Algo goteaba sobre mi cabeza, algo húmedo, de sabor dulzón y espeso. No. No era espeso, era viscoso, rojo. Ellos me miraban con una sonrisa demoníaca en la cara - no matarás -, se acercaban. El mas alto era tan pálido como una hogaza de pan crudo y el otro tan oscuro como una noche de invierno en pleno apagón eléctrico. Eran el Yin y el Yang.
- Te lo digimos... - susurraba el hombre blanco como la luna - no matarás...
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Desperté como a las 6 de la mañana, húmeda por el calor de la noche y al lado de un cuerpo pálido, sagrado tal vez. Pero no era tan asi, dada la profanación de la cual habia participado la noche anterior. Tampoco era profanación en sí, era algo mas puro, la realizacion de una mujer. Lo miré, lo vi sonreir y contemple su torso desnudo, su cuerpo de angel alicaido por el placer, esos ojos claros, dulces trozos de cielo que me llevaban al infierno y al paraíso de forma simultanea. Acaricié su piel tersa y recoste mi cabeza sobre su vientre, mirando sus ojos fugaces que me contemplaban.
Acaricié su pecho desnudo, lo besé infinitamente hasta el cansancio, senti su lengua en los resquicios mas profundos de mi ser, los mas intimos quiza. Senti el peso de su cuerpo sobre el mio, su espalda, mis pechos, su piel entumecida, su cuerpo rigido, aun en los sectores mas reconditos. Lo senti. Percibi su piel en mis entrañas, en mi, dentro de mi cuerpo, su carne en lo mas profundo, poseyendome, reduciéndome a la nada, denigrandome.
Su piel temblaba, esos espasmos en su cuerpo hacían tiritar mi piel bajo la suya, mi cuerpo se hacía una tela enmarañada en donde abundaban los movimientos involuntarios, los ojos me ardían, en mis mejillas ardiendo, corrian ríos, húmedos, salinos goterones de odio, de temor, la rabia brotando sobre mi cuerpo, desde mi cuerpo, él moviendose a voluntad en mi, afirmando mis caderas, evitandome escapar de esos brazos arcaicos que me dañaban entre cada golpe, entre cada entrada, sufrimientos telúricos, mis piernas húmedas. Una lengua entre mis pechos hinchados, pidiendo perdon, mis manos perdiendose en el limbo de un cuerpo desconocido; nuestros fluidos mezclandose en lo mas profundo de mi cuerpo ¿por qué no en el de él?
Sus manos me acariciaron el cabello, sus labios húmedos besaron mi frente, mis labios. Terminó todo, mi cuerpo cansado se recostó sobre su pecho y dormí en él.
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- No matarás... - un ruido rebotando en la pared, un ruido rozando mi piel cubierta de trapos negros que goteaban, mi piel estaba goteando, mojada y cristalina.
- No... - y el sonido de su voz se cortó.
- Alberto... - susurre en el silencio de mi soledad.
Caí al suelo con las piernas separadas, arrodillada, llorosa, herida, con la muerte en la palma de la mano izquierda y la vida... La vida se había marchado...
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- Hola... - suave, exquisito aroma a menta fresca, unos dedos desenredaron mi cabello, acariciando mis brazos, besando mis manos aun tibias.
- ¿Qué hora es? - me miro con esos tibios ojos verdes que aún (despues de que ha muerto) me siguen impactando.
Un dedo sobre mis labios, un abrazo en medio de la nada en que se transforma el mundo para nosotros...
La punta de sus dedos era para mi lo mas sagrado en aquel hombre, su piel era suave, gotas de lluvia sobre el; sus ojos eran verdes como los pequeños charcos de agua sobre el pasto invernal. Tenia los labios delgados y rojos como fruta fresca y la sonrisa grande como el amor que yo profesaba hacia el. Era un ser alto y delgado, muy serio durante el dia, pero gracias a eso, se volvia mas mistico y su mirada mas profunda e intelectual.
No se porque no me fije antes en el, tal vez porque habia alguien que me prohibia verlo, que me encerraba en mi cuerpo debil y pequeño y no me dejó huir; pero Alberto me salvo, extendio su mano y me dejo escapar.
El no me sacaba a la plaza en la tardes, no me llevaba chocolates a la cama, ni siquiera me llevaba a un restaurant, sin embargo, cuando se ocultaba el sol por las tardes me llevaba a verlo al mar, en las noches nos recostabamos en el pasto y mirabamos las estrellas, a veces nos ibamos a un estanque cercano a un pequeño rio y nos bañabamos desnudos, luego nos recostabamos bajo el sol a secarnos, con toda la magnitud de nuestra nueva desnudez.
Me levanté enrollada en una sábana y él me siguió con la mirada tras mis pasos, sentí en mi espalda sus ojos eclécticos, su corazón, su alma entera sobre mi...
Hacía frío en el pasillo, el noticiario del mediodía anunciaba lluvia todo el fin de semana y una maxima de 7º en la capital, - un fin de semana frio -pense- al menos ahora no estoy sola - el gato se restrego contra mi piel fria, la textura de su pelaje, una borla de pelo - ahora es de los dos - mire al gato - mio y de Alberto - lo tome entre mis brazos, era tan negro, tan suave, tan...
