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- ¡Apúrale m’ija que nos deja el camión! Órale súbete. Condenada escuincla siempre es lo mismo, te tengo que estar apurando porque siempre andas pensando en quien sabe qué.
- Ya pa’ es que le estaba contando a mi mamá lo que me platicaste ayer. Y no me digas escuincla.
- ¿Le contaste? Te dije que no le dijeras ¡a nadie!
- A nadie de afuera, pero mi mamá tiene que saber.
- Te conté a ti porque estoy re ciscado y te tuve confianza pero tu mamá nunca me cree nada … ¿qué te dijo?
- Que no te cree nada.
- ¿Ya ves? No te vuelvo a contar. Que necesidad tengo de inventar historias, como si yo no tuviera nada que hacer ni en que pensar.

Adrián era un hombre maduro con un oficio de esos que tienden a desaparecer en ésta ciudad, era fotógrafo callejero, de los que toman instantáneas a los transeúntes que desean conservar en una fotografía el recuerdo de aquel momento. Su lugar lo había establecido en La Alameda frente a la fuente principal y llevaba más de treinta años trabajando ahí de martes a domingo.

- Oye, pero no entiendo, cuando le tomaste la foto a la señora ¿dónde estaba el
señor?
- Junto a una banca ya te dije, estaba parado como a diez o doce metros
- ¿No se te habrá movido la cámara?
- No’mbre como crees. La cámara la tengo fija con la distancia y el foco exacto para tomar a las personas en donde les digo que se paren.
- ¿Y como estaba?
- ¿Quién?
- El señor.
- Pues parado, normal. Bueno, cuando llegó la señora vi que éste señor se le quedó mirando muy fijamente, pero pss, pensé que era cosa de conquista. Si no habré visto cosas en todos éstos años; conozco parejas desde que se vieron por primera vez en esa fuente hasta que fueron padres de varios chamacos ...
- ¿Y luego?
- ¿Otra vez?
- Si, otra vez.
- Pues le tomé la foto a la señora que estaba muy contenta y salió en ella el señor abrazándola.
- ¿Y que te dijo?
- ¿Quién?
- La señora.
- Al principio creyó que era una broma, pero ya cuando vio que yo estaba peor de extrañado, se enojó, rompió la foto y se fue.
- ¿Y como estaba?
- ¿El señor?
- Si, el señor ¿como estaba en la foto?
- Pues así con el brazo derecho en sus hombros y la mano izquierda en su cintura, bien abrazado pues ...
- ¿Y, el periódico? ¿cuándo viste el periódico?
- Ya en la tarde.
- ¿Qué decía? ¿estas seguro que era ella?
- Claro que era ella, llevaba una blusa con unas florezotas, una falda muy pegada y una bolsa como de mandado muy grande.
- ¿Y?
- Pues por eso la reconocí.
- No, que decía el periódico.
- Pss, que la atropellaron en la esquina, un camión de pasajeros y que murió instantáneamente.
- ¿Y el otro?
- ¿Cuál otro?
- ¡Ay papá, el otro señor!
- No era un señor, era un joven con su novia, pero ahí si me dio harta tristeza y luego me dio miedo porque a ellos si los vi cuando los atropelló el carro. Estuvo bien feo. Cuando les tomé la primera foto también pensaron que estaba jugando, me dijeron que el fotomontaje estaba muy bien hecho y se rieron mucho, yo empecé a sudar frío y también, ya forzado, me reí, luego me dijeron que se la volviera a tomar y que me apurara porque tenían prisa, yo hasta les iba a decir que se me había acabado el rollo, pero estaban tan contentos que no tuve corazón.

A pesar de su escasa preparación Adrián era un hombre de trato fino y se preciaba de tener buenos sentimientos y valores morales. Apegado a su familia y al trabajo. Escéptico a todo aquello que para él no tenía una explicación lógica o por lo menos basado en sus creencias religiosas, nunca prestó oídos a pláticas acerca de asuntos sobre naturales, es más cuando en alguna reunión alguien iniciaba alguna charla sobre el tema, él invariablemente la desviaba argumentando que esas eran creencias propias de gente ignorante.

