La Página de los Cuentos
Tu comunidad de cuentos en Internet
[ Ingresa
|
Regístrate ]

Menu
Home
Noticias
Foro
Mesa Azul
Eventos
Enlaces
Temas
Búsqueda

Cuenteros
Locales
Invitados


Inicio / Cuenteros Locales / allka / LA FRONTERA INVISIBLE

 Imprimir  Recomendar
  [C:397666]

LA FRONTERA INVISIBLE
Era el tiempo de volver sobre el camino recorrido. En el horizonte podía ver los últimos momentos de luz de la tarde que cubrían al cielo de un color azul-plata. El viento se movía con violencia, una violencia que, sin embargo, daba una sensación de paz al final de la tarde. Las nubes habían dejado libre la entrada de la noche. Una estrella precoz brillaba anunciando un cielo cargado de luces pequeñas.

El autobús lo dejó a unos tres kilómetros de la frontera. Con su equipaje descansando en el suelo, Estuardo se alimentaba del horizonte, parecía alguien que no tenía nada más que hacer. Por momentos, si alguien hubiese podido verlo al filo de la carretera, contaría que su figura parecía parte del fondo de una pantalla de computadora, de esos fondos de escritorio que muestran paisajes hiperrealistas. El silencio del momento lo tenía petrificado, era un silencio extraño para sus sentidos acostumbrados al ruido de la prisión donde su respiración estuvo encerrada. Las sensaciones parecían todas nuevas para él, sentía que su visión era algo fuera de control, que actuaba independiente de sus órdenes neuronales, como un niño al que se lo deja en medio de un parque una mañana de sol. Su cuerpo, en conjunto, parecía escaparse de su estado de conciencia, de su memoria que arrastraba los muros, los barrotes, la celda, elementos con lo que convivió los últimos dieciséis años de su vida, y difuminarse en la atmósfera de ese instante.
No se dio cuenta del tiempo trascurrido, pero ya la noche hacía de marco del momento. Como lo había anunciado la primera estrella en el firmamento, era una noche pletórica en luminosidad. Balanceó su cuerpo, se agachó, recogió su equipaje y sin mirar hacia atrás enrumbó hacia la frontera. Mientras caminaba en su mente confluían muchas ideas e imágenes, imaginaba su barrio… ¿cómo estarán las calles donde consumió su niñez ?... ¿que será del viejo Gerardo, el de la tienda de la esquina, moriría ya?... ¿Cómo estará Marina?... su vecina, hermana del músico del barrio, cuyos ojos más de una vez le hicieron soñar en hacerla suya; el rostro de su madre, de sus hermanos se proyectaron en su pensamiento mientras caminaba flanqueado por las montañas y los bosques de la sierra.
Había caminado por espacio de cuarenta minutos cuando divisó al frente el control militar de ingreso a su país. Trató de arreglarse un poco el cabello, se restregó el rostro con sus manos y caminó directo a la garita de control, un militar con el fusil al hombro lo miró venir con parsimonia, su facha revelaba a un aventurero, vestido con un jean desgastado y una camisa, sobre el hombro una gabardina café, algo más desgastada que su pantalón. Antes de llegar donde el militar bajo su equipaje al suelo, extrajo varios papeles, los guardó en el bolsillo trasero del pantalón y retomó la marcha. En su pecho se desencadenó una tormenta de sentimientos. Regresaba a su país, estaba a pocos pasos de una historia no olvidada, regresaba libre, dejando atrás años de encierro, dejando atrás días de anhelos depositados en este momento. Ingresaba escoltado por la noche, sin testigos de su retorno, caminaba contando los pasos que le quedaban para presentarse en el control fronterizo. Sin mediar palabras, entre el centinela y él, ingresó en una habitación que hacía de oficina, pudo ver sobre la pared, detrás de un escritorio, la foto de un hombre joven sonriendo, ceñido una banda presidencial, por momentos sintió como si le diera la bienvenida. El militar-funcionario sin mirarlo selló un papel, se lo entregó e hizo un ademán que indicaba que podía retirarse.
