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Inicio / Cuenteros Locales / ronalderom / Hemos llegado a BH (un cuento light)

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—¡Hemos llegado a BH! —dijo la chica de enormes gafas mientras se agarraba la cintura con las manos, imitando una burda película norteamericana. Lo que ignoraba era que BH era un reducto de casonas aglutinadas en las faldas de la montaña y que había en ellas más delincuentes de gran monta antes que bolsilleros.

El convertible se había estacionado junto a un quiosco, en las inmediaciones de las marquesinas de un centro comercial.

—Pronto vendrán los chicos a recogernos —dijo la más extrovertida.
—¿Tú crees? —preguntó con ironía la que estaba sentada detrás, revuelta entre el equipaje. Las otras dos la obviaron y continuaron acicalándose.
—Ese labial no te sienta bien, Marlene.
—Ok., Ok., dame ese rosa que tienes en el bolso.
La que aún estaba en el automóvil, fatigada —aguafiestas de oficio—, desplegó su lengua de víbora:
—Yo no sé qué diablos hemos venido a hacer acá. En este pueblucho ni siquiera existe una fuente de soda —lo dijo así, artificial, que las otras no pudieron evitar mirarse con complicidad y contener sus carcajadas.
—Bueno, Elisa, no te amargues. Ya vendrán a recogernos. En casa de los chicos hay piscina…—la otra, cuyo nombre todavía nadie conoce, la interrumpió:
—¡Miren, peladas, ahí vienen!
Una furgoneta se acercaba desde lo alto de la montaña. Parecía una hormiga saliendo de un frasco de azúcar morena. Las chicas lo notaron y rieron abiertamente, incluso la amargada.


—¡Chévere!, a tus papis les gusta la pintura. —dijo la chica desconocida. Lo que para ella era arte para cualquier artista no hubiera pasado de simples dibujos de primaria.
Todos se habían cambiado de ropas. Las chicas lucían diminutos biquinis y los hombres pantalonetas playeras. En la piscina nadie procuraba meterse. El agua estaba demasiado fría y las chicas, habituadas al clima cálido, vacilaban a la hora de hacerlo. Todos tenían cocteles en sus manos y bebían con paciencia.
—¿Sex On The Beach? ¿No pudiste conseguir un trago más barato? —le increpó Elisa al chico que se afanaba en la barra por complacerlas.
“¡Puta de mierda!”, musitó el chico dándole la espalda como fingiendo que recogía hielo de la nevera.
—¿Y qué más, qué cuenta Priscila? —dijo al fin el anfitrión. Había llegado por las espaldas de las chicas sin que nadie lo notara. Nadie le contestó: las tres se miraron sorprendidas: “¿Quién diablos es Priscila?”.
—Me dijo que vendrían con uniformes, pero da igual. Ustedes se ven preciosas.
En ese momento un halo de orgulloso (vanidad) atravesó los rostros de las chicas y la más extrovertida, la de grandes gafas (¿no se las quitaba nunca?) contestó: “Pues sí, nos demoramos un poco porque fuimos de compras. Nuestros uniformes están en las maletas. ¿Eso importa?”.
—No, la verdad, no —respondió el de camisa a cuadros que estaba detrás del anfitrión y que se presentó bajo el nombre de Roberto–. Ya somos cinco los que estamos para hacerles compañía.


Gabriela —al fin sabemos su nombre— se pintó en el baño. Habían dicho que iban a orinar, que las esperaran. Gabriela se volteó y les dijo: “Chicas, estos manes no saben quiénes somos. Nos han confundido con algunas otras peladas. Yo digo que lo aprovechemos. Esos tipazos nos vienen bien para sacar algo y pasarla bien el fin de semana. Sí, yo sé que Paul nos estaba esperando, que debe de estar preocupado ahora mismo. Él no tiene por qué enterarse. Además podemos decir que los estuvimos esperando y que su furgoneta jamás llegó. Tiene que creernos. Además nosotras no pensamos que estos manes no fueran sus amigos. Eso le pasa por no ir personalmente a recogernos. Tranquilas. Confíen en mí”. Elisa a esas alturas ya había bebido lo suficiente como para negarse o replicar y Marlene se mordió el labio inferior dudando de si realmente valía la pena hacer algo así. Finalmente sonrió y dijo:
—Está bien. Pero nada de esto a Paul.
—Ok. I promise you.
Elisa vomitó delante de sus narices y ellas no contuvieron su repulsión.


