cortina abarca tres cuartos de su ventana; resulta casi imposible que alguien logre apreciarlo. Al rato la mujer va a un cuarto fuera del ámbito de la ventana y Gregorio dirige sus prismáticos a los desnudistas, quienes fuman marihuana en sofisticadas pipas de agua, se manosean y bailan con movimientos torpes. Después vuelve al departamento de la joven y otra vez la ve junto a la ventana, ahora espiándolo con unos binoculares muy similares a los suyos.
Cierra la cortina de golpe. Segundos después cuestiona su instantánea determinación; se pregunta por qué se ocultó y especula que se condujo mediante una suerte de piloto automático. Corre la cortina y mira a través de sus prismáticos. La joven sigue allí, vigilándolo. Impasibles, se observan durante un par de minutos. A continuación Gregorio se aparta de la ventana y bebe de la botella de whisky. Está confundido. Desea saludarla, quizá hablarle, tal vez abrazarla. Prende un cigarrillo y escucha howl de Black Rebel Motorcycle Club. Desde una silla del living-comedor mira el vidrio de su ventana con la nostalgia del solitario. Sus niveles alcohólicos descienden, como si la oportunidad de conocerla lo revitalizara. Después se pone de pie, toma su notebook y, preso de una profunda congoja, emprende el camino a su alcoba. Lo que sucede en aquel instante es celestial: antes de salir de la estancia, una refulgente luz entra por su ventana; permanece brillando por unos cinco segundos y entonces se extingue. Después se enciende de nuevo, poderosa, y otra vez se apaga. Lo mismo ocurre sucesivas veces.
Con una mezcla de respeto y fascinación, Gregorio avanza hacia la luz en una de las intermitencias oscurecidas. A mitad de camino se ve encandilado por el resplandor inmaculado, inspirador, estimulante. La penumbra vuelve y llega al pasamano. Raudo, toma sus binoculares y da un vistazo panorámico. Todo sigue igual. Dirige entonces sus prismáticos a su enamorada circunstancial. Continúa ahí, acechándolo. Esta vez sostiene con una mano los binoculares y con la otra una enorme linterna, la madre del cordero. Cuando advierte que Gregorio la mira, deja sus artefactos a un lado y le enseña un cuaderno con un mensaje en una de sus hojas. Dice “hola” con letras grandes. Él enfoca el texto y se entusiasma. Va por su notebook, abre el Word y elige la fuente verdana en tamaño 72. También escribe “hola” y se lo muestra. Ella se ríe. Inician así un diálogo, vía prismáticos, de ventana a ventana.
- ¿Estás solo en año nuevo?
- Así es.
- ¿Eres un ermitaño o algo así?
- Puede ser.
- ¿Qué estabas haciendo?
- Mirando.
- ¿Mirando qué?
- Todo.
- ¿Estás ebrio?
- Algo. ¿Por qué?
- Vi tu botella. ¿Qué bebes?
- Whisky.
- ¿Te queda?
- Tengo tres botellas en la despensa.
- Muero por beber algo.
- ¿Por qué tanto?
- Problemas.
- Qué lastima.
- Soy Francisca, ¿y tú?
- Gregorio.
- ¿Quieres venir, Gregorio? Con una botella, claro.
- ¿Lo dices en serio?
- Por supuesto. ¿Vienes?
- Bueno.
- 827 C, piso 33. Te espero.
Fue como si le inyectasen una dosis de adrenalina. Se mira en un espejo, arregla su cabello, se echa algo de perfume. Saca una botella de whisky y duda, por primera vez, pero en definitiva sale. En la calle toma conciencia de su sobrepeso moderado, de su dificultad para abordar mujeres, de su pseudodependencia a la pornografía. Siente pánico escénico. Dos minutos después se sosiega. Cruza la avenida y se detiene frente al pórtico del edificio de Francisca, nervioso, como si hubiese atravesado una línea divisoria que prohíbe el paso. Traga saliva e ingresa. El portero lo hace pasar y sube al ascensor. Recuerda que es año nuevo y piensa romper el hielo con un abrazo. El elevador llega a su destino y, vacilante, camina hacia el 827 C. Ya en la puerta, enciende un cigarrillo y sostiene su humanidad en fumaradas estéticas, vestidas de una prestancia tramposa y cobarde. Entonces presiona el timbre.
