Las hojas crepitan cual leños
al morir entre las flamas,
sucumben bajo raudas pisadas.
Mientras la tierra pare penumbras,
así cernidas sobre objetos,
seres,
el bamboleo de tus pechos
descubre su estrella en mi boca,
y nos aferramos,
enredados,
febriles,
a nuestras pieles lascivas,
así,
así hasta la medianoche (el lobo es testigo),
hasta prorrumpir en aullidos,
consumirnos,
elevarnos
y ser uno con el relámpago. |