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“Y a fuerza de partir, voy a saber
lo que es volver y volver...”

Mi héroe

Una de las cosas que aprendí durante todos esos años recorriendo el mundo,
fue, entre otras, que no todo el mundo viajaba de la misma manera.
Estaban los viajeros, por así denominarlos, a los cuales por ese entonces yo denominaba los “misters mapas”, pertenecían a este grupo, simpáticos personajes que tenían como característica principal, no dejar nada librado al azar. Por lo general, se los veía recorrer el planeta con pesadas mochilas en sus espaldas, bolsos en sus hombros, riñoneras en la cintura, botellita de agua mineral en una mano y en la otra, si o si, indefectiblemente, un mapa.
Dentro de sus bolsos encontraríamos montones de libros con información relacionada a los lugares que visitarían, ya sea sobre su historia, comidas típicas, alojamiento, tipo de transportes, costumbres, religión, cambio monetario, mapas de rutas, etc. Ninguna eventualidad podía llegar a encontrarlos desprevenidos, por eso, también cargaban en su equipaje con linternas, cantimploras, paletas para la playa, paraguas, bolsa de dormir, carpas, botiquín de primeros auxilios, botas de lluvia, medias térmicas , y muchísimas cosas mas. Jamás emprendían un viaje sin antes haberse colocado todas las vacunas sugeridas, un sello característicos que los distinguía, era una colchoneta enrollada que llevaban en la parte inferior de su mochila.
Comenzaban a preparar sus viajes con meses de anticipación, en sus países de origen, se contactaban con personas que conocían los lugares que ellos deseaban recorrer tratando de obtener la mayor información posible, por eso, también era muy común verlos con una libretita en donde habían agendado todas las recomendaciones recibidas.
Sabían exactamente antes de arribar cuantos días se quedarían en cada lugar y que sitios visitarían, donde desayunarían, que desayunarían, cuanto dinero cambiarían, ya que tenían un calculo casi exacto de cuanto gastarían, en más, sabían de antemano donde comprarían lo regalos para sus amigos, novias, novios y o familiares.
Había muchos grupos de viajeros, pero mi intención es la de referirme a uno en particular, a ese al que yo pertenecía, reconociendo no conocer otros miembros y es el cual, lo integrábamos aquellos que llegábamos a un lugar y no teníamos la menor idea de nada, ya que no nos molestábamos en recolectar ni la mas mínima información del lugar seleccionado, del idioma que se hablaba, de los zonas a visitar, del tipo de alojamiento que existía, muchas veces no distinguíamos si estábamos en el sur o en el norte, en Asia o África, en mas, en algunos casos, no sabíamos a que habíamos ido.
La palabra reserva no existía en nuestro diccionario, íbamos y veníamos sin estrategia alguna.
Viajar de esa manera ahorraba mucho equipaje y tiempo de estudio, pero podía traer terribles consecuencia como cuando en una ocasión, fui a Taiwán y no pude entrar porque no había averiguado que necesitaba un visado especial, o ir al monte Fuji en pleno invierno y no poder ver nada de él, ya que no estaba interiorizado de algo tan sencillo y fácil, como que en esa época del año era tanta la nieve y la neblina, que se veía igualmente nítido el monte a dos metros del mismo, que desde el monumento a la bandera.
Por esos días tenia la sensación de que preguntar, averiguar o investigar, rompía en gran parte el encanto de descubrir lo desconocido, hoy, pasado un tiempo y tras una pequeña autocrítica, debo reconocer que simplemente era un vago de mierda.
Me pongo a reflexionar sobre todo esto por dos motivos.
El primer motivo, el recuerdo de un viaje que realicé, muchos años atrás.
Había decidido recorrer Indonesia, mi primer destino fue la isla de Sumatra, llegando allí en un enorme y moderno barco, el cual había abordado en un pequeño puerto de una simpática ciudad situada al norte de Malacia, llamada Phi Nam.
Al llegar a Medan, capital de Sumatra, me alojo en un hostel en pleno centro de la ciudad.
El lugar era muy sencillo, contaba con unas cuantas habitaciones y un cálido living en donde se juntaban todos a comer, fumar y por sobre todas las cosas, conversar.
Sentado a un costado del living, mientras tomaba una taza de café que nos había ofrecido la encargada del lugar, comienzo a escuchar a una pareja que comentaba a todos los que se hallaban ahí reunidos, que habían estado en una playa paradisíaca que se encontraba en una pequeña isla y que era un lugar increíble, el cual todos deberían visitar.
Impulsivamente, sin preguntar nada ni consultando por sugerencia alguna de cómo llegar a dicho lugar, deje el living en busca de mi pieza, tome mi pequeña mochila y marche rumbo a la isla.
Fui hasta la estación central de colectivos que se encontraba a pocas cuadras de la pensión, una vez ahí, consulte como lograr llegar a la isla informándome que como primera medida, debía viajar hasta una ciudad cuyo nombre hoy, ya no recuerdo.