Desde afuera se oye putita de Babasónicos. Te abro en un segundo, le dice Francisca. Su voz es sexy. Suavecita, piensa Gregorio. Sin querer, recuerda un par de películas pornográficas donde la acción se inicia justo después de que alguien toca el timbre de algún departamento. Suele tratarse de repartidores de pizza, electricistas o fontaneros. Francisca abre la puerta con la belleza de una muñeca de porcelana, intocable. Él no tiene relaciones sexuales hace once meses y trece días y se masturba por lo menos una vez al día, pero al verla no siente ganas de penetrarla, sino que de lamerle cuidadosamente su vagina durante horas. Le desea un feliz año nuevo y la abraza con una urgencia forzada. Entretanto, le inflama levemente su cabello con el cigarrillo y apaga el fuego con una desesperación encubierta sin que ella se percate.
Pasan al living-comedor. Hay sillones rodeando una mesa de centro de vidrio en que yacen dos vasos y un plato con hielos. No se sientan en el sofá grande, sino que en los individuales. Todo es tal como Gregorio lo veía a través de su ventana, excepto por ciertos detalles que hacen del aposento algo más íntimo: retratos, figuritas de loza, un tocadiscos. Le entrega la botella y Francisca le agradece con una sonrisa graciosa. Mientras se sirven whisky, ella le pregunta por su encierro en una noche tan festiva y él adorna su soledad con estilo; le dice que el año nuevo le trae malos recuerdos, que prefiere estar solo. Mentiras. A modo de honestidad compensatoria, agrega que en momentos así suele observar a la gente y oír música anglo en la oscuridad. Ella lo observa con una mirada que él no entiende y después le responde que prefiere el rock latino.
El alcohol empieza a amenizar el diálogo y suena el celular de Francisca. El ring tone es Mala vida de Manu Chao. Se excusa y va a hablar a otra habitación. Él se levanta y camina hacia la ventana. El paisaje es casi idéntico al suyo. Son cerca de las 2 AM y el 60% de los departamentos tiene la luz prendida. Se nota que es año nuevo. Escucha un ruido y voltea, de golpe. Es un gato blanco con manchas negras, obeso, arriba de la mesa de comedor. Está lamiéndose y de improviso repara en la presencia de Gregorio; levanta sus orejas y lo mira con unos ojos ampliamente abiertos. Casi de inmediato el felino afloja su mirada, pestañea con una actitud de fastidio y se recuesta bostezando. El desprecio del gato le parece evidente. De pronto Gregorio piensa que el animal le faltó el respeto; por supuesto, al felino le bastaron sólo unos segundos para concluir que no tenía nada de qué preocuparse, la historia de su vida. Gregorio, algo molesto, da unos pasos hacia la mesa y la golpea levemente; el regordete gato abre los ojos, le lanza una displicente mirada de unos tres segundos y retoma su siesta, como si su sueño implicase algún acto de sabiduría superior y no estuviese para idioteces.
Francisca vuelve al living-comedor con los ojos algo hinchados. Estuvo llorando, sin duda. Su actitud da cuenta de una tranquilidad autoimpuesta, por lo que Gregorio entiende que es mejor obviar las preguntas que surgen. Ella va por su vaso y bebe un largo trago, seguramente intentando olvidar algo o a alguien. Su fragilidad se deja ver cada vez más. Como un arqueólogo que desempolva su hallazgo, Gregorio repara en su vestuario; viste unos pantalones azules, una blusa amarilla y unas zapatillas rojas. Aquel colorinche atuendo contrasta radicalmente con el insípido gris que prevalece en la indumentaria de él. Como el día y la noche.
- ¿A qué te dedicas, Francisca?
- Soy actriz, ¿y tu?
- Ingeniero en informática.
- Ah, qué bien.
- Es aburrido, lo sé.
- Oye, Gregorio.
- Dime.
- ¿Quieres ir a una fiesta?
- ¿Una fiesta? ¿Dónde?
- En este edificio, unos pisos más arriba.
- ¿En serio? ¿Quién la organizó?
- Un colega. ¿Te tinca?
- Sí, por qué no.
Cogen la botella de whisky y salen. El murmullo de la fiesta va aumentando desde que suben al ascensor. En la puerta del apartamento de la celebración los recibe un sujeto de boina, barba de chivo, polera premeditadamente maltratada y pantalones a cuadros. Es el dueño de casa. Da un efusivo abrazo a Francisca y le desea un feliz año nuevo; en seguida agrega que pensó que no vendría y ella le dice que hubo un cambio de planes. Él se presenta a Gregorio como Pascual y aquél hace lo propio. El departamento es un loft. Cerca de doscientas personas con vestiduras que escapan con desesperación del tradicionalismo transitan de un lado a otro en una suerte de planicie posmoderna. Apenas ingresan a la fiesta, Pascual toma a Francisca del brazo y se la lleva con él para comenzar lo que parece ser un diálogo impostergable. Con un vaso en una mano y una botella en la otra, Gregorio no se hace problemas y emprende una caminata a través de la muchedumbre.
