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Inicio / Cuenteros Locales / celiaalviarez / Caballos Dorados (De los años malditos)

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Caballos Dorados.


Cuando la ventisca abría la puerta de madrugada, se agolpaban por ella caballos que cubrían de un pálido dorado todo a su paso. Entonces la casa amanecía tocada por la alquimia y aquella escalinata, muy larga para mis siete años, alcanzaba para pagar las deudas, llenar la despensa y alimentar las falsas esperanzas que morían de a poco bajo mi piel reseca. Yo me sentaba ahí, en el último peldaño, a ver pasar el tiempo que se colaba junto al polvo por el rectángulo abierto en la pared.

Era una casa grande, como todas las que poblaban ese pedazo de suelo fracturado. Altos tejados cubrían la caña amarga que ayudaba, con mucha dificultad, a refrescar la sombra; grandes macetas y un patio tostado donde una vez, antes de la sequía, se vieron trinitarias cuajadas de puntos coloridos y un espeso follaje salpicado del murmullo de ranas y grillos. La escalera llevaba al cuarto del abuelo, directamente, y a la derecha al mío, donde mamá y yo atesorábamos nuestras pocas pertenencias: una cesta de ropa, una cama tan grande como vieja donde tendíamos trapos para no sentir tanto los resortes, un espejo roto en varias esquinas, herencia de una abuela que no conocí, y una caja de cartas que mamá nunca me dejó leer, pero que la hacían llorar todas las noches, cuando ella creía que me había dormido.

Él despertaba pronto y gritaba algo confuso semejante a un graznido, dando comienzo a otro día agonizante. Mamá bajaba las escaleras, encendía el fogón y buscaba las pocas gotas de agua que podía sacarle al tinajero. Yo sabía lo que debía hacer, pero me gustaba oírlo de su voz tierna y tristona de todas las mañanas: ve a buscar la escoba, muchacho, mira que el viento ya ha metido casi todo el desierto dentro de la casa, y tú ahí, mirando. Así morían los caballos dorados y se me hundía profunda, tras el pecho, la sequía que hasta hoy sigue chupándome las lágrimas.

Él hacía otro ruido sordo y mamá le subía entonces la bandeja: un desayuno pobre, varias pastillas sobre papel encerado y una poca de agua que siempre terminaba escupiendo, cuando se daba cuenta de que no era el café tinto que aquel médico le prohibió al principio de su enfermedad. Cuando el abuelo se calmaba, bajaba sigilosa y servía dos platos de comida. Nos sentábamos juntos, y canturreábamos, muy quedo, mientras me desmigajaba una arepa tostada sobre el plato de peltre.

Mamá nunca lo quiso. Tampoco la abuela. Eso decía ella cuando molía el maíz y revolvía el guiso en el fogón. Decía que el olor de los aliños le recordaba su infancia y que el humo de la leña se le metía a los ojos. Por ambas cosas, creo yo, le goteaban lágrimas silenciosas que caían sobre el fuego y desataban pequeñas ráfagas brillantes.

Ella.

Creció con las lluvias como una trinitaria, y como una trinitaria se marchitó en el verano. Parece que la sequía le hubiera truncado la pubertad, que la hubiera dejado en un limbo confuso entre niñez y senectud, entre inocencia y desesperanza. Era joven, pero la tristeza le había borrado cualquier rastro de edad a sus facetas. A veces parecía tan pequeña como yo: entonces me ayudaba a construir gurrufíos y caballos de madera, y me hacía la pata de gallina para que me escapara de los castigos del abuelo saltando la pared del patio. Otras veces era una anciana: cuando molía los granos de café o barría el terraplén vacío. La mayor parte del tiempo era solo una sombra sin edad flotando en los rincones.

Decía que cuando era pequeña venían de lejos grandes nubes, bajaban desde el cerro y explotaban sonoras sobre el pueblo. Ella salía al patio, saltaba la pared, y corría contenta en medio del chubasco, y todos los muchachos salían a bañarse en la plaza, donde caía un chorro claro alimentado por los aleros de la iglesia. Las mamás los dejaban porque esa era agua bendita, que bañaba la casa de Dios y luego caía sobre las cabezas de sus hijos.

Temblaba siempre. Al entrar al cuarto del abuelo se persignaba con dedos estremecidos y lanzaba un suspiro, luego la veía salir con el temblor mudado a los labios, a las fosas nasales, a las arrugas tenues sobre sus cejas. Su cuerpo era un temblor. Un temblor cambiante. Vibración mínima ante la brisa de la madrugada, ante la mesa de nuestro desayuno; inquieta marea frente al miedo, la rabia, la impotencia. Incluso el sueño lograba estremecerla, cuando en las noches despertaba pronunciando su nombre: Genaro.

