De ese cruel viaje, yo ya estaba de regreso,
ya había visitado los infiernos;
esos momentáneos paraísos
que mantienen aferrada la ilusión.
Yo ya tenía el espíritu acorazado,
sepultadas estaban las agonías
y los furtivos destellos de gloria
cuando al final, dulcemente se da un beso.
Yo ya conocía la paz de madrugada,
despreocupada transitaba por mis días,
me hospedaban tranquilamente las noches
y sin promesas, ruegos ni dudas amanecía.
¡Tenías que aparecer!
Apenas un beso para reconocernos
y una palabra … una sola
para perder la calma y la cordura;
tu razón de la sinrazón para escapar.
¡Tenías que desaparecer!
Me dejas con las manos llenas de palabras,
con lo ojos sedientos de historias tuyas,
pasivos los labios en indigna espera
y los oídos colmados de tu risa ausente.
Digo tu nombre cuando has olvidado el mío,
arrugo cada segundo y lo arrojo al fuego,
cada minuto de los siete días que te llevó
arrancar esa puerta y dejar éste gran vacío.
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