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Inicio / Cuenteros Locales / cadur / El mounstro de Kilburn

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El monstruo de Kilburn

Capitulo 1
En busca de un lugar para vivir

A Londres llegue con un amigo, el Pollo, a fines de la década del ochenta. Nuestra intención era conocer un poco y tratar de trabajar para juntar algo de dinero y poder seguir viajando.
El primer problema que tuvimos que sortear, fue, encontrar un lugar para vivir. No teníamos mucho dinero, así que nuestras posibilidades se reducían bastante.
Tomamos el tren en el aeropuerto y llegamos hasta una estación llamada "Base Water", ahí descendimos, dimos algunas vueltas y entramos en una inmobiliaria.
Nos recibió un joven muy simpático que no pudo contener la risa cuando al preguntarnos cuanto estábamos dispuesto a pagar por un cuarto semanalmente, le contestamos, “no mas de 40 libras”.
Muy amablemente, nos aconsejo que vayamos para la zona de Kilburn, que por ese barrio íbamos a conseguir algo acorde a nuestro magro presupuesto.
Tomamos el tubo como le dicen los londinenses al subte y en pocos minutos nos encontrábamos en la estación de Kilburn, una vez ahí, decidimos descansar un rato. Entramos en uno de esos tradicionales kioscos atendidos por lo general por inmigrantes hindúes a comprar algo para tomar, cuando estoy pagando advierto que en una de sus vidrieras colgaban algunos cartelitos en donde se ofrecían cuartos y o departamentos para alquilar.
Agendamos unos cuantos números, buscamos un teléfono público y comenzamos a llamar.
El pollo era el encargado de hablar, ya que su nivel de ingles era mucho mejor que el mío.
Tras varias comunicaciones sin éxito, advertí cuando al consultar cuanto pedían por un cuarto el Pollo sonrío y entendí que habíamos conseguido algo, posteriormente, me pidió que le alcance una birome y un pedazo de papel, en donde anotar una dirección.
Ni bien corto, pregunto como llegar al lugar indicado, por suerte se nos informo que estaba bastante cerca y al ratito nomás, ya nos hallábamos en lo que seria la casa, que nos cobijaría en el lapso de nuestra larga estadía, en el Reino Unido.

Capitulo 2
La casa, la familia y los inquilinos

Al llegar a la casa, tocamos timbre, mientras esperábamos que nos atendieran yo observaba fascinado como todas las casitas una al lado de la otra totalmente iguales y pintadas del mismo color, me ofrecían una imagen arquitectónica totalmente nueva para mí.
De repente, una mujer de unos sesenta años abrió la puerta y nos miro desconfiada sin saludar ni preguntar nada.
Se la veía desprolija, tenia poco y muy desarreglado pelo, vestía una pollera verde que lucia ridícula combinada con las medias tres cuartos y la campera de lana que apenas le cerraba.
De muy mala manera y con bastante fuerza, nos cerro la puerta en la cara, con el Pollo nos miramos sin saber que hacer, en medio de nuestra confusión, la puerta se abrió nuevamente.
Esa vez fue diferente, un hombre bajo y morrudo, nos recibió cálidamenente, pregunto si éramos los que veníamos a ver el cuarto y al afirmárselo, nos invito a pasar.
Su nombre era David, lo primero que me llamo la atención en el, fue su nariz, redonda y llena de granos, como una pelotita de golf, pero colorada. Eso sumado a su olor a cerveza, daban por tierra cualquier duda sobre si el tipo era alcohólico.
El ingreso era un pasillo de unos dos metros de largo, que hacia las veces también de hall de entrada, ahí David nos pidió que lo esperáramos un momento.
El pasillo luego tomaba dos caminos, uno seguía hasta el fondo en donde vivían los propietarios de la casa y el otro, a una escalera que comunicaba con los otros niveles de la vivienda, ahí alojaban a los inquilinos.
A la altura del primer escalón, por el corredor, se encontraba la cocina, que cumplía doble función, una, la tradicional, ósea, cocinar, guardar la comida, preparar café entre otras y la segunda, convertirse cada vez que alguien entraba o salida de la casa, en el puesto de control de la vieja. Desde ahí vigilaba todo, al menor ruido de la puerta ella se asomaba y controlaba la situación, por lo general, aparecía secando algún plato con un repasador.
Al poco volvía David y comentaba que había ido por la llave y nos ofrecía que lo acompañemos a subir.
Al tiempo que comenzamos el ascenso, se asomo un chico de unos nueves años, flaquito, colorado y bien pecoso.
En un momento cruzamos miradas, intente saludarlo alzando mi mano, pero recibí por respuesta una sonrisa endiablada como diciendo, “no sabes la que te espera”.
Era el menor de los tres hijos de la familia.
El aroma de la casa era desagradable, una mezcla de humedad, alcohol y suciedad. Las paredes totalmente descuidadas, vestidas con un empapelado viejo y despegado por todas partes, el techo, lleno de telas de arañas y con bloques de cielorraso caídos, la alfombra, estaba tan descolorida y gastada que parecía una lija, en un descuido, si uno la pisaba descalzo, podía llegar a quedarse en carne viva.
Llegamos hasta el primer piso, ahí había dos puertas, una era el baño compartido por todos y la otra pertenecía al cuarto en el que vivía la hija de David y su malvada mujer.
Continuamos subiendo hasta llegar al siguiente nivel, en donde se encontraban otros dos cuartos, el descanso también hacia las veces de sala de estar, ya que tenia una mesita ratona y un viejo sofá.
En una de las habitaciones se alojaba un negro que cuando me hablaba no le entendía bien, tenia un acento rarísimo, me gustaba su estilo parecía un cantante de esos setentosos de música disco, con sus pantalones bombillas, camisa de cuello grande y la gorra a cuadros blanca y negra, trabajaba en una tienda de discos usados a pocas cuadras de la casa.
En el cuarto de al lado, se hospedaba un marroquí que según él, era el chef de un restauran en la zona Picadilly Circus, al principio me pareció un poco soberbio pero con el tiempo llego a simpatizarme.
De ese sector, nacía la parte final de la escalera en forma de caracol, que comunicaba con el último piso.
Hasta ahí llegamos, solo una habitación se encontraba en ese nivel, David la abrió, luego entramos.
Al verla, me dieron ganas de salir corriendo, los vidrios de la ventana rotos, papeles tirado por todos lados, los colchones de la cama manchados y para peor de males, los malos olores se potenciaban ahí adentro.
El Pollo, al descubrir mis intenciones, murmuro por lo bajo, “no rompas las bolas, peor es dormir en la calle” y lo alquilamos.


