La Página de los Cuentos
Tu comunidad de cuentos en Internet
[ Ingresa
|
Regístrate ]
Menu
Home
Noticias
Foro
Mesa Redonda
Eventos
Enlaces
Búsqueda

Cuenteros
Locales
Invitados


Inicio / Cuenteros Locales / papalotlyaguar / Fuego en la selva

 Versión para imprimir  Enviar a un amigo  Añadir en Facebook [C:404944]

Fuego en la selva


Usted sabe: me quedan algunos meses de vida.
Los elegidos de los dioses seguimos estando a la izquierda del corazón,
debidamente condenados como herejes.
Roque Dalton



Se concentraron en la plaza de los pueblos.
La selva se consumía entre las llamas. Se extinguían las iguanas, la pequeña guacamaya no nació, lianas caían de las ramas carbonizadas. Aullaban de dolor los monos. Sus ecos resonaban en las quebradas.

Los de siempre asesinos observaban complacidos aquel espectáculo atroz. En sus cárceles seguían pudriéndose los cuerpos.

Los de siempre asesinos, los que años antes habían torturado a Jacinto Canek, ningún golpe habían recibido: enfermos, los corazones de las niñas y los niños regresaban con sus cuerpos famélicos a trabajar en los campos del patrón.
Los alaridos eran espeluznantes, todo se trastocaba. La selva se consumía. Sus verdores se apagaban.

En el centro de la selva, rodeada por las llamas, la hembra Yaguar detuvo por unos instantes el ritual de la sensualidad. Sintió tristeza… sintió dolencia y volvió a sangrar la amargura por la herida.
Se recordó apenas unas horas antes, cuando los fuegos todavía no le mordían la carne.

Las imágenes pasaron por su mente como si la luna le estuviera contando una historia: se vio a sí misma, agazapada sobre el macizo de rocas. El viento le atraía los silbidos de una acrecentada corriente. Tenue luz de luna dejaba ver, de cuando en cuando, su esbelta sombra. La noche caía como caricia sobre aquel tupido boscaje. Nada impedía la concentración, ni las ramas crujiendo unas contra las otras, ni el canto del búho que la muerte anuncia.

Agazapada, en silencio, con el cielo estrellado sobre la piel, esperando el momento preciso para dar el salto, así se recordaba aquella hembra, Yaguar mariposa.

Vio sus pasos avanzando silentes cuando se encaramó por la corteza del árbol. Los hedores del odio habían tejido sobre la tierra sanguinario manto, entonces estallaron, se hicieron evidentes: a lo lejos vio las antorchas encendidas que salían amenazantes por los caminos de terracería.
Respiró profundo, tranquila, desafiando al temporal que cercaba siniestro la montaña; no había duda, venían tras ella.

De un salto abandonó el matapalo. Cerró los ojos guardando los sudores de la luna en su cuerpo; en medio de la profunda oscuridad se le agolparon las remembranzas.

Apretó entre la garra retráctil el cuchillo de obsidiana, el incienso y un racimo de flores de amaranto.

Dio algunos pasos, sin prisa, mientras, recordaba el roce tibio de los labios, las noches de profunda negrura, los colores, las danzas… las amarguras, las esperanzas.

Vino a su mente aquel día de abril: en el suelo caían los frutos y vainas sobre la hojarasca. En el hueco de un tronco, la guacamaya cuidaba sus huevos, habían pasado treinta días desde que construyó el nido, pronto eclosionarían las pequeñas aves con el arco iris irradiándoles las alas.

En medio de aquella mañana, con la mente maltratada, tuvo el primer encontronazo con esa realidad brutal: desde lo alto del palo de agua descubrió encendidas ambas hogueras, ya la esperaban, todavía no terminaba la primavera.
En aquel abril se había abierto a su paso las imágenes cruentas que se develaban tras los ruidos de una guerra que estallaba; de un lado, ella, en apariencia, solitaria; del otro lado, verdugos con los nombres escondidos en el anonimato.