La primera imagen que llama su atención es la siguiente: una mujer se prepara un vodka con bebida energética y un tipo con pinta de hippie se le acerca a cortejarla. La joven rechaza su galantería, pero luego le regala sonrisas y finalmente se entrega de frentón a su flirteo. Intrigado, Gregorio se instala a veinte centímetros de la pareja para oír el diálogo. El tipo, que usa zapatillas nike y una cadena de oro, está hablando del desapego de lo material que postula el budismo tibetano. Gregorio piensa que la estupidez humana viste múltiples disfraces y se aparta. A continuación, se sitúa junto a un grupo de individuos que parlotean bajo una humareda de cigarrillos y pitos de marihuana acerca de la obra literaria de Michel Houellebecq. No hablan de Eduardo Barrios u Oscar Castro, sino que del parisino Michel Houellebecq. Gregorio, que poco y nada conoce de corrientes espirituales ni de literatura, continúa su caminata repugnado por el pesado clima aspiracional que se respira.
Durante largo rato transita el páramo esnobista, rellenando de vez en cuando su vaso de whisky. El recorrido por la fiesta, teñido de falsa vanguardia, le resulta bastante similar a mirar por su ventana. Nadie lo ve o a nadie le importa, por lo que puede espiar sin preocupaciones la privacidad de las personas. La diferencia radica en que ahora puede también oír y participar del juego antropológico. En cierto instante se detiene y se ubica contra una pared. Se siente borracho. Alguien se emplaza a su lado; se trata de un joven cuyo rostro está arrasado por la droga. El tipo enciende un papelillo de marihuana, pitea dos veces y le ofrece a Gregorio; es blue berry, le explica. Le acepta y fuman por varios minutos; entretanto, el sujeto recita un gratuito monólogo acerca del famoso narcótico verde (formas de cultivo, aromas, sabores, texturas y un innecesario etcétera), como si no existiese nada más importante. Ya anestesiados, le dice a Gregorio que su aura le inspira paz y que quiere mostrarle algo. Caminan por casi un minuto y llegan a tres metros de un sillón amarillo donde un hombre y una mujer se besan y se tocan a la vista de todo el que quiera mirar. El sujeto le apunta la mujer del sofá y le dice que es su novia.
- Me dijo que teníamos una relación abierta, pero no me imaginé que tanto…
Gregorio saca un cigarro, lo sorbe, exhala una larga fumarada. Mira a su alrededor y entonces remata: búscate otra. Tamaña sabiduría resuena sobrecogedora en el deteriorado juicio del tipo, quien se apresura a conseguir una chica de entre la multitud circundante. Diez minutos más tarde vuelve con dos mujeres tanto o más destruidas que él. Se oye This boy de Franz Ferdinand e invitan a Gregorio a bailar. Ahí está él: sacudiéndose en forma descoordinada, fumando blue berry, alcoholizándose, rozando la posibilidad de una orgía patética. Y aparece, gloriosa y relumbrante, Francisca. Lo toma del brazo y se lo lleva al baño, mientras el volumen del universo disminuye cada vez más en la cabeza de Gregorio. Lo sienta en el inodoro, mientras él escucha una voz lejana que le dice que inhale una línea blanca dispuesta sobre una mano delicada; obedece con los párpados batidos y la mente asfixiada. Minutos después abre los ojos y, completamente revitalizado, se topa con la piadosa mirada de Francisca y la besa en la mejilla.
La botella de whisky, ya sin el vaso, sobrevive a un costado del retrete. Gregorio la recoge y sale junto a Francisca. Se instalan en un rincón y se ponen a charlar; Gregorio le pregunta si Pascual es su pareja o algo así, sólo para oír el no que ya sabía. Ella pone en su conocimiento que es su amigo y que es gay; agrega que es un director de teatro conocido por reivindicar los derechos de los homosexuales. Después los interrumpe un tipo con corte de cabello estilo mohicano y polera con la foto de Leonardo Da Vinci; le da a Francisca un abrazo de feliz año nuevo y mira a Gregorio de reojo, optando por omitir su presencia. Habla de una galería de arte nueva; mientras tanto Gregorio, que fuma un cigarrillo y bebe de la botella, los observa conversar y se da cuenta que ella no le invoca tranquilidad, sino que un entusiasmo algo tóxico. Cuando se despide del sujeto, retorna a Gregorio y lo invita a bailar.