Me senté en un banco de material a esperar el colectivo, era de noche y hacia frió, en la Terminal no había mucho movimiento, estaba totalmente desolada. Al rato comenzó a juntarse gente a mi alrededor formándose un abanico de personas que me miraban y se reían, parecía ser que mucho por hacer no tenían y habían encontrado en mi, una distracción. El autobús tardo unas cuantas horas en llegar, una vez ahí, subí a el.
Luego de pagar el pasaje, el conductor me cuenta que el viaje duraba casi dos días ya que debía atravesar casi todo Sumatra, dude entre tomar lugar en mi asiento o bajarme debido a la frustrante noticia, pero decidí seguir camino. Al llegar a destino, me encuentro que la ciudad era mas bien un pueblo portuario muy chiquito, en el vivían en su mayoría pescadores, a la gente se la veía muy humilde y tranquila.
Pregunto por la isla y me contestan que para llegar a ella, debía tomar un barco que salía cada tres días, yo había llegado a la tarde y el barco se había ido por la mañana, así que no tuve mas remedio que quedarme tres días en el pueblo en un antiguo y descuidado hotel frente al puerto.
La espera fue dura, las pocas opciones que brindaba el lugar y el insoportable calor se convertían en obstáculos difíciles de soportar.
Llegado el momento, subo al barco, inmediatamente al abordarlo me llama la atención el no ver a ningún turista, yo era el único occidental, la embarcación estaba llena de habitantes de la zona, isleños y pescadores.
Como no conseguí lugar dentro del barco, viaje durante todo el recorrido en el sector de la proa, en la noche, a pesar de morirme de sueño, no me permití dormirme por miedo a caerme hacia uno de los costados e ir a para al mar, ya que las barandas que lo bordeaban eran muy bajas y finas.
El viaje duro casi un día, pero para mi había pasado toda una vida, cuando por fin llegue a la isla, ante mi sorpresa me entero que la playa que yo buscaba, se encontraba a unos cien kilómetros del lugar de arribo y que la única forma de alcanzarla era por medio de un pequeño colectivo que paraba en cada aldea que atravesaba. Subí por una pendiente resbaladiza hasta dar con un angosto camino en donde debía esperar el bus, unas cuantas personas lo aguardaban formando una fila, cada uno de ellos portaba varias bolsas, me coloque al final de la hilera, cuando de repente advierto llegar el vehículo que hipotéticamente debía transportarnos, al verlo de cerca, no pude imaginar como podríamos caber todos ahí adentro.
Al ratito nomás de arrancar ya éramos sin exagerar unas veinte personas en un lugar para cinco o seis, al poco se fueron colmando las escaleritas de las puertas de entrada y salida del colectivito, el techo también se lleno, ahí mandaban a los que viajaban con gallinas u otros animales.
Para colmo, a todo eso, sumarle que los asientos eran de madera, el respaldo formaba un perfecto ángulo recto con el asiento que no permitía viajar mas cómodo que erguido y encima, todos viajaban fumando esos clásicos cigarrillos indoneses famosos por emanar un horrible olor a menta y anís o algo así que los caracteriza, yo ya no soportaba más.
Años después llegue hasta un cruce en el que el chofer me dice que ahí debía bajar, se levantaron los dos que viajaban arriba de mis rodillas y unos cuantos mas para que pudiera salir, una vez abajo, no veo nada que se pareciese a una playa, nada de mar ni arena, por el contrario, lo único que encuentro fue un hombre en una vieja motoneta que me muestra el folleto de unas cabañas frente al océano. El señor se acerco me saludo y me ofreció su servicio de alojamiento. Mucha atención no le preste, yo solo quería llegar de una buena vez, por lo tanto solo atine a decirle, "vamos”. Encendió la moto, posteriormente me hizo señas de que me acomode en el asiento posterior, me entregó uno de los cascos que colgaban a uno de los costados para luego contarme que estábamos a unos cuarenta y cinco minutos aproximadamente de la costa, sentí ganas de llorar, pero no lo hice.
Cuando llego a la playa no había nadie, literalmente nadie, pregunte que pasaba y me entero que la temporada empezaba dentro de unos meses.
No lo podía creer, toda la travesía había sido en vano, resignado deje el bolso en una habitación y me fui a pasear por la costa.
Al segundo día ya me había recorrido toda la playa cien veces, estaba solo, aburrido y decepcionado, pero por otro lado, la idea de volverme que significaba, subirme a la moto luego al colectivito después a la proa del barco para por ultimo tomarme el bus hasta Medan, me aterraba.
Mientras trataba de tomar el valor para el emprender el regreso, comienzo a sentirme mal, muy mal, fuertes dolores de cabeza y estomago, perdida de apetito y una gran palidez se apoderaron de todo mi cuerpo. Llego un momento en el que ya no podía siquiera ponerme de pie.
