Los dioses me dan a elegir un portal.
Después de cavilar,
el sol ya purpúreo,
elijo el tercero.
Al abrirse aparece una fresca,
fragante flor roja.
Agradecido,
la tomo entre mis dedos,
canto mi triunfo.
Aquellas deidades me invitan a ver
tras los restantes portales:
del primero se asoma una pequeña gacela;
del segundo sales tú,
divina,
triste,
y me interrogas con la mirada.
Dichoso,
giro sobre mí,
me embriago con el aroma de la rosa
y emprendo el camino de regreso.
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