Una vez afuera, se dirigió hasta una gasolinera donde grupos de camioneros charlaban, mientras fumaban o tomaban café en vasos de plástico. Se deslizó entre ellos sin llamar la atención, el frío de la noche despejada lo obligó a cubrirse con su gabardina. No tenía claro que hacer, estaba lejos de su ciudad, no contaba con dinero y el hambre pasaba su factura. Sintió ganas de fumar, rebuscó entre sus bolsillos sin resultado, quedaba esperar…esperar ¿qué?.. No importaban ahora las limitaciones, quería disfrutar la libertad, la alegría de saberse cerca del hogar, de su ciudad a la que no regresaba por más de diez años, cerca de su gente a la que se imaginaba recibiéndolo con algarabía. Se apartó de la gente que se aglomeraba en los puestos de comida, en la estación de gasolina, en la parada de los buses, se enfrentó de nuevo a la carretera con paso decidido, en la noche parecía alguien que se interna a una bóveda azul de la que cuelgan luces destellantes. No recordaba ahora las distancias, no relacionaba el tiempo que tendría que recorrer hasta la ciudad más cercana, tampoco de ahí a su ciudad, a su hogar. De pronto una idea lo asaltó entero, una pregunta que demandaba una respuesta inexistente en ese momento. Tantos años de no saber nada de los suyos, de sus vidas, la certeza de que para ellos él simplemente ya no existía, le inquietaba la posibilidad de que todo lo dejado atrás, a lo que pretendía volver, simplemente ya no estaba, la posibilidad de que las vidas que quería volver a abrazar ya no hagan parte del mundo, la posibilidad de que su madre haya partido al viaje sin regreso, de que sus hermanos se hayan evaporado como la luz de la tarde que da paso a la noche, de que los ojos de Marina nunca existieron. Entonces se vio como un errante sin destino. Sin dejar de caminar sentía que iba al encuentro del vacío, pero la sensación de libertad le devolvía las esperanzas, la posibilidad de entregar y recibir el abrazo de reencuentro.
El alba lo encontró cuando llegó a un lugar poblado, gracias al favor de un conductor que lo recogió de la ruta, con quien no habló sino lo necesario. Mientras viajaba en silencio había planificado buscar la manera de conseguir algo de dinero, pensó en vender sus libros, herencia de sus lecturas en la prisión, de los que le costaba mucho deshacerse, pero no encontraba otra forma de obtener algunas monedas que le permitieran primero comer algo y luego telefonear a un número que guardaba en un rincón lejano de su memoria, el número de la casa de su madre, acaso pensaba ya no sería el mismo en diez años, pero al mismo tiempo le emocionaba la idea de que contesten las voces añoradas de sus recuerdos.
Cuando llegó al poblado se dirigió a un pequeño mercado en el que a más de alimentos se vendían todo tipo de mercancías: objeto usados de los más variados usos, juguetes viejos, una muñeca a la que le faltaba un ojo, otra sin sus piernas, zapatos desgastados; muebles en los que el tiempo se había ensañado; radios, grabadoras, fuera de uso. Lo que más impactó a Esturdo era que existía un horda de compradores para esos objetos, que para cualquier mortal tendrían que estar en un basural, en los estrechos pasos entre los puestos, hombres, mujeres con sus niños, regateaban el precio de alguno de esos objetos. Pensó que sus libros usados expuestos en ese mercadillo no estaban fuera de tono con la escenografía de aquel lugar. Se paró en una esquina, sacó de su maleta cinco ejemplares: una biografía de Simón Bolívar, obsequio de su compañero de presidio; un libro de cuentos de García Márquez, regalo de un guardia de la prisión; un ejemplar de la “La madre” de Máximo Gorki, que le entrego Iván, ex compañero de trabajo en la fábrica de muebles, única visita que recibió en ocho años; y dos tomos de una geografía escolar que los encontró cuando le cambiaron de pabellón en la cárcel.
El sol pegaba fuerte en la plaza. Estuardo, un vendedor improvisado, parado junto a su oferta, dejaba pasar los minutos mientras su mirada se detenía en los rostros de los marchantes que apenas reparaban en su presencia. Pasó como una hora, cuando un individuo se detuvo frente a sus libros, se agachó y tomó la obra de Gorki, abrió las páginas del libro desde el inicio, parecía leer un párrafo al azar, Estuardo esbozó una sonrisa que tuvo como respuesta la pregunta del precio, - vale treinta pesos- le dijo al hombre, este sin mediar respuesta entregó el dinero mientras colocaba el ejemplar bajo su brazo, con un - “gracias” - se marchó. Pasadas tres horas había vendido, a más de la obra de Gorki, los cuentos de García Márquez y una de las geografías. Sumadas las ventas contaba con ochenta pesos, suficientes para calmar el hambre y pagar un cuarto para descansar, ya pensaría, se dijo a sí mismo, al siguiente día como seguir camino a su ciudad. Se alimentó en un puesto del mercado, el resto de la tarde lo dedicó a caminar por las calles de la pequeña ciudad, a la noche había convenido con una mujer, dueña de una pensión, el precio de su descanso.
