El muro rasguña las pieles,
se aloja en sus espaldas.
Del crepúsculo al croar, la eternidad.
Llueven muecas y maldiciones;
crujidos glaciales en los metales;
canas y mocedad jadean el fin;
caen gritos,
rayos,
truenos.
Después, nada más,
sólo la sangre,
dos bultos,
los búhos. |