Capitulo 3
Ruidos extraños

Dos cosas en la vida cotidiana de la casa, eran habituales, una, los gritos de la vieja a su hija cuando se iba o venia de la vivienda.
Lo único que le escuche decir durante el año en el que viví ahí a la madre, fue, “bitch!,¡bitch!”vale decir, “¡puta!!puta!”.
Cuando la pobre piba debía bajar o subir la escalera, la señora se asomaba y comenzaba a putearla. Se la podía comparar por la forma en que se abalanzaba contra la escalera para gritarle, a esos hinchas de fútbol, que en la cancha corren contra el alambrado cuando un jugador visitante va a patear un corner y le dicen de todo.
Parecía ser que la señora no le aprobaba el novio y no encontró mejor forma de manifestárselo, evidentemente sin terapia de por medio, que de esa manera.
Lo otro habitual en la rutina diaria que por cierto llamaba mi curiosidad y me desorientaba totalmente, eran unos ruidos muy extraños que se oían a toda hora del día.
Algunas veces, se percibían como lamentos desgarradores, en otras, rugidos, también eran muy frecuentes risas descontroladas, golpes de puño y patadas contra alguna puerta.
Por mucho tiempo no supe a que se debían y cada vez que los escuchaba, el miedo se apoderaba de mí.
Una tarde llegando del trabajo, muy cansado, subía con las últimas fuerzas a mi cuarto.
En el trayecto apareció el negro que cargaba con un par de discos en su mano, justo en ese momento, se comenzó a escuchar aullidos y algo parecido a una suplica.
Al ver mi cara aterrada, el negro, con una cínica sonrisa a la vez que me guiñaba un ojo me contaba, “es el monstruo del sótano, debe querer salir”, para luego irse y abandonarme al borde de un ataque de pánico.
Días después, encontré al moreno funky town nuevamente en la escalera y le pedí mas información sobre la historia del monstruo del sótano y me contó, que la vieja tenia encerrado ahí sin dejar salir a uno de sus hijos, debido a que era deforme y no dejaba a nadie que lo viera.