Durmió de forma distendida y profunda hasta que los sonidos del exterior lo despertaron. Salió a la calle decidido a abandonar el pueblo. Con lo ahorrado tenía la posibilidad de tomar un autobús hacia el sur, descartó la idea de telefonear, pensó en que era mejor llegar y hablar personalmente con su madre, con sus hermanos. Se acomodó en el asiento del bus lleno de pasajeros, apoyó su frente sobre el vidrio de la ventana, mentalmente alimentaba el momento del reencuentro con los suyos. El viaje le resultó agradable por los colores del paisaje, miraba con detenimiento, siguiendo el detalle de las siluetas de la sierra, poniendo atención al vuelo de aves, de las que pensaba, que al igual que él, pronto retornarían a su nido. El sueño hizo presa de sus anhelos, soñó con Marina entregándole flores a su llegada, reflejado en sus ojos la necesidad de ser suya.
Fue un sueño insondable, tuvieron que despertarlo a la llegada. Cuando sus ojos se abrieron serían como las cinco de la tarde, el cielo se había vestido de nubes que le daban un matiz plomizo. Estuardo reconoció inmediatamente la estación de su ciudad, estaba algo más moderna, con más cantidad de gente, letreros luminosos, locales de comercio, pero en su esencia era la misma estación que en su memoria guardaba. Con el corazón agitado salió hasta la avenida, a la que también la vio transformada, cientos de autos la recorrían, por las aceras gente caminaba apresurada. Su ciudad había sufrido la metamorfosis que el tiempo imprime, la sentía ajena, lejana, Estuardo tenía la convicción de ser un forastero en su propia tierra, un fantasma expulsado de su reino. Tuvo la impresión que incluso el cielo era otro, mirando los huecos dejados por las nubes parecía buscar la identidad perdida en el espacio. Llevado por sus píes, que parecían reencontrar caminos, se encontró con la calle donde hace tanto tiempo paseó su juventud de la mano de sus anhelos adolescentes. Mientras caminaba se daba cuenta de que pronto llegaría a su barrio, a casa de su madre, de donde un día salió buscando su destino, o buscando escribirlo, sin saber que al otro lado de la frontera el juego de las circunstancias lo encerraría dieciséis años en una prisión acusado de segar la vida de un hombre.
Los acontecimientos sucedidos en el país vecino sucedieron precipitadamente. Una noche, después de regresar de su trabajo, en una fábrica de muebles donde era un obrero, encontró a varios policías en la puerta de la casa donde alquilaba un pequeño cuarto, cuando se acercó a conocer lo que sucedía fue apresado, llevado rastras por los policías hacia un auto policial; le comunicaron que estaba detenido acusado de la muerte de Fernando Artilles, compañero de trabajo, que una semana atrás desapareció sin dejar rastro y que luego sería encontrado en un basural a las afueras de la ciudad en estado de descomposición. La acusación se respaldaba en las pruebas presentadas por las autoridades policiales que determinaban que Estuardo, según testimonios de otros trabajadores, mantenía una rivalidad con el occiso por una deuda adquirida. La condena del Fiscal contra Estuardo se basó en que el día de la desaparición de Fernando Artilles, según contaron los otros obreros, este mantuvo una discusión acalorada en la que Estuardo le había manifestado, en tono premonitorio, que le pagaría la deuda cuando lo encuentre al otro lado de la frontera invisible, donde el dinero no le sirviera para nada. Ese mismo día Fernando Artilles moría de forma misteriosa, fue encontrado con señales de haber sido asfixiado violentamente, los forenses encontraron en uno de los bolsillos de su pantalón una nota que decía: “sin dinero serás feliz en la frontera invisible”, cuando los investigadores escucharon, en las declaraciones de los compañeros de trabajo, la misma frase “la frontera invisible” no dudaron en la responsabilidad que sobre el crimen tendría Estuardo. Sin más, fue sentenciado a dieciséis años de prisión.
La investigación nuca reparó en que podía tratarse de una trampa urdida por otro posible culpable. Cuando pasaron cinco años de la condena, apareció la prueba de su inocencia. Fernando Artilles había sido victimado por el guardaespaldas de Rogelio Rojas, dueño de la fábrica de muebles, por orden de éste para evitar la delación de sus vínculos con un cartel de narcotráfico. Para Estuardo el esclarecimiento del crimen no significó su libertad, su suerte estaba atada a las tramas y trampas de un sistema de justicia podrido en los efluvios de la corruptela al más alto nivel. Su condición de extranjero lo colocaba como el mejor chivo expiatorio para ocultar la verdad, al final sería un inocente condenado por la culpa del poder.

