La hierba acoge las ropas,
cubre los pies;
en tanto un lobo dirige el concierto,
mil briznas lamen tus muslos,
así descubiertos, y nos señalan la huella
hacia el verde santuario.
Se desgajan tus últimas prendas,
cae tu pelo con el enlace supremo,
y nos conectamos,
allí,
en lo recóndito de la espesura,
mientras los aullidos redoblan su afán;
nos rozamos, frotamos, unimos,
furtivos en la oscuridad,
hasta liberar gemidos,
sollozos,
temblores atávicos.
Por nuestras pieles
chorrea miel curativa. |