Suena Girls and boys de Blur. Se internan en la aglomeración multiforme de baile y vicio y se mueven o intentan moverse al compás de la música. De tanto en tanto rotan entre ellos el whisky. Quieren besarse y esperan el minuto, el segundo. Están cada vez más cerca. Mezclados con el bullicio y la confusión, dialogan banalidades y rozan sus labios impacientes. Hasta que inevitablemente se entregan. Se abrazan, cierran los ojos, palpan sus mejillas, sienten escalofríos. Se abstraen del tiempo y del espacio en una realidad calmosa, vaga y sensual. Y embriagados de noche y arrebato, cierran el círculo en un beso irremediable, mientras la botella cae al suelo y se rompe en mil pedazos que se desparraman por la fiesta sin que a nadie le importe.
Se escapan del loft y suben al ascensor. Desatan entonces lo que subyació durante la noche. Se manosean, se exploran, se animalizan. De pronto Francisca le dice que sabe quien es. Entre caricias agrega que lo ha visto mirar a la gente, que por eso tiene unos binoculares: para observarlo a él. Gregorio le abre la blusa, corre su sostén, chupa sus pezones. Ella jadea y le dice que cada vez que puede lo mira a través de su ventana, que la calma. Gregorio procesa palabra por palabra. La puerta del ascensor se abre de súbito y se detienen. Caminan en silencio hacia la residencia de Francisca. Cuando entran, él se sienta en el sillón grande y ella le dice que vuelve en un minuto. El tiempo avanza con una parsimonia celestial. Al regresar sitúa dos líneas de polvo blanco en la mesa de centro, aspira una y le ofrece la otra a Gregorio. Él opta por rechazarla y ella se sube arriba de él, apresándolo entre sus piernas.
Un erotismo acogedor y liberador se encauza en un beso de casi diez minutos. La libido en uso se matiza con una impetuosa fricción pélvica y con ávidas palpaciones en piernas y glúteos. En seguida Gregorio le saca la blusa y descubre sus pechos; pequeños pero con personalidad. Los acaricia con apasionada devoción, al mismo tiempo que ella agasaja su cuello y sus orejas. Minutos después Francisca se pone de rodillas y ejecuta el protocolo. Parte con mesura, succionando el adminículo a trancos cortos y con celeridad estimulante, paseando sus dedos finos sobre el arrugado morral de genitales, mirando de vez en cuando a Gregorio con los ojos sumisos y la boca atiborrada. Inmediatamente después despliega el segundo acto. Sus fauces ansiosas, quemantes, envuelven por completo al artefacto, exprimiendo y absorbiendo, maniobrando con destreza su lengua prodigiosa, socavando la firmeza con exquisitez devastadora. Y así un torrente incontenible, que viene a ser el extraordinario final del telonero que impresiona al público y ahuyenta al plato de fondo, llena de anhelos incumplidos el paladar de su amante.
La imagen de Francisca limpiándose la boca es lo primero que ve tras abrir los ojos. Un vacío se agrieta en su pecho. De pronto todo es tristeza. Todo es añoranza. La añoranza del retorno al seno materno, al paraíso del seno materno; aquel lugar donde fue amado y protegido. Ahora todo es desamparo, abandono. Incipientes lágrimas vidrian ligeramente sus ojos y piden caer. De un momento a otro concibe su vida ausente, sin huellas ni recuerdos. Se produce un quiebre, un giro, una transformación. Todo es angustia. La angustia de la separación, de la experiencia. De modo inconciente evoca la fusión intrauterina, la protección mágica de su madre. Se siente indefenso, inerme. Quiere retornar. Quiere seguir siendo un niño. Se reclina sobre sus rodillas, instintivamente, y adopta una posición fetal. Te pido que continúes, que te levantes, que vuelvas a asombrarte. Los fantasmas le hablan de un dolor redentor y salvador. Y de golpe y porrazo todo aterriza, es Francisca, le está pidiendo algo. Ahí está, a su lado, desnuda, con las piernas abiertas. Voraz y cándida. Sonríe con picardía y dice: es tu turno.