Serían las siete de la noche. Las luces de los autos se habían tomado las calles de la ciudad, los colectivos pasaban atestados de gente que regresaban a sus casas luego de la jornada del día. En la puerta de alguna iglesia, mujeres de edad avanzada cubiertas hasta el rostro defendiéndose del frío, entraban al templo para la misa. El aire de la noche se presentaba sereno, las existencias de los objetos y de las personas parecían estar comprimidas en una inmensa campana de cristal que evitaba la presencia de movimiento ajeno a su propia manifestación. Estuardo levantó la mirada al cielo nocturno, encontró una luna que tímidamente se aprestaba a reinar sobre la noche.
Viró en una esquina, ante sus ojos la calle donde habitaban sus recuerdos y las existencias identificadas con su vida, llenaron su visión. De lado y lado estaban estacionados autos, en la siguiente esquina la luz de la tienda del viejo Gerardo parecía un faro que guiaba su camino. Sintió temor de posar su mirada en el espacio donde su memoria ubicaba la casa de su infancia. No divisaba, entre las siluetas que se movían en la noche, alguna familiar. Caminó hasta llegar a la tienda esquinera, reconoció al viejo Gerardo sentado detrás del mostrador, aún se resistía a mirar hacia la casa de su madre. Llegó hasta la tienda, saludó al viejo aparentando ser un comprador, el viejo Gerardo cuando lo vio se despojó de sus lentes, su rostro adquirió la expresión de asombro, sin dudar se abalanzó hacia Estuardo en un abrazo que parecía haber esperado años, los ojos del viejo se inundaron de lágrimas cuando su voz dejó escapar un - “¡santo dios, muchacho has regresado!”…- Se fundieron sus cuerpos en el abrazo mientras el llanto de ambos llenaba el espacio de sonidos salidos de sentimientos profundos. Afuera la noche se aclaraba de luz plateada, una luna que había crecido en el fondo del firmamento.
Cuando sus cuerpos salieron del abrazo, el viejo tendero se quedó sosteniendo los brazos de Estuardo, como necesitando ese apoyo para no caer, lo miró detenidamente por unos segundos como buscando en su mirada la historia no contada de su vida. Luego de repuestos del encuentro, Estuardo pronunció la pregunta que tanto luchaba con el miedo por salir de sus labios -¿Mi madre, mis hermanos, donde están, como están?...- dijo con una voz cargada de ansiedad. El viejo Gerardo se escudó en un silencio que él interpretó como la antesala de una respuesta que no quería ser verbalizada por su viejo vecino. Sin esperar más respuesta salió decidido camino a la casa de su madre, Gerardo intentó detenerlo sosteniéndolo del brazo pero ya él estaba cruzando la calle entre corriendo y caminando. La respiración acelerada le hacía sentir que le faltaba oxígeno, un sudor frío le bajaba por el rostro, en sus ojos lágrimas inundaban su visión. Cuando estuvo frente a la puerta de la casa la encontró como en sus recuerdos. Con su mano hecho puño golpeó una, dos, tres, cuatro veces sin respuesta; miró a su alrededor buscando que alguien le de laguna información, nadie estaba cerca. Sus piernas temblaban, estaba a punto de desvanecerse cuando al paso le salió la figura de un niño que asomó, primero su cabeza, luego su cuerpo al otro lado de la ceja de la puerta. Con ojos de otro mundo lo quedó mirando, mientras el silencio se hacía cada vez más grande entre los dos. La voz de una mujer al fondo del interior de la casa, devolvió el movimiento a la acción. En unos segundos la silueta de ella formaba parte de la escena. Los ojos de Estuardo se encontraron con los de la mujer, las palabras que quiso articular se dieron de golpe con la puerta de los labios cerrados. El tiempo se incrustó en una pausa que hizo que fuera necesario el golpe de la noche sobre sus existencias para que se sucedieran las palabras.
-¿A quién busca?..- increpó la mujer.
-¿Es la casa de la familia Alférez?
- No- contestó la mujer, mientras luchaba para que el niño se metiera hacia el interior.
-¿Quién es usted?- desconcertado preguntó Estuardo
- ¿Qué es lo que quiere, a quién busca?- la mujer estaba ahora nerviosa.
- Es que mi familia vive aquí…
- Aquí vivo solo yo con mi hijo, está usted equivocado.