No sabía si estaba lista para el sortilegio, pero volvió a mirar aquellas llamas, no tenía opción. Había que protegerlo.

Rodeo el árbol y se adentró por el sendero en el que se entretejen las piedras y las lianas. Era el tiempo, volvió a apretar el trozo de lengua volcánica entre las garras.

Ningún intento por huir, zambulló su cuerpo en la corriente del río, el agua la mojaba hasta el cuello, sentía esa fuerza empujando sus macizos músculos corriente abajo, rumbo a la cascada, y se dejó guiar por la tierna caricia de la humedad.

Alrededor, entre las sombras que dibujan los amates, el croar de un sapo anunciando la cercanía de la cueva que matriz es de la luna. Y, a pesar de los pesares, se dilataba y contraía el corazón.

El mono aullador la observaba inquieto, la hembra Yaguar alcanzó a despedirse con la mirada de las fauces del cocodrilo que se abrían mostrando unos dientes inmensos.

Río arriba, el tlacuache corrió buscando presuroso, quería llevar a la Yaguar mariposa el consejo de su naturalidad: fingirse muerta y después escapar. Llamó a Amazilia tzacatl para que con sus alas de colibrí lo ayudara a buscarla.
Se paró justo al llegar a la ribera del río, recorrió con la mirada cada gota que sus ojos alcanzaban. No estaba.

Había que correr por los meandros rumbo a la cascada para alcanzarla. Echaron a andar detrás de sus huellas. A su paso iban gritando la noticia:

– ¡Vienen por ella! – se escuchaban las voces –¡Quieren llevarse su corazón como botín de guerra!

El tucán de collar frunció el ceño extrañado. Aún no entendía. Cada vez más cerca las llamas y la barahúnda, pero todavía no lo suficiente para aplacar los cadenciosos sonidos de la madre selva.
Poco a poco la noticia se propagó, recorriendo la carne de los helechos que desde la antigüedad recargaban el paso del tiempo en el tronco de la Ceiba.

Antes habían visto correr la sangre en batallas que aprisionaban los murmullos de la tierra. Habían escuchado los alaridos en los días lluviosos, lamentos y ojos que desorbitan las dolencias.

Habían visto, habían escuchado. Sangre y alarido que se rompen en los silencios de los amores, de los olvidos.

La selva sabía de sufrimientos y de aquellas resistencias que se pegaban a los guijarros como historias ardientes; sabía de aquel llanto que derramaron las hembras y los machos cuando años antes llegó la noticia: los de siempre asesinos, en martirio habían destrozado el cuerpo de Jacinto Canek.

Cantos tristes levantaron las aves el amargo día de su muerte, la luna menstruó el sufrimiento sobre el maizal y la hembra Yaguar envolvió en la manta de algodón los colores de su danza, y se fue por todas las veredas, ahí nomás, atrasito de la Ceibas, levantó para Jacinto una humilde ofrenda con su esperanza.

De penas y alegrías sabían en la selva. Sabían los machos, sabían las hembras.
Y hoy otra noticia funesta había llegado hasta su centro. Otra sería la víctima del martirio, sólo que ahora los verdugos se habían multiplicado, se entremezclaban los inquisidores; pero una guerra, desigual batalla se había declarado.
Impetuosa se dejaba escuchar la tormenta; entre los truenos, la barahúnda se escuchaba más cerca; el tímido tapir percibió los olores del odio que la alimentaba. Los gritos se disparaban violentos y se incrustaban en el viento.

– En la selva se esconde una hechicera – habían dicho meses antes los propagadores del veneno a los principales de los pueblos – tenemos que destruirla, terminar con su amenaza es nuestro destino o terminará por asesinarnos ella.

Era invierno cuando lanzaron el primer ataque.
La Yaguar mariposa había abierto su corazón a los hijos de los principales de antiguos sufrimientos, buscando el consuelo que le ayudara a apagarse el alarido: el economista y sus ayudantes latiguearon intrigas en contra de las estrellas y los cerros que le nacían en el cuerpo. Habían lastimado su corazón.