Sentado en la mesa de un bar de la playa, un hombre que restauraba una oxidada heladera, comienza a observarme mas de la cuenta, al rato se arrima y me mira con cara de preocupación, entendí que le llamaba la atención mi aspecto deteriorado, luego, se acerca más aun hasta ponerse frente a mi y me pide que le muestre mis dedos.
Yo tenía apoyada mis manos sobre mis piernas, me sentía tan mal que ni fuerzas para moverlas me quedaban, el hombre se dio cuenta y las tomo con las suyas para analizarlas detenidamente, parecía como que las estaba estudiando, a continuación, lo veo mover su cabeza en forma afirmativa de arriba hacia abajo en signo de que iba entendiendo la situación, luego, señala mis dedos y me muestra que estos bajo las uñas, están totalmente blancos.
Volvió a colocar mis manos sobre mis piernas, se alejo hasta la mesa en donde había estado reparando la heladera, tomo un paquete de cigarrillos, saco uno, lo encendió, regresó y me dio su diagnostico, “Malaria”, luego dio media vuelta y se fue.
Mire mis blancos dedos, luego hacia mis costados y descubrí una isla desierta, frente a mí el mar, pensé donde estaba y me di cuenta que no tenia la menor idea, sabia que me encontraba en algún lugar de Sumatra, pero no exactamente.
Me hallé más solo que nunca, sin conocer a nadie y además, con Malaria.
Al poco se acerca un viejito pescador que al parecer lo había mandado el mala onda que me había diagnosticado una muerte lente y segura, ya que yo no había tomado los recaudos necesarios como vacunarse para visitar el sudeste asiático tal cual lo hubiera hecho un viajero tipo" mister mapa".
El viejito pescador me pidió que lo acompañe con un movimiento de manos, lo seguí hasta una camioneta muy descuidada a la cual me hizo subir.
Sin decir palabra alguna, puso en marcha el coche y nos fuimos con rumbo incierto para mí.
Yo miraba con mucho detenimiento el camino por la ventana, resignado por mi triste destino, me imaginaba pasando los últimos días de mi vida en una isla en el medio de nada.
El viaje duro muchísimo, no porque la distancia era larga sino porque no había asfalto y viajábamos por un camino de tierra muy arruinado con subidas y bajadas no muy pronunciadas pero continuas.
Llegamos hasta un poblado, al poco y tras unas cuantas vueltas para uno y otro lado, llegamos hasta una casa blanca con una gran entrada.
El viejito, bajo del rastrojero, dio la vuelta, me abrió la puerta y se fue
rumbo al ingreso, lo seguí de cerca.
Una vez ahí, salió un muchacho con guardapolvo blanco, entendí que eso
era como un hospital o algo parecido.
El viejito le susurro algo al de blanco, no se si lo hizo para que yo no sepa lo que decía, de todas maneras yo no hablaba indonés así que imagine que al pobre no le daba para hablar mas fuerte.
Me hicieron pasar a un cuarto, me senté solo hasta que el joven entro y comenzó a
examinarme.
Le saque la lengua cuando me pidió, chequeo mis ojos y me toco la frente.
Cuando me di cuenta que había terminado con la revisada, le pregunte que
tenia,"estas intoxicado y un poco deshidratado, toma mucho liquido, mucha Coca Cola", contesto al tiempo que se alejaba sin despedirse de la sala entrando a un cuarto contiguo.
El viejito me estaba esperando afuera, cuando reparó en mi presencia, se dirigió
hacia la puerta del auto del lado en que yo me sentaba y la abrió, una vez yo arriba, la cerro.
Volvimos a la playa, al bajar me le acerque para preguntarle cuanto le debía a lo que no respondió, solo hizo señas de que lo aguarde, entro a la cocina del
bar en donde nos habíamos encontrado y a volver me trajo una botellita de Coca Cola fría, no me dio tiempo de agradecerle ni nada, solo apoyo su mano en mi hombro con una sonrisa y se marchó.
El segundo motivo que me impulso recordar y escribir esta historia, fue el siguiente.
Hoy leyendo la capital, tomando un café con leche caliente, me informaba que
Sumatra fue una de las zonas mas afectadas por el Tsunami con más de doscientos mil muertos, remarcando la nota que sus islas fueron las mas afectadas, por lo tanto los pescadores de esa zona difícilmente pudieran sobrevivir.
Pensé en el viejito pescador, que seria una de la victimas, las probabilidades son altísimas, sobre todo conociendo la pobre estructura en salud con la que cuentan y a sabiendas de lo difícil que seria encontrar un refugio en una situación extrema.
.......................................................
Sentí la necesidad de contar esta historia, la del viejito pescador, el héroe, que sin espada ni capa ni mascara, solo con su rastrojero, salió de su escondite secreto para protegerme.

Texto agregado el 07-07-2009, y leído por 22 visitantes. (0 votos)


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