Genaro llegó al pueblo una mañana olorosa a aguacero. Vino con la ventisca y con ella se fue, dejándole ideas rojas en la cabeza, una gran nostalgia en el alma y en el vientre un embarazo demasiado pecaminoso para un pueblo tan pequeño. Dicen que luego lo agarró la guardia y desde entonces no se sabe. Ella decía que no iba a volver, pero murió esperándole. Decía que las campanas de la iglesia resonaban con su nombre desde entonces y que las nubes lo acompañaron para siempre. Con él desaparecieron los chubascos.

Mamá parió sola, después de ocho meses de encierro y llanto impuestos por el abuelo, que para aquel tiempo aún estaba sano. Parió un muchacho enclenque y arrugado; seco, decía ella. Quiso ponerle Genaro, pero el abuelo la obligó a registrarlo con su propio nombre y apellido. Desde entonces sólo me llamó “muchacho”.



Él.

Dicen que conocía todos los caminos del monte, que los duendes borraban sus pasos y cerraban los senderos a su espalda. La guardia lo buscaba por haberse negado a pagar la recluta. Porque tenía hermanos y grandes amigos escondidos, y la recluta estaba para matar a quien se escondiera. Él no quería, por eso se fue al monte, y el monte le hizo un hueco en el follaje como recibiendo a un hijo en su vientre. Después se volvió bruma, leyenda, un espanto de esos que guarda la montaña. La gente empezó a decir que estaba hechizado y que los duendes perdían a cualquiera que fuese tras sus huellas. Pero un día bajó al pueblo.

Cuando Genaro tocó las primeras piedras del camino, se escuchó un furor de trueno como haciendo eco desde el Aitón, como si la montaña se desgarrase, como un grito de parto. El pueblo se cubrió de niebla.

Dicen que vestía una gran capa desgastada y un sombrero de cogollo y ala larga que cubría casi todo su rostro cabizbajo. Venía a comprar víveres y medicinas, y a visitar a una anciana olvidada que habitaba un rancho al final del camino. Quería quedarse sólo por una noche, pero la vio.

El cielo descargaba caudales contra el pueblo y ella se bañaba junto a algunas muchachas en el chorro de los aleros de la iglesia. Era muy joven, tal vez demasiado. Llevaba un vestido corto de falda suelta, y el agua traslucía los brotes recién nacidos de sus senos a través de la blancura de la tela. Delgada y frágil. Pero no era eso lo que él veía. Tal vez la alegría, la inocencia de niña encerrada en un cuerpo que ya mostraba rastros de mujer. Su risa en contraste con el correr del agua, fluyendo como barca hacia la nada. El conjunto de imágenes, olores y sonidos que eran ella en ese instante y que mostraban todo lo que él hubiera querido tener. Entonces ella lo vio.

Lo vio desde el torrente de la iglesia e impulsivamente se cubrió con las manos, como si su mirada la hubiese desnudado. Pero siguió mirándolo fijamente y su vista lo siguió hasta el maguey de la plaza donde fue a detenerse. Su cuerpo desapareció tras el tronco dejando al alcance sólo el ala de su sombrero. Caminó hasta él.

Él pensó que tal vez podría delatarlo, por eso buscó sombra en algún lugar de la plaza donde ya no pudiera alcanzarle su vista. Se escondió tras un árbol, esperando que la madre montaña lo hundiera tras los tallos y volviera a hacerlo invisible, pero la montaña sabe cuando un hijo peligra, y éste no era el caso. Su miedo era distinto, otro tipo de miedo.

Quedaron frente a frente. El ala del sombrero cubría casi completamente su rostro. Ella imaginó que era más viejo, él imaginó que ella era más joven. Ella miraba su sombrero y una barbilla temblorosa que se asomaba sin permiso. Él miraba sus pies. Pasó algún tiempo indefinido hasta que se atrevió a levantar la vista. Entonces se encontraron.

Dicen que la montaña aulló en un trueno y que el agua arreció en ese mismo instante generando pequeños remolinos que levantaban las hojas sueltas y elevaban las faldas de las niñas, que el suelo comenzó a vibrar y que atrajo sus piernas como un imán, impidiendo que alguno tratase de escapar; tal vez no pasó nunca, tal vez pasó sólo dentro de ellos. Lo cierto es que ese día Genaro decidió quedarse más, y todas las tardes siguientes se inundaron de vientos de aguacero.