- Te amo... - su boca en mi cuello, sus brazos alrededor de mi cintura, su cuerpo alto y elástico cubierto por una polera de piqué y un pantalón color cafe.
Me dio vuelta hacia si, senti sus ojos que se clavaban en mi cuerpo, sus manos acariciandome la espalda.
- Yo tambien... Alberto... - me aferre a el, senti su aliento en mi cuello, sus brazos firmes que me impedian la libertad, pero no importaba... Por ahora. - Me gustan tus manos, son como... como... no se, son como las manos de Illinois, ¡si! como las manos de mi gato, suavecitas y blandas.
- A mi me gustas tu, tus pies pequeñitos, tus ojos grises, tu boca, solo tu... Elena, me gusta tu nombre E L E N A - y suspiro, lentamente, suave y exquisito, lento, perfecto.
- A L B E R T O... T E A M O - y rei, si, como nunca lo he vuelto a hacer, rei la felicidad de pertenecerle a alguien, de darle sentido a mi vida - Te quiero, te amo y...
- Yo te amo mas...
Caminamos de la mano hacia la cocina, nos sentamos a la pequeña mesita de diario y nos contemplamos por primera vez, el mundo era una imperfeccion y nosotros nos redimiamos entre cada mirada.
Me levanté y puse a hervir agua, tome dos tazones de un estante, azucar, un par de cucharas, cuchillos para huntar, te en bolsitas; saque jugo de fresas del refrigerador, mantequilla, dos naranjas y dos huevos para el desayuno. Cuando cerré la nevera...
- No mataras...
Las cosas se me cayeron de las manos, retrocedí sin siquiera pestañear...
- No... No... ¡¡¡NOOO!!!- Me di vuelta dispuesta a correr fuera de casa y choque contra Alberto, que me sujeto y me sostuvo entre sus brazos, firme, me acercó a él y me acarició.
- ¿Qué pasa? Elena, mi amor ¿Qué sucede? - me miró con sus ojos pastosos, ya no eran bellos, eran ¡pastosos! horribles, y su hermosa sonrisa era una ironía, todo era mentira, su voz no era dulce, era una amalgama y su aliento a menta fresca ya no era el mismo.
- ¡Sueltame! - grite - ¡dejame!
Lo mordí hasta cortarle el brazo, corrí hasta la calle, la lluvia incipiente me mojó, sentí frío, miedo, lágrimas en mis mejillas, sentí que todo terminaba. Me desmayé.
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Mi vestido estaba sobre la cama, arrugado, rojo, sin el esplendor de hace dos días atrás, derruido, asqueroso. Un charco rojo desde debajo de la cama.
Sentí un escalofrío, mi vientre abultado me estorbaba ¿abultado? Me fijé en el espejo, una hinchazón de aproximadamente cinco centimetros, nada mas. Empujé la cama para ver que había debajo, la mancha llegaba a su fuente...
En el suelo, bajo la cama escrito con letras enormes y una caligrafía horrenda:
- No matarás... - y su aliento gélido, su piel suave, su aroma muerto ya - ¿o sí? - me agarró de un brazo, me apretó fuerte y me señaló el suelo, un poco mas alejado de la frase, el cuerpo de...
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-¡¡¡NOOOOOO!!! - Me senté sobre la cama y Alberto me miró, lo abrazé, yo lo amaba, juro que lo amaba, me apreté contra él para huir de mis pesadillas, no mataré, no mataré y ví mi brazo.
Una marca negra con manchas blancas, unas larvas amarillentas brotando por mi piel, mi carne ¡mierda! mi carne pudriéndose. Acerqué mi brazo a la sangre que manaba desde el hombro en donde hace un rato había mordido a Alberto. La mancha desapareció.
- No mataré... ¿o sí?- dije para mi.
No sé de adonde salio, pero encontre entre los pliegues de la cama uno de esos cuchillos que sirven para mechar la carne, con punta y todo...
- Lo siento... - susurré...
- Elena... - un hilo de sangre corrió por sus labios entreabiertos. La mancha desapareció, tal vez nunca estuvo.
- No mataré.
El cuchillo estab incrustado 3 centimetros en su cuello, me gusto verlo morir, me gusto sentirlo, tenerlo, poseerlo inerte como el podia tenerme a mi, muerta bajo su piel, desintegrandome de miedo, yo lo amaba, yo lo quería, lo necesitaba, pero... Le pertenecía a otro, al padre de mi hijo, no a ese ser extraño. No se de donda saque fuerzas para subirlo al entretecho, sin embargo estuvo casi dos dias cuando llego la policia.
- Sra Elisa Fernandez, tenemos una denuncia por desaparicion y presunta desgracia que se le imputa a usted en contra de su marido el Sr Alberto Ascencio - dijo el policía blanco, como la luna, como el hombre de mi sueño. Una gota roja, viscosa, cayó, sutilmente, sobre mi.
- Así es que fue usted... ¿Por qué lo hizo? - dijo el hombre pardo con un destello en los ojos.
- Yo...
- No matarás... - dijo el pálido como la luna- No matarás...
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