Cuando terminó de decir estas palabras cerró la puerta con premura, Estuardo quedó sin atinar que hacer. Vivió su mirada hacia la calle que ahora se mostraba vacía, pensó en volver a llamar a la puerta, le parecía todo un contrasentido, en un momento pensó en que se trataba de una broma urdida por su familia, esperó unos minutos frente a la casa hasta que la desesperanza le devolvió la acción. Quiso lanzar un grito desesperado al espacio, muy dentro suyo entendía la realidad del momento, necesitaba que alguien le hablara, que le contara el destino de los suyos. Regresó a la tienda donde encontró al viejo Gerardo con la mirada perdida posada sobre la nada.
-Mi madre, mis hermanos ¿dónde están?- expulsó las palabras como si fuera su último aliento
- Tienes que saber la verdad, la dura verdad muchacho- dijo Gerardo sin apartar su vista de la nada.
Estuardo se apoyó sobre la pared como preparado para contener una caída, apretó sus manos con violencia y contuvo la respiración, su pecho era una tormenta desatada que libraba sus fuerzas hacia sus pensamientos convertidos en golpes certeros que llegaban sobre cada parte de su humanidad. Empezó a escuchar el relato del viejo, petrificado en su condición de condenado dispuesto a escuchar su sentencia.
-Cuando te fuiste del país, de tu casa, tu madre y hermanos nunca supieron cual fue tu destino, pasaron años buscándote, averiguando en cuanto lugar suponían estarías. Tu madre no soportó el dolor de tu desaparición y se sumergió en un silencio y abandono tal que nada ni nadie pudo hacer algo. A los cinco años de no saber de ti, murió víctima de su pena. Cuando ella falleció, Miltón tu hermano mayor decidió que lo mejor era irse del barrio, vender la casa, se fueron no solo del barrio, se fueron de la ciudad, supimos que compraron una casa en la capital. A los pocos meses se supo por las noticias de la televisión de que todos tus hermanos fueron hallados asesinados al interior de su vivienda, la policía encontró una nota en la que unos sicarios señalaban que toda esa familia era asesinada en nombre de la muerte de un tal Fernando Artilles, por venganza por su muerte cometida por un miembro de tu familia.
Estuardo sostuvo su agitada respiración, sentía que el mundo se acababa, terminaba en él la sensación de libertad y de esperanza, estaba confundido, nada cuadraba en su mente entre lo que vivió y lo que estaba escuchando de boca de Gerardo.
En una pausa de silencio en la narración de su viejo vecino, logró entender, desentrañar lo complejo de los acontecimientos. Se reveló en sus elucubraciones la coartada de sus victimarios.
Todo calzaba, la trampa perfecta para su condena se había consumado al otro lado de la frontera, Rogelio Rojas el traficante dueño de la fábrica de muebles donde trabajaba había mandado a asesinar a su familia para que su culpabilidad sobre la muerte de Fernando Artilles tuviera mayor credibilidad, con este acto estaba asegurada la culpabilidad de Estuardo y él estaba asegurando la continuidad de su empresa sin obstáculos.
La nota que encontró la policía en la vivienda de los hermanos de Estuardo decía: “Buen viaje y en descanso, donde Fernando Artilles sigue esperando cobrar la deuda con la sangre de ustedes allá en la frontera invisible.




Texto agregado el 26-03-2009, y leído por 863 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
2009-05-05 16:48:49 Un tema bien desarrollado. Escrupuloso en su tejido, no se distinguen vacíos, extravíos o saltos en la narrativa, lo que en lo partícular me parece bien, aunque ello se refleje en la extensión del texto, lo que talvez ahuyente a los lectores. Me agradó tu estilo, lograste posesionar un tema de narcotráfico, sin balacera ni sangre explícita. Lo que no exime al lector de penetrar al submundo tenebroso de esta actividad delictiva. Agradezco la invitación y confío seguir leyendo tus aportaciones.*****Afectuosos saludos. sagitarion
2009-03-26 03:38:17 estupendo, atrapa de principio a fin, me encantó****** JAGOMEZ
 
Para escribir comentarios debes ingresar a la Comunidad: Login


[ Privacidad | Términos y Condiciones | Reglamento | Contacto | Equipo | Preguntas Frecuentes | Haz tu aporte! |
]