- ¿Y volvió a salir el señor? ¿Exactamente igual?
- Igualito, en medio de los dos abrazándolos. Cuando vi la foto me quise echar a correr pero me la quitaron, él no se enojó mucho pero ella si, me dijo que era un viejo payaso, que ya estaba grandecito para divertirme así, que con qué derecho me burlaba de la gente, bueno me dijo hasta de lo que me iba a morir.
- ¿Y las fotos?
- La primera la rompí yo y la otra ella. Se fue corriendo bien enojada y él se echó a correr detrás de ella. Luego la alcanzó a media calle pero no se dieron cuenta que un carro estaba dando la vuelta y no alcanzó a frenar. Me acuerdo y se me pone la carne de gallina. Cuando llegó la ambulancia ya estaban muertos.
- ¿Y el señor?
- Quien sabe. Ni cuando tomé a la señora ni a los muchachos lo vi después de ver la foto.
- ¿Y nunca antes lo habías visto?
- Pues, uno ve a tanta gente que ...
- ¿Cómo es?
- Medio raro. Ora que lo pienso, como que es una persona que está ahí pero como que no está, no se cómo explicarlo, además tiene una sonrisita medio forzada, no de mala gente pero tampoco de buena, no sé ...
- Oye, ¿no será un fantasma?
- ¡Válgame Dios chamaca! No digas tonterías, ya sabes lo que pienso yo de todas esas cosas ...
- Pero te da miedito ¿verdad?
- ¡Que miedito ni que ojo de hacha! como si no tuviera en que pensar. Ya vas a llegar ándale ¡apúrate que ya es bien tarde!
- ¿Tú te sigues?
- Si, voy hasta la terminal porque tengo que comprar mis materiales
- Bueno, ahí nos vemos en la tarde. Que bueno que hoy es lunes que si no, ¡ay nanita!
- No seas tonta, apúrate que no vas a alcanzar a bajar

Adrián logró despedirse de su hija desde la ventanilla del camión. Hacía calor y en casos como éste acostumbraba echarse una pestañita porque el viaje era largo aún. Se quedó profundamente dormido hasta que una forzada curva lo despertó. No reconoció el rumbo, era ya el único pasajero. Se levantó de su asiento y fue a donde el chofer. Se quedó de una pieza cuando lo vio; era él, el hombre de la sonrisa socarrona. Sintió que la sangre se le helaba. Por un instante supo que algo muy grave sucedería. El hombre ni siquiera volteó a verlo. Adrián reaccionó y aprovechando una disminución de velocidad, se bajó rápidamente del camión. La adrenalina hizo que se sintiera desfallecido por un momento y el corazón le latía tan apresuradamente que creyó que se le saldría por la boca. Se sentó un momento donde pudo, en la banqueta. Poco a poco recobró el aliento y decidió caminar hasta la tienda de su amigo Martín. Aunque todavía no se recuperaba de la impresión, experimentaba un gran alivio y le dio gusto el haberse desafanado de algo terrible.

- Buenos días
- Buenos Adrián ¿qué cuentas?, ¿qué traes? estás pálido como birote
- Nada es que ... me acabo de llevar un susto tremendo
- ¿qué pasó?
- Luego te cuento, ahorita traigo prisa. Dame veinte rollos
- Mira, acabo de arreglar ésta cámara y la tengo que probar. A ver párate ahi junto a la puerta
- No la friegues Martín estás viendo que ando bien escamado
- ¡Oh es una foto hombre! hasta pareces nuevo. Ya estuvo. ¿Qué dice la chamba?
- Pss, como siempre, a veces mal y a veces peor
- Salen tus veinte
- Gracias. Nos vemos el próximo lunes o antes si se mejora la chamba
- Ta’ bueno. Cuídate por que dicen que con un susto te puede dar diabetes

No se sentía bien del todo pero tenía que continuar, que sobreponerse
Por que si había algo que le molestaba de veras era tener miedo. Salió de la tienda y no escuchó a Martín que lo llamaba para darle su foto.

- ¡Adrián pérate! ¡llévate tu recuerdito! Ah caray ¿y éste quien es?, ¿de donde
salió? cuando tomé la foto no había nadie más. Ya me estaré volviendo loco. No puede ser, que raro ... nadie me lo va a creer, juro y perjuro que estaba él solo ... ¿la guardo o la rompo?, no pss la rompo, de todos modos me va a salir con que lo estoy vacilando, que la arreglé. Que raro ...

- ¡Martín! ¡Martín! ¡Acaban de atropellar al Adrián aquí a la vuelta, ven
córrele!

Texto agregado el 27-03-2009, y leído por 42 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
2009-03-30 06:10:32 jajaj ¡bastante bueno! Engancha y entretiene. Lo mejor de todo: la naturalidad, ingenio y cotidianeidad de los diálogos. Eres muy buena en eso. El final se veía venir, pero aún así fue un agrado. ¡Saludos! FiNCHeR
2009-03-27 11:53:02 Aparecidos y ausentes...lo que queda claro y aparece nítido son los diálogos vivaces y muy reales... lindero
 
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