Tú me recuerdas, a veces,
los sueños que tuve de niña;
pasillos largos con cientos de puertas,
carretas oxidadas que rechinan
y los tacones sonando en las banquetas.
Me recuerdas las noches en vela,
los sollozos en mi almohada silenciados
y las caras de demonios en las vetas de madera.
Me recuerdas, por metáfora,
los capelos en los relojes de mi abuela.
Me recuerdas que estás más, cuando estás lejos,
que estás menos cuanto más me asalta el miedo
y que aún queda en mí, un gramo de inocencia.
Ahora sí, todos mis recuerdos te concedo
ya que tienes gran vocación para la ausencia. |