Los hijos de los principales de antiguos sufrimientos, los brebajes de una curandera le ofrecieron para sanarse la alegría. Y ella confió.
Con la esperanza por la espalda herida y la esencia palpitando el dolor, se encaminó a la casa de la curandera. Y volvió a abrir, entregada, su corazón.
Incomprensible era para la curandera que Yaguar mariposa dejara la huella de su beso tierno y se fuera sin decir su nombre… sin decir su nombre, dejaba en la ofrenda el cantar de sus colores.

Y la hembra Yaguar llegaba con el corazón desprotegido ante la curandera, y apalabraba con ella sus dolencias, y le contaba sus temores… hasta que descubrió que la curandera sufría delirios de persecución, y cayó en cuenta que no la ayudaría a sanarse la alegría. Y decidió volver solitaria a su selva a cantarle sus amores.

Yaguar mariposa levantó su vuelo y buscó la carne perdida de su poesía entre los arroyuelos, los montes, los bosques tropicales; la buscó en todos los cielos. Volvió a reconocerse a sí misma, y quiso emprender otra vez su vuelo.

Pero ya la curandera había lanzado su veneno sobre los primeros corazones... y se preparaban los segundos inquisidores: llegaron montados en un carruaje negro, vigilaron los caminos de la selva, acechaban sus huellas escondidos tras los matorrales.

Y sucedió que entre la asechanza, la vesania de la curandera y los primeros inquisidores, la Yaguar mariposa caminaba los senderos de la selva buscando dentro de sí misma la cura a todos los pesares… pero aquella curandera nimbos necesitaba, admiración sus carencias requerían… y como Yaguar mariposa no sabía agachar la cabeza a la altura de los pies, aquella mujer ya había decidido, entorpecida por su demencia, tomar como trofeo su vida.

Se unió a los primeros verdugos. Y divulgó entre los poderosos sus visiones pútridas: mientras Yaguar mariposa caminaba los senderos de la selva –– con el dolor que le nacía colérico, y con la esperanza, su disparate más tierno ––, su camino era acechado por las perversiones: narcisistas, megalómanos y paranoicos revolvían sus odios y proyecciones.

Tras la roca de las tristezas se reunieron los intérpretes. Ciegos y sordos se erigieron jueces, y corrompieron con sus visiones los misterios eternos y un amor que en secreto guarda el silencio.

Dictaron apresurados la condena.

Poco a poco difundieron su veneno.

Algunos principales cayeron víctimas de la toxina que emanaba de esas bocas, se confundieron; dieron enceguecidos el bastón de mando a aquellas manos mercaderes en las que nunca la fecundidad había parido, y permitieron que se organizaran las huestes tras las huellas de la Yaguar mariposa.

Palabras funestas se propagaban como peste. En callejuelas y plazas se revolcaban las historias negras de las que se acusaba a aquella hembra.
En las cantinas los hombres y las mujeres que rentan el cuerpo repetían entre vino y carcajadas la consigna:

– Separar la hierba mala del trigal, separar la hierba mala del trigal, separar…

En el mercado, cerca del lugar donde Jacinto fue torturado, las mismas mujeres que insensibles vieron su suplicio, compraban menjurjes y murmuraban esparciendo las acusaciones.
Se propagó la peste, envenenaba ominosa el cielo que parecía empaparse de un tétrico canto.
La condena estaba dictada: la hembra Yaguar debía morir, porque, a decir de los intérpretes, una hechicera en su cuerpo habitaba.

A los cuatro puntos cardinales se llevaron de boca en boca las acusaciones.

La leche de las madres se volvió amarga, prestaron la voz de sus hijos, para convertirlos en canto de gesta que predica los tormentos, los martirios.

Y los rostros de los niños y niñas se trastocaban, y revolcaban en el fango los colores de su inocencia. Sus miradas se hicieron perversas.

Los hombres llevaban en las bolsas hiel, y las mujeres hígados descompuestos que aconsejó para el brebaje de muerte la curandera.

