Pabellón de los misterios
Me encuentro mejor mamá, no te apures. Y mi madre, esta mañana de domingo acarició mi rostro enjuto y mi cabeza coronada de ralos cabellos. Sonrió, o al menos eso me pareció ver en su rostro, aunque yo sé sobremanera que particularmente hoy, la angustia y la desesperanza inundan su alma. Mi encierro cumple ya la larga etapa de dos meses y medio, y cada día de ellos, mi madre puntual a pasar conmigo cada tarde. Estamos todos rodeados de espantajos que como yo y nuestros familiares, enfermeras y médicos, usamos gorros y cubre-bocas, y no es para menos, el ala del pabellón lleva el rimbombante nombre de: infectocontagiosos.
Aunque en el fondo, todos sabemos el nombre exacto de lo que tenemos. No hay más que ver nuestros rostros demacrados, los ojos hundidos, los pómulos salientes, las grandes fosas nasales por las que nos esmeramos a seguir viviendo, a bebernos el aire, a bebernos sobre todo, las esperanzas de un nuevo milagro, un halito de vida que nos llegue de algún nuevo misterio. Me abrazo a mi madre, la consuelo; mis carnes pegadas a los huesos, mis dedos pálidos, las uñas quebradizas y los enormes moretones que circundan mi cuello: --Kapossi--, escuché alguna vez cuando el insigne infectólogo lo dijo a sus jóvenes internos. Pero la angustia mayor, la madre de todas ellas, no es mirarme en el espejo con treinta kilos de menos, ni sentarme al excusado y sentir como mi vida se escurre en una diarrea interminable, ni las fatigosas noches de fiebre e insomnio, ni la ausencia de los amigos que los primeros días desfilaron frente a mi dormitorio, ni siquiera la ausencia de mi padre y de mis hermanos que sin yo saberlo me olvidaron.
! A la mierda todos ellos ¡
La verdadera angustia es ver como mis compañeros: el del 5, y el del 17, y el del 8, que apenas esta mañana, vio mi madre cuando le iban vistiendo: han ido muriendo.
Demos gracias a Dios por todos ellos.
julio, de 1999
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