Los dos muchachos se encontraban por las tardes en el maguey de la plaza, llegaban con la lluvia y con ella se iban. Hasta que un día decidieron no llegar a la plaza y buscaron el monte, y el monte volvió a abrir sus caminos y los recibió adentro y les hizo una cama de hojarasca. Dicen que ese día llovió fuerte y que el agua era tibia y más dulce que antes. Nadie los veía regresar, pero siempre llegaban cuando escampaba, cada uno por su lado, mirándose de lejos. Así regresaban a sus sitios, mojados y contentos. Una tarde de esas lo atraparon.

Los reclutas lo esperaban escondidos en alguna casa del pueblo. No le dio tiempo de escapar. Lo esposaron y tiraron al piso, y le juraron por el santísimo que no iba a esconderse otra vez en ese cerro de mierda. Lo amarraron y se fueron del pueblo llevándolo a rastras hacia el cuartel en la ciudad. Les habían informado que era peligroso.

Dicen que se lo llevaron, pero que al llegar a la montaña los duendes cambiaron los caminos. Dicen que anduvieron en círculos por días, sin comida ni bebida, y que los guardias pensaban que era cosa del diablo. Dicen que lo soltaron para que los ayudara a encontrar el camino correcto, y que juraron por Dios Santo que si trataba de escapar lo mataban y le cortaban la cabeza, que al final eso era lo que más le importaba al Comandante. Entonces él los llevó hasta un camino seguro, y allí trató de huir, porque no quería que la montaña los matara, pero tampoco quería morirse en una cárcel. Dicen que corrió lejos y que el cerro le abrió paso, pero una bala alcanzó su nuca antes de llegar al monte. Ellos gritaron que el maldito quería escaparse pero que por su madre no lo iban a dejar, y cortaron su cabeza con un machete. Dicen que en ese mismo instante la montaña tembló y todo el cerro comenzó a gritar su nombre, que los pájaros gritaban: Genaro… Genaro… que las campanas de la iglesia se escuchaban a lo lejos: Genaro… Genaro… que las gotas de lluvia les golpeaban sus rostros y silbaban repetidamente su nombre, y que el Aitón tronaba haciendo vibrar el cerro de tal modo que su cabeza rodó y rodó hasta perderse en la hojarasca. Dicen que los guardias gritaban asustados y que el monte les cerró los caminos, regresaron al pueblo con las ropas harapientas y balbuceando su nombre hasta el fin de sus días. Dicen que desde entonces no ha llovido y es porque el cerro se secó de tanto llorar a su hijo.

Ella lo buscó otras veces en el maguey de la plaza, pero jamás volvió. Nunca pudo decirle que esperaba un hijo suyo.



Caballos Dorados.

Al llegar la tarde me enseñaba lo poco que sabía. Trabajábamos en una pizarra vieja que había sido suya y que había escondido cuando el abuelo supo que estaba embarazada y la obligó a dejar la escuela. Yo hacía los garabatos que podía y sumaba y restaba lo suficiente como para ganarme el paseo de la tarde. Entonces me dejaba salir hasta la plaza y me ordenaba hacer mandados y entregar los encargos de ropa lavada y costuras de su trabajo.

Yo salía correteando entre la polvareda y me subía a los troncos secos de la plaza. Me gustaba observar el verdor lejano en lo alto del cerro, rodeando al Aitón, donde aún quedaba algo de fronda; soñaba con escaparme algún día y con dejar atrás la sequía mortal que mataba de a poco al pueblo y a su gente. Luego volvía a casa y la abrazaba, y le pedía que me contara sobre el pueblo que ella conoció. Me dormía soñando con el rocío fresco que nunca había visto pero que imaginaba casi a la perfección. Al amanecer despertaba con una sed tremenda, y volvía a sentarme en la escalinata para reencontrar la aridez y el polvo, los caballos dorados con su poder alquímico sobre todas las cosas. Hasta que un día murieron los caballos.


Recuerdo que fui al pueblo con un botín de camisas almidonadas que había mandado a planchar el boticario, todo estaba tan mustio y ocre como antes, pero un olor extraño impregnaba el aire caliente de la tarde. Iba andando el camino de tierra con fuerza, levantando el polvillo que me subía por los pantalones hasta pintarme de amarillo las rodillas, entonces un viento frío golpeó mi espalda, y sentí ese algo indescriptible de cuando una mirada te persigue. Volteé extrañado del silencio, el pueblo había quedado más mudo que nunca. Como a la espera, a lo lejos, en el último foco verde de la montaña, crecía una tenue mota de algodón gris que iba aumentando sus proporciones como catapultada por el viento.

Sentí frío por primera vez, un frío extraño y gratificante que se me alojaba bajo los ropajes y erizaba mis poros en un temblor primitivo. La nube se agolpaba escondiendo la visión del cerro. Un rugido largo y hondo salió de sus entrañas invadiendo el silencio de la tarde. Era un ruido feroz, implacable, como si el fondo del cerro se hubiera roto en mil pedazos. Fue la primera vez que escuché a la montaña, entonces comprendí las voces que mamá había oído antes. Genaro. Corrí a casa sabiendo que ella estaría ansiosa, esto no podía significar más que el regreso de la lluvia. Ella me esperaba con un temblor distinto, entonces habló: tu abuelo ha muerto.