Las ancianas aplastaban la bilis en el mortero, así lo habían aconsejado los intérpretes, y el veneno que habían esparcido embrutecía los cerebros.
Su hedor de muerte quedó impregnado en el tronco de los guanacaxtles. Entonaron el canto lúgubre que acompañaba la asfixia de la esperanza, dos orquídeas se pudrieron. La serpiente quedo extinta. Una mariposa apareció en el agua muerta.

Aciagas se propagaban las acusaciones, mientras, de poco en poco, los esfuerzos se pervirtieron: esparcir en el ambiente el veneno, practicar los himnos, juntar los ingredientes del brebaje, apiñar sigilosos la leña, preparar antorchas, atacarle la mente con disimulo…

Las cátedras de la escuela se convirtieron en regalos siniestros: cuentos de niñas asaltadas por los lobos contaban maliciosas las maestras. Los estudiantes preguntaban: el niño muere al cruzar el desierto… ¿y yo que puedo hacer?

En la Iglesia el sacerdote sumó a su doctrina de resignación, la prédica para la muerte de la Yaguar mariposa.

Los que bajaban cobardes la mirada ante el ignominioso destino de injusticia y hambre que habían latigueado los blancos al llegar a aquellas tierras; aquellos que indiferentes vaciaban tarros de cerveza mientras a la mujer de los pies descalzos le robaban en una prisión la alegría; las que durante años tuvieron por sueño protagonizar un epitalamio y menjurjes que les detuvieran el paso del tiempo en la piel; los que manuscritos y mendrugos de su riqueza daban al hijo de su sirvienta… Ellos, ellas, que aplaudieron o miraron sin mover ni un dedo el martirio de Jacinto Canek, hoy se pretendían héroes y heroínas de una leyenda que escribirían con la sangre de la Yaguar mariposa.

Ellas, ellos, fieles cristianas y fieles cristianos presumían ser; incluso, pretenciosos y pretenciosas, se consideraban revolucionarias, revolucionarios.

Disimuladas, las raíces de la ojeriza se posesionaban del suelo. El barro de los caminos se ennegrecía, las lenguas filtraban por entre el bejuco de las casas la ponzoña, llegaron hasta la escuela, se preparaba la primera acometida.
En el corazón de los moradores de aquellos pueblos se enraizaba la perversidad, y se preparaban para actuar y admirar el asesinato de la esperanza de aquella hembra en una siniestra fiesta.

Los intérpretes, a sus espaldas, enyerbaron los latidos del tiempo; la curandera ensució con estiércol los corazones… y los niños dejaron de ser, quedaron emporcadas en el légamo sonrisas saqueadas en sus primeros años: en asesinos los convirtieron.

Así, mientras pasaba el invierno, y las noches y los días de primavera caían en los techos de las casas, el veneno se esparcía siniestro.

La Yaguar mariposa, doliente por los dolores de las quebradas, lloraba desconsolada la amargura por la herida… pero no sospechaba nada.

Entonces llegó para ellos el momento, todo estaba preparado: el veneno, las piedras, los palos; había que abalanzarse sobre aquella hembra, apagarle las estrellas y los cerros que le nacían en el cuerpo. Declararon encubierta la guerra y tejieron el amasijo de lodo con el que la cercarían en la tierra de las dolencias.

Eligieron el lugar y el día de la emboscada.
Cada palabra estaba lista, los regalos repartidos, los pasos depravados detrás de sus huellas, las antorchas, las miradas amenazantes que roban cualquier tierna risa. Todo listo. Empezaba la acometida.

– No sobrevivirá – pensaban quienes tejían el manto de la desesperanza – la destrozaremos con la primera embestida.

Antes de salir de los pueblos, habían desgarrado la ofrenda de lo que fue sagrado para aquella hembra: "sólo en el dolor adquiere conciencia", había dicho Jacinto, y ella en la palabra de Canek confiaba.

En las prisiones se seguían pudriendo cuerpos. Los de siempre asesinos observaban complacidos aquellos fuegos, festejaban la ceguera de los intérpretes y se embelesaban con la bravuconería de una multitud ofuscada.