—¿Ya están listas? —preguntó el que estaba en el bar—. Ahora mismo les preparo un levantamuertos.
Tomó un par de vasos y los colocó delante de las chicas. Sonrió, bailó y estrujó con una pañoleta un amasijo de una sustancia negra y la depositó en los vasos:
—Tranquilas, es sólo café molido.
Elisa se les integró enseguida y tomó uno de los vasos. Luego se fue directo a la piscina y se introdujo por la orilla.
—¿Y qué es lo que hacen por aquí para divertirse? —La chica de gafas oscuras había volteado a mirar de frente al de camisa a cuadros y lo observaba con un dejo de nostalgia. El otro —el anfitrión—, que estaba parado a un costado de la piscina y que daba sorbitos a su coctel, les señaló los cuartos que se encontraban al final de un pasillo:
—Cuando el clima se pone pesado, nos refugiamos allá. Los muchachos dicen que deberíamos planificar las cosas con más cautela. Siempre hay alguien a quien no le agradan nuestras fiestas. A mucha gente no le gusta divertirse, ¿no lo creen?
Marlene creyó entender que en esos cuartos jugaban al póker, al pool, a alguna niñería de hombres. No entendía por qué le molestaba eso a la gente. No tenía ni la más remota idea de lo que estaba ocurriendo.
—¡Tonta, estos manes quieren culearnos!, ¿qué no te das cuenta? —dijo ya sobresaltada Gabriela al oído de Marlene que empezaba a sentirse incómoda–. Hazte la disimulada... Tranquila, chucha, tranquila, no va a pasar nada…
La otra las miró desde la piscina y notó la tensión que las asfixiaba y les gritó:
—¿Qué pasa, amargadas? Vengan. Allá están calientes.
El anfitrión las miró un instante y sus cejas se arcaron. Llamó a Roberto, el de camisa a cuadros, y le dijo algo al oído e inmediatamente éste las miró, desconfiado, consultó algo detrás de su cintura y se dirigió a la entrada. Conversó con dos negros enormes y enseguida ellos se pusieron en alerta.
Las chicas habían empezado a sudarla gorda. La amargada —que ya no lo era para nada— estaba interrogando a sus amigas. Había salido de la piscina al verlas temblarse y se había cubierto pudorosamente con una toalla acercándose a ellas.
Qué pasó, chiquitas? De aquí no se pueden ir sin que nos cumplan. Pagamos mucho por ustedes, así que a trabajar… —dijo el anfitrión y los demás, que hasta entonces habían estado dispersos por los alrededores, se agruparon. Eran cinco en total, descontando los negros que vigilaban la entrada y que se dirigieron luego a los cuartos.


Se encontraban otra vez en el baño, reunidas. Esta vez se colocaban ropa encima de sus biquinis; eran uniformes escolares. Se habían ranclado del Colegio de Monjas y robado el coche del padre de Marlene —una jugarreta, ya saben—, programado una tarde en compañía de unos amigos, Paul, Edna, sobretodo Paul, y ahora sin pretenderlo estaban acorraladas en un juego que las había conducido demasiado lejos.
—¿Qué vamos a hacer, muchachas? Esos manes nos van a culear…
Elisa eructaba y eructaba y Marlene y Gabriela daban rodeos por todo el cuarto de baño.
—Yo sé qué vamos a hacer —dijo la ebria—. Vamos a disfrutar, putas solapadas. Siempre he creído que son unas reverendas putas… ¡Vamos, no se hagan! ¡Putas!
Elisa salió dando traspiés por las escaleras del baño y se dirigió directo a los cuartos donde los dos gorilas aguardaban. El anfitrión y los demás la vieron pasar y se quedaron sorprendidos. Sin embargo, no dijeron nada. Las otras dos chicas estaban nerviosas, en el baño, pensando cómo zafarse de la situación, cómo huir sin dejar a la entono-amargada-alegre-puta en medio de todo ese embrollo.


Salieron, al fin, lloriqueando, con sus faldas cortas y las medias alzadas hasta las pantorrillas. Las blusas entreabiertas en el centro del pecho y los bolsos escolares colgados de sus hombros.
—¿Y bien? ¿Están listas? —preguntó el anfitrión y con un chasquido de los dedos añadió: “¡Música, muchachos!” “¡Bienvenidas a BH!”
En ese instante, un Hummer amarillo ingresó por la puerta principal y los chicos se apartaron para dar paso a Paul, que se acercaba sonriendo.



El convertible se dirigía por el carretero curvilíneo con rumbo al horizonte. Las dos chicas —Marlene y Gabriela— iban en la parte delantera. Ambas gimoteaban; habían aprendido la lección. Elisa iba en la parte trasera, junto al equipaje, fresca, radiante, con una sonrisa entre oreja y oreja —también había aprendido una lección—. Se puso las gafas y canturreó viendo la puesta del sol y el panorama infatigable de montañas que la refrescaban (en cada curva) antes de perderse.


Ronald Escalante R.
Machala / Cuenca - Ecuador

Texto agregado el 06-05-2009, y leído por 50 visitantes. (0 votos)


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