Una línea blanca permanece incólume en la mesa de centro. Desprovisto de todo tipo de ímpetu, apela al narcótico y se hunde en su princesita pervertida. Le succiona el clítoris con tristeza, confundiéndose con el follaje de sus vellos, ejecutando una labor mecánica, esforzada, por momentos asfixiante y tormentosa. El envión de euforia coopera sólo en parte. La grieta en su pecho se ensancha, dolorosa. Entretanto, el sexo de Francisca se recrea ajeno a las tribulaciones de la realidad. Poco después, gemidos disonantes y temblores intermitentes anuncian el orgasmo inminente. Y Gregorio Fernández, incansable, pone término a su tarea patética y terrible, acrecentando con lágrimas furtivas el arroyo de secreciones.
Se visten en silencio. Francisca sintoniza disco eterno de Soda stereo en la radio y va a la ventana a mirar un punto invisible. Gregorio, aún en estado de angustia, enciende un cigarrillo. Él la observa por largo rato y luego se inquieta. Le dice: ¿te pasa algo? Ella se siente perturbada y no responde. Él se levanta del sillón y se sitúa a su lado. Le toca el hombro. Ella gira con violencia y camina hacia la puerta. Me tengo que ir, dice, y abandona la residencia. Gregorio se pregunta si existirá el concepto culpa post orgasmo. Vuelve al sillón, prende otro cigarro y piensa que no suele fumar tanto. El gordo gato de Francisca aparece de entre las cortinas de la ventana momentos después, como si fuese un fantasma. Camina hasta Gregorio, se sitúa frente a él y lo contempla con atención; luego, como si encontrase una decepción sólo por él descifrable, interrumpe su concentración y a paso lento se va a otra habitación. Gregorio ve la hora: son las 6 AM. Decide retirarse.
Esa madrugada sueña que se le cae la dentadura. Su descanso, pese a todo, es profundo y reconfortante. Despierta cerca de las dos con treinta de la tarde; extrañamente, de buen ánimo. Apenas se levanta, va por sus prismáticos y se ubica frente a su ventana. En la mayoría de las residencias no hay actividad, salvo unas pocas, entre ellas la de los abuelos que espió la noche anterior, quienes hacen sobremesa. Ineludiblemente, dirige los binoculares hacia el apartamento de Francisca: no hay nadie, o no se ve a nadie. Va entonces por su computador portátil y dispone canciones; la primera que suena es retrovertigo de Mr. Bungle. Vuelve a su palco privado y recuerda a los desnudistas, ahí están, ya con ropa, viendo televisión y comiendo tallarines con salsa de tomate. Insistente, enfoca de nuevo la ventana de Francisca. Ahora alguien lee el diario en el mismo sillón donde tuvo su encuentro sexual con ella. Se trata del hombre mayor, su supuesto amante. De pronto aparece ella, envuelta en una toalla blanca y con el cabello mojado, y lo besa en la boca. Luego le toma la mano y se lo lleva a otra habitación.
Cierta lucidez purificadora se apodera de Gregorio. De golpe lee a Francisca como un libro abierto, conocido, divulgado. Y cómo no, si su carácter grita su historia, la historia de una chica bella, graciosa, culta, idealista, siempre pretendida, nunca alcanzada del todo, de naturaleza inconformista, que estudió teatro en lugar de Derecho, que oye rock latino y gusta de chicos solitarios, pero que no se queda con ellos, no, los haría sufrir, prefiere a otros, saltando de piedra en piedra, corrompiendo su pureza, merodeando el equívoco y la confusión, buscando su paz interna en una maraña de absurdos, perdiendo la brújula de las relaciones humanas, persiguiendo un equilibrio desde la volubilidad y el desencanto. Gregorio no conoce el fin de la historia, pero honestamente, carente de toda clase de rencores, desea que las cosas le salgan bien.
De los parlantes del notebook se oye el telúrico final de Retrovertigo. Gregorio alcanza la profunda y desgarradora convicción de dejar de ser un espectador. Con una satisfacción indestructible, vuelve a mirar la residencia de Francisca; sobre la mesa de comedor, adormilado, permanece el obeso gato blanco con manchas negras. Recuerda su mirada a veces sabia y otras atemorizante, pero siempre fascinante y misteriosa. Gregorio interpreta al animal. Cree que todo radica en su delicadeza, su máscara. Piensa que lo mismo ocurre con las personas, quienes intentan soslayar su suprema indefensión e ignorancia por medio escudos que se construyen. Gregorio dirige sus binoculares al felino por última vez: esta vez despierta, bosteza y enfila su serena y sensual contemplación hacia la ventana, como si percibiera que alguien lo observa. Después marcha, elegante, a otra habitación. Gregorio lo imita. |