Entonces, comenzó la agonía de la esperanza entre el veneno. Santos se erigieron los portadores de los fuegos, y dieron aliento a su santidad con el veneno que los intérpretes repartieron.

Listo el brebaje de la curandera, los intérpretes envolvieron con hojas urticantes los recipientes que lo contenían. Al tocar su centro, aquellas vasijas se convirtieron en fango pútrido y un olor repugnante salía de sus adentros. Todo se impregnaba de aquellos hedores.

Los de siempre asesinos miraban el espectáculo gozosos. Mejor escenario no podían encontrar… y se les ocurrió acercar a los intérpretes unos cuantos trozos de leña. Entre risas, más grande hicieron la hoguera. Los intérpretes utilizaron aquellos leños para masturbarse y darle ánimos a su veneno.

– ¡Se los dijimos! – proclamaron con un gesto de satisfacción – ¡Ella es malévola! ¡Atizad los fuegos! ¡Quemémosla!

En los niños se dibujó una macabra mueca, sus inocentes cantos se erigieron en gritos de guerra.

– ¡Muerte a la hechicera! ¡Muerte a la hechicera! – repetía envalentonada la multitud, y emprendieron la marcha rumbo a la selva.

De poco en poco se prendían más y más antorchas, el veneno se seguía esparciendo. Por el camino, el lodo venenoso de la curandera era untado en más corazones, y prendía las sospechas, y el odio que hacía crecer en ellos les succionaba el amor dejándolos secos por dentro.

Era el odio una epidemia contagiosa, ningún espacio para la alegría, y caían en sus garfios hombres, mujeres, niños, niñas. Todo pretendía envolver, lo intentó, incluso, con la poesía.

Se acercaban las antorchas y el griterío, pero la hembra Yaguar impasible avanzaba en su marcha. Recordaba la mano que se posó en su frente y la oración recibida: Fray Matías existía, de eso estaba segura.

El río fue abrazado por el desfiladero, se elevaban las escarpadas rocas y, sobre ellas, nacían árboles que anunciaban la caricia de la caverna del vientre de la naturaleza. No había terminado todavía la noche, pero ya el ave de la mañana acariciaba el eco de un corazón latiente.

Se escuchaba el caer del agua en la laguna que hace de espejo a la cara visible de la luna. Cantó un zaraguato. Los tucanes hervían por las enramadas. Había llegado a la cascada.
El agua penetró por los huecos de la tierra y bañaba con sus minerales aquellas rocas. De salto en salto se deslizó entre las piedras abrigadas por el musgo, abajo, el agua hacía nacer una nube blanca que rociaba con sus gotas los matorrales cercanos llegando a la cañada de las sonrisas.

Se detuvo unos momentos admirando la corriente que cae presurosa y penetra en el agua formando laberintos en el fondo.

Respiró profundo, el sereno entraba presuroso por los poros de su cuerpo todavía húmedo y tibio. Avanzó en silencio. Cruzó la cortina de agua.

Ahora estaba segura, era el tiempo… y ella estaba preparada.

El tlacuache y Amazilia tzacatl llegaron hasta la caída del agua. Él llevaba el consejo envuelto en la bolsa de su panza; ella, la solidaridad entre las alas. No la alcanzaron, giraban la cabeza con desesperación de un lado a otro.

Él pensó que quizá había tomado otro camino, rodeó la cascada y cruzó el lago:

– Más abajo – decía el tlacuache – ¡debe estar más allá de aquellos árboles!

Dentro de la caverna, la Yaguar mariposa recibió la caricia cálida de su centro, en las rocas que la formaban, habían crecido estalactititas por las gotas que escurrían desde el techo. Sin prisa fue recorriendo con la mirada cada una, encontraba formas hermosas, las relaciones de la naturalidad: femenino-masculino, luz-oscuridad, muerte-vida. La dualidad.

