¡Que maravillosa y terrible suele ser la influencia! La primera vez que intenté escribir una idea, lo hice a partir de una frase de un buen maestro, su complicada sencillez me animó y pensé que sería fácil. Decidí meter solo un dedo en las aguas de la poesía y encontré que era cálida y maternal, fresca, noble e inofensiva.
Introduje entonces toda la mano y me topé con ásperos regodeos, empachos de importancia y peligrosas egolatrías. Me retiré con humildad, convencida de que nada habría para mi en aquellas aguas cristalinas, turbias, violentas y sensuales.
Pero aquel día, ese día, sucedió que había llovido; la calle se inundó y reflejaba muchas luces que ondulaban en la superficie, llamándome. Apenas la vi, supe que quería estar exactamente en medio de esa inmunda anegación. Me metí de golpe y hasta el cuello, ni siquiera me di tiempo de pensar si era insano o conveniente estar ahí, simplemente enloquecí y hasta varios tragos me tomé. La conocí, la llegué a querer, la padecí, me costaba respirar. También era poesía pero de la otra, de la que nadie se quiere enterar.
Todo aquello se evaporó y no dejó para mi ni una gota, así que, sin querer conocer más nada, me dejé secar, me deshidraté, hasta el punto de olvidar que alguna vez casi me ahogo.
Pasaron años antes de intentar humedecer mis sentidos, pero mis ojos se fijaron, tal vez por distraídos en letras coral, ofiuras, estrella, pardas doradas; no me pude resistir al canto de sirenas, había sal dentro de mi boca, descubría el olor de esos libros-cascadas de contrasentidos y razones y la piel se me erizaba cuando la rozaba alguna voz.
Hube de esconder el engaño y con timidez tomé otra vez un lápiz para gritar algo, no supe si estuvo fuerte y claro, nadie lo escuchó pero no importaba.
Nuevamente fui mecida por dulces aguas: manantiales, esteros, ríos y lagos me arrullaron. Tan apacible estaba que me quedé dormida, una vez más, diciendo nada.
Así, dormida, fue que te soñé.
Te vi caminando por la playa y tal vez por complacer, te atreviste a entrar en estos mares que no perdonan, donde náufraga e intoxicada juego contigo hasta el amanecer.
Seguramente habrán de recoger mi cuerpo a la orilla de la cordura, todos dirán que morí ahogada y que soñando, me fui tejiendo redes con tus palabras.
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