La tarde en que enterramos al abuelo fuimos en procesión camino al cementerio. Esa tarde la sequía despertaba cada partícula de tierra y la independizaba, como despidiéndose de ese paisaje que durante tantos años había pincelado. A cada paso se levantaban una a una las motas de polvo amarillento y nos hundían en una nube espesa, que a paso lento flotaba sobre el pueblo al ritmo de las alabanzas, despidiendo un aroma a flores mustias e incienso. El polvo se metía en la nariz de todos los presentes resecando las gargantas y haciendo más monótonos los cantos de despedida. Mamá llevaba un vestido negro muy roído. Su rostro había cambiado, el brillo de sus ojos no era ya el de las lágrimas cotidianas, las líneas de su frente ya no crepitaban ante el temblor de antes. Ya no tenía miedo. Al llegar a la fosa, dejaron descansar el ataúd y comenzaron un murmullo de rezos que me pareció infinito, luego ella tomó mi mano y la llenó con un puño de tierra, despide a tu abuelo, me dijo, acercándome al borde del hueco para dejar caer el primer golpe de tierra que lo sepultaría. Era nuestra última tarde en el pueblo.

Bajamos tomados de la mano, lentamente, hacia la plaza que albergó su infancia y la mía, mirando la nube gris que caminaba a su vez desde el aitón hacia el pueblo como queriendo encontrarse con nosotros. A medida que caminábamos iba refrescando el ambiente y nos envolvía el viento que antes había yo sentido, entonces comenzó a llover. Una gota calló sobre mi mejilla simulando una lágrima, otra sobre mi frente, otra en sus labios. Mamá me miró fijamente y por primera vez en mucho tiempo sonrió de verdad. Un trueno largo desató el vendaval. Las gotas golpeaban el suelo árido como bombardeando el polvo que se levantaba oponiendo resistencia. La batalla duró poco y pronto rodaban pequeños riachuelos desparramados por la calle real, sin notarlo comenzamos a caminar más rápido hasta hacer de nuestro paso un trote eufórico que nos llevó directamente a los aleros de la iglesia, entonces mamá me presentó la plaza de su infancia y me bendijo bajo el chorro donde antes había conocido a papá. Jugamos hasta bien entrada la noche bajo el aguacero, disfrutando la memoria que le había brotado con las primeras gotas de lluvia. Así murieron los caballos dorados.

A la mañana siguiente me levanté como otros días y me senté en los peldaños de la vieja escalera. Por primera vez aparecía ante mis ojos con los colores de la penumbra. Nunca más volvería el suave brillo matutino producido por mis caballos dorados, y tampoco volvería a ver jamás aquella escalinata. A lo lejos se escuchó el motor de un carro que luego asomó su trompa estacionándose frente a la casa. Todo parecía nuevo, el color mustio de la madera, el marrón oscuro de la calle en contraste con la pintura azul del vehículo, haciendo un cuadro extraño en la pared que los enmarcaba. Detrás de mí sonaron pasos firmes no reconocidos hasta entonces, y volteé para descubrirla con una maleta al brazo. Me entregó la caja de cartas y tomó camino escaleras abajo. Nos vamos, Genaro, me dijo por vez primera. Una pequeña gota se desató desde muy dentro, una lágrima fugitiva escapó desde el fondo de mi propia sequía, desatando caudales, inundándome. Afuera florecía.



Texto agregado el 19-04-2009, y leído por 277 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
2009-04-22 19:34:41 Excelente, es un placer leerte. Manejas muy bien el lenguaje, me gustan las figuras que usas.....eran demasiado pecado para un pueblo tan chico.....el duende que borraba sus huellas...etc me imagine una poblacion medio abandonada como tipo Pedro Páramo. Bastante disfrutable tu cuento, que casi roza con la poesía. dinosauro
2009-04-22 18:41:06 Me ha impactado tu narración. Te felicito. Voy a tu LdV. Yvette ninive
2009-04-19 07:46:28 Un buen texto. me gustó mucho la narración, la forma en que, facilmente, puedes narrar tantas generaciones. Se mueve con astusia en una historia simple de pueblo, con un abuelo machista, un padre rebelde y por tanto muerto. Un cerro que representa todo lo enlazado que están ciertas personas con la naturaleza, en un diálogo que se perpetúa a través de los siglos, y en este caso, a través de las generaciones. Un saludo, un gusto la lectura! fafner
 
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