Otra vez los minutos le parecieron pequeños. Podría haberse quedado para siempre en ese paraíso subterráneo donde germinan los sueños… pero era el tiempo, lo sabía y estaba preparada para ello.

Caminó despacio, se iba adentrando por los entresijos de la caverna, presentía estar cada vez más cerca. El calor se iba haciendo más intenso, y las rocas empezaron a sudar los sueños sembrados. Los amores se entremezclaban con el musgo. De un lado, el aleteo de los colibríes, tras otra roca, el sueño de una guacamaya escarlata, allá la esperanza de las libélulas…

Orquídeas y girasoles nacían en el suelo, flores violetas señalaban el camino… cada vez más cerca. Siguió caminando por el sendero, y más flores elevaban sus colores, ahí, donde la cueva se hace matriz de la luna, donde la senda es vagina de la tierra.

De pronto, alzó los ojos al cielo, la luz penetraba directo. El fondo de la caverna: el Sayab, el lugar donde nace toda vida, el lugar de lo eterno.

Era el momento. Rodeando las sinuosidades de la tierra, sus garras buscaron de una piedra el trozo exacto. Aquí un pedazo de jade, de otro lado ópalo; más allá, turquesa, el cuarzo rosa…

De pronto sintió su cuerpo vibrante. La había encontrado: texoxoctli, la piedra de su corazón. La piedra de los que nacen abajo, entre los macehuales.

De un salto entró en el manantial subterráneo. En el fondo las ofrendas. Con las garras abrió una hondonada en el barro, el tamaño justo, nada más pequeño, nada más grande.

En el centro del hueco hizo un lecho con las flores de amaranto, encima, el trozo de texoxoctli, luego, tomó la navaja de obsidiana, la puso en su pecho, la clavó abriéndose camino para extraer el corazón. Ningún dolor. Era el tiempo.

Lo depositó junto a la piedra, prendió el incienso, volvió a rememorar los roces tiernos, el vuelo transparente de sus alas en las noches profundas de esperanzas… volvió a rememorar los versos.
Encima de su corazón y de la piedra de su alma acomodó una cobija con las flores de amaranto que quedaban, había que protegerlo: lecho y manto de huautli, la flor de la alegría.

Lentamente cubrió con sus garras de barro el hueco. Recordó otra vez la palabra de Jacinto Canek: Desde el fondo del pozo se ven las estrellas.

Cerró los ojos, cantó el canto de sus sueños: el sortilegio estaba hecho, lo sintió latiendo.
Salió del manantial, caminó por la vereda, sus pasos lentos acariciaban por última vez la carne de las flores de primavera que entre el musgo se engendraban. Al frente estaba la cortina de agua, giró de nuevo la cabeza, se despidió en silencio de las estalactitas de formas dialécticas. El agua bañó otra vez su cuerpo.

Lenta y ágil subió por entre las rocas, llegó arriba, volvió a respirar profundamente, y tomo la senda rumbo al centro de la selva.

Rodeaba las piedras, aspirando y exhalando sus olores, ungió el olor a hembra en la corteza de los árboles. Luego, rodó su cuerpo sinuoso sobre la hojarasca, himplaba. Era el tiempo. Sólo habría que esperar su llegada.

En las veredas que hacen boca de la selva se concentraba la barahúnda, los bravucones gemían el odio por los poros, traían el cuerpo exasperado. Los gritos se hacían más intensos, volaban espantados los guacamayos.

Entraron.

Por todos los caminos la buscaban. Los árboles se estremecían a su paso. Corrió angustiada la lagartija en sus dos patas.

La hembra Yaguar rugía. Acariciaba con sus sinuosidades la hojarasca. Rugía. Cantaba sus cantos, el corazón latía.

Y la barahúnda de aquella multitud cada vez más se exacerbaba. El sacerdote aconsejó:

– ¡Paciencia, no tiene escapatoria! ¡Separar la hierba mala del trigal, separar la hierba mala del trigal, separar…!

A su paso por las enramadas, los fuegos de aquellas antorchas incendiaban las enredaderas. La cascabel serpenteaba desesperada. Se convulsionaba el suelo. Aves nocturnas volaban intentando protegerse.

