Se quedaron tus ganas dormidas junto a las mías
y tu respiración se hizo amplia, al escucharla
sobre tu pecho.
Tus manos suaves que recorrían mis brazos
dispuestos y esperanzados me decían:
“perdón, estoy ausente” mientras tu voz
temerosa mentía:
“perdón, estoy cansado” y yo podía ver imágenes
flotando sobre tu cabeza.
Que insospechado es el deseo,
qué poco tiene que ver a veces con el amor
y la conciencia.
Es ese animal que hemos negado
a fuerza de inteligencia y por ser civilizados,
es ese requisito que de vez en cuándo
nos condena al fracaso de mantener la armonía,
devolviéndonos la frustración de ser humanos.
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