Hacia el amor con
la soledad
y la tristeza,
se rebajaba al cielo de
una vida pusilánime.
Sus hijos - membranas, pústulas
en su pecho - quedaron sangrando
recuerdos que nunca
pudieron desaparecer.
Tuvo que cuidar sus cabellos,
canosos dedos enraizados
en sus manos y la curva
de su silueta femenina.
El olvido la dejó alguna
mañana y
no supo vivir.
Pero yo me quede cuidando
cada uno de sus ríos,
sus tristezas - ínfimas sonrisas
que se vuelan- quedaron
en mí.
Solo tu piel abyecta
trizaba mi cuerpo, vaciándome. |