Se esparcía el fuego.

El griterío estaba más cerca de la hembra Yaguar. De un lado los escuchaba, percibía del otro lado las llamas.

Ella siguió con su ritual de sensualidad. Era el tiempo, una tranquila sonrisa se dibujó en sus labios, la paz que recorría de un rincón a otro su cuerpo no podría ser alterada. Más cerca se presentía el odio, más amor en su vientre se engendraba. Y la hembra Yaguar más rugía. Por sus venas fluía el calor de las horas tiernas: el sortilegio estaba hecho. Su corazón latía.

El tlacuache y Amazilia tzacatl miraron arder la selva. Habían errado el camino. Por donde iban no estaba ella. Apresuraron más el paso, emprendieron el regreso. Amazilia voló más rápido. Tomó un atajo.

Las llamas se hacían más intensas y el griterío se confundía con el canto triste de las guacamayas que abandonaban el nido. De pronto, una voz se escuchó entre los gritos que el odio nacía:

– ¡Fuego! ¡La selva se está quemando! – dijo uno de los perseguidores.
– ¡Ha sido la maldita hechicera, ella ha prendido fuego a la selva! – arreció su voz, agravada por la rabia, una mujer joven.
Entonces todos comenzaron a repetir:
– ¡La hechicera prendió fuego a la selva! ¡Quiere matarnos! ¡Fue ella! ¡Fue ella!

Y empezaron a correr hacia los caminos que sacaban del tupido boscaje; los borrachos trastabillaban, y caían y se levantaban, otros apretaron en el puño sus monedas, algunos más protegían su nombre. Los ojos de dos jóvenes que iban enrojecidos de marihuana, encontraron por su camino al tlacuache, se lo llevaron entre las patas, lo revolcaban… en medio de aquel martirio, llorando, gimiendo y lanzando terribles alaridos, miraba desconsolado como se quemaba la selva.

Los niños y niñas también corrieron.

Huyeron.

Todos y todas los perseguidores y perseguidoras sobrevivieron.

Amazilia tzacatl era alcanzada por el fuego, le quemó las alas, pereció sobre el suelo.

Por los caminos se arremolinaban los hombres y las mujeres y gritaban:

– ¡Ha sido la hechicera!
– ¡La hechicera prendió fuego a la selva!
– ¡Quiso matarnos, desaparecer a todas las almas buenas!
– ¡Ha sido ella! ¡Fue la hechicera!

Junto a Yaguar mariposa cayó una Ceiba ardiendo, ella miró las llamas que le consumían el tronco y las ramas, volvió a sangrar la amargura por la herida.

Por unos instantes detuvo su ritual, enjugo sus lágrimas, se despidió de la montaña… las llamas se acercaban amenazantes a su cuerpo, a sus versos.

Pero era el tiempo. El sortilegio estaba hecho. Sintió latir otra vez su corazón en el manantial de la cueva. Vivo. Vivo y protegido en el Sayab donde germinan los sueños.

Continuó con el ritual de los amores que jamás se pierden en el olvido, porque los sacrifican cuando están vivos.

El fuego empezó a morderle la carne.
Los intérpretes se masturbaban. En el centro del pueblo el sacerdote, la curandera y la maestra repetían incesantes:

– ¡Ha sido la hechicera! ¡Ella quemó la selva!


Mariela Loza Nieto

Texto agregado el 16-05-2009, y leído por 55 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
2009-05-16 23:36:50 me ha gustado el estilo tan exótico con el que has contado esta narración, me gustaron las descripciones, la trama, es una buena línea argumental, las metáforas son acertadas y hasta parece que está uno leyendo una crónica directamente de un códice, por la forma en que está escrito. Muy bueno, te felicito. gomez81
 
Para escribir comentarios debes ingresar a la Comunidad: Login


[ Privacidad | Términos y Condiciones | Reglamento | Contacto | Equipo | Preguntas Frecuentes | Haz tu aporte!]