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El código Uganda

Quiero dejar bien en claro, que, lo hechos que a continuación narrare, son reales.
Acontecieron aproximadamente un mes atrás.
Me tome este lapso de treinta días para contar sobre esta secreta reunión que accidentalmente me toco presenciar, ya que sentí la necesidad de relatarlos, con la mayor exactitud posible.
No recuerdo bien a que hora transcurrieron, de lo que si estoy seguro, es que no fue de noche, por lo tanto, pudo solamente haber ocurrido de mañana o temprano a la tarde, ya que en Agosto oscurece prematuramente.
Había entrado en un bar de Pellegrini a tomar un café, luego de un rato y después de haber ojeado el diario, fui al baño.
Al llegar al urinario, encuentro que este, esta roto, rápido de reflejos busco una solución al inconveniente y decido usar el privado que se encontraba a la derecha del mingitorio.
Tan privado el privado no era, ya que tenía por puerta, un pedazo de madera delgada doblada, que no lograba cubrir la totalidad de la apertura.
Cuando estaba bajando el cierre de mi pantalón, entra una mujer africana con un niño de la mano.
Sorprendido, primero por la presencia de una señora en el baño de caballeros y segundo por el origen de ellos, detuve la apertura de mi bragueta.
Me había dado cuenta que eran del África por varios motivos, entre ellos, su color de piel y sus respectivas apariencias, a ella, se la veía al borde del raquitismo, se le distinguían casi todos los huesos de su cuerpo, salvo aquellos, que la sucia, rota y fuera de onda túnica que vestía, no lograba cubrir, llevaba una enorme ametralladora en su mano derecha. El nenito, totalmente en pelotas, descalzo y desnutrido, era un peladito tan enflaquecido como la madre, pero con panza, con esa panza hinchada que poseen los muertos de hambre, lo único que el pibe tenia eran moscas, si, moscas que le volaban a su alrededor y que de vez en cuando, se posaban sobre sus ojos o su boca, arriba de las moscas, un buitre, que aguardaba pacientemente su momento.
Parecía como que estaban esperando a alguien, yo los seguía observando desde el privado, por el hueco que dejaba la puerta chueca producto de la humedad, descubriendo también en los extraños visitantes, manchas en sus cuerpos posiblemente fruto de infecciones, torturas o balazos.
Los extraños visitantes olían horrible, tan fuerte y desagradable era su olor, que me descompusieron, sentí en un momento las típicas arcadas que preceden a una vomitada, pero por suerte, pude controlarlas.
Al ratito nomás entran dos personas, el primero en ingresar fue un hombre alto y rubio, que a diferencia de la africana, estaba a la moda, vestía un fino y elegante traje azul, zapatos brillosos negros y una hermosa y prolija corbata roja. Portaba un maletín, el cual, iba amarrado de una cadena a su muñeca, evidentemente llevaba algo sumamente importante en el.
Junto al misterioso hombre del maletín, ingreso un señor mayor, este, entro fumando un habano, lucia una chaqueta militar verde, una boina y una desalineada barba.
El de la boina se apoyo contra la puerta, trabándola de esa manera para que nadie pudiera entrar, evidentemente no querían ser molestados ni interrumpidos.
La que rompió el silencio fue ella, al principio, al escucharla, creí erróneamente por el dialecto que utilizo para comunicarse, que era del noreste de Mozambique, pero poco después reconocí por su acento, que ella era del sur de Uganda, donde también hablan ese mismo lenguaje.
Los tipos mostraron signos de no comprender, la mujer se dio cuenta y los saludo nuevamente, esa vez, en español.
- Hola.
Los señores se sonrieron y le devolvieron el saludo, no hubo apretón de manos ni besos, solo un par de holas.
A continuación, barbita, hizo la presentación formal de su acompañante.
- El embajador de Francia.
Comenzaron a hablar en un tono muy amistoso, resulto ser, que, la flaca era la líder de un movimiento revolucionario opositor al gobierno en Uganda y el barbeta, un importante activista rosarino, que había hecho la veces de intermediario para lograr la reunión secreta.
Ella contaba que había llegado de polizón en un barco griego, que el viaje había durado cuatro meses y que durante el trayecto, estuvo escondida en la sala de turbinas, el europeo, contó que tardo en llegar de Buenos Aires, dos horas y cuarto, que por lo general lo hace en menos tiempo pero como el auto era 0 Km y lo estaba asentando no lo pisaba a mas de ciento setenta, el tercero, solo saco su habano de la boca para decir que vivía a la vuelta.
El galo, miro la hora, parecía estar preocupado, como que se le hacia tarde, acomodo su corbata, miro a la negra y dijo.
- Quiero que sepa que su pedido de ayuda para su pueblo ha sido tenido en cuenta por mi gobierno.
Ella sonrió, se la veía feliz, le agradeció.
El embajador continúo.
- Hemos elaborado un plan secreto, el cual, no garantiza en absoluto que ustedes dejaran de cagarse de hambre, morirse por enfermedades menores, de ninguna manera finalizara con las pestes que los aqueja, tampoco acabara con sus guerras civiles, ni eliminara el sida de sus hermanos, nada de eso puede afirmarse, lo que si, le aseguro, terminara con la indiferencia del mundo, de ahora en más, su voz será escuchada.
El viejo se sonrió, contento por el éxito con que se llevaba la reunión, ella, en cambio, parecía un tanto desilusionada.
El francés, se miro en el espejo, peino su cabello y nuevamente acomodo su corbata, para luego develar el plan secreto.
- Señora, escúcheme atentamente, de ahora en más, diga, que “Jerusalén” les pertenece.
Se despidió de ella, sin un beso ni un abrazo, solamente dijo “chau”, el barbudo le abrió la puerta, lo dejo salir, después él siguió su camino y al poco, madre e hijo, también se marcharon.
Una vez solo en el baño, pude orinar, luego, lave mis manos y regrese a la mesa.
Tome mi café, pague y volví a mi casa un tanto preocupado, conciente que mi convivencia con el mundo empeoraría, me daba cuenta, sabia muy bien, que un nuevo frente enemigo, acababa de nacer.


Texto agregado el 04-07-2009, y leído por 13 visitantes. (0 votos)


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