Capitulo 4
El monstruo

La mayor parte del tiempo me encontraba solo en la pieza, ya que el Pollo trabajaba en un horario diferente al mío.
Por lo general yo llegaba tipo seis de la tarde, ponía un poco de música, comía algo y me sentaba a descansar.
Pero un día cambio todo, ya nada volvería a ser como antes.
En esa ocasión, me hallaba preparando unas tostadas y un café con leche, la tele estaba prendida pero no la veía.
En un momento percibo ruidos extraños a los cuales no di mayor importancia, poco después, los escucho nuevamente.
Decidí apagar la televisión para oírlos mejor, un escalofrió invadió mi cuerpo.
Apoye la oreja contra la puerta y pude descifrar esos sonidos, eran pisadas de alguien que subía la escalera.
Los pasos eran diferentes a los que yo solía oír, estos eran más pesados y lentos, un tanto discontinuos.
Cerré la puerta con llave por precaución y espere a ver que pasaba.
Unos segundos después golpean la puerta, por el temor que tenia no me anime a abrirla, atine solamente a preguntar quien era recibiendo como única respuesta un siniestro y macabro silencio, para luego si, volver a sentir esas pesadas pisadas, esa vez acompañada de una carcajada horrorosa.
Eso volvió a ocurrir minutos después, cuando los nervios comenzaban a apoderarse de mí y no me quedaba uña alguna por destruir, distingo la llegada otra vez de esos inhabitúales pasos y la puerta nuevamente fue golpeada.
Junte el poco valor que me quedaba y decidí abrir y enfrentar la situación, al hacerlo, no encontré a nadie, eso me tranquilizo, pero me llamo poderosamente la atención.
Me dispuse a comer mis tostadas, agotado sicológicamente, necesitaba reponer fuerzas.
Pero no pude, alguien llamaba a la puerta de nuevo, no sabia ya que hacer, resolví jugármela y que fuera lo que Dios quiera, abrí la puerta y como anteriormente, nadie estaba ahí.
Me apoye lentamente contra la baranda de la escalera para observar si alguien andaba por ese sector de la casa y ahí los vi.
El hijo de David, el pecoso, acompañado de un chico de no menos de dos metros de altura, todo rapado, muy gordo, usaba un pantalón corto y una remera que no llegaba a cubrir ni la mitad de su panza, unas zapatillas sin medias calzaban sus enormes pies, reconocí en él rápidamente, rasgos de retraso mental.
Al verme, el monstruo, comenzó a reírse, aplaudía con palmadas por sobre su cabeza a la vez que daba pequeños saltos, evidentemente, estaba disfrutando la situación y por lo tanto lo festejaba.
En cambio el pecoso, con las manos a sus costados me dirigía una sonrisa burlona, orgulloso de si mismo, al haber conseguido su objetivo.
Entre al cuarto, me senté en la cama ya sin miedo alguno y trate de reflexionar sobre lo ocurrido.
Pensé en bajar y explicarles que no existía ningún reglamento oficial, pero por experiencia de amigos y mías propias, al ring raje no se jugaba así, por lo general se toca el timbre o se golpea una puerta para luego salir corriendo y buscar un escondite en donde uno no pueda ser descubierto y desde ahí, espiar a la victima sin ser visto y disfrutar en el anonimato de cómo se enoja, no como hacían ellos, que se me reían en la cara, eso era como gozar al rival.
Esto comenzó a ocurrir asiduamente, siempre pasaba lo mismo, con el tiempo me empezó a gustar, algunas veces estaba aburrido y me quedaba esperando que vengan a jugar al ring raje conmigo.
Yo siempre me hacia el boludo, como que no sabia nada y abría la puerta preguntando quien era, en una ocasión atendí unas cuatro veces antes de mirar hacia abajo y darles la oportunidad de que se rían en mi cara, momento en donde daban por finalizado el partido
Una vez cambiaron la rutina, en esa ocasión se podría decir que dispusieron de cierta logística y contaron con una pequeña producción.
Al golpearme la puerta, la abrí esperando no encontrar a nadie y ante mi sorpresa el pecoso estaba ahí, con las manos atrás, tratando sin éxito alguno de ocultar la picara expresión de su cara con una mas inocente.
-Tiene una llamada telefónica- dijo seriamente.
-¿Para mi?-conteste desconfiado.
-Si- afirmo sin titubear.
Me asome a la baranda y noté que sobre la mesita del descanso, habían colocado un teléfono, el monstruo que sostenía el tubo con una de sus manos, me miraba expectante con la boca abierta perdiendo baba por uno de sus costados.
Sin alternativa baje tras el pecoso, al llegar, tomo el teléfono que ni siquiera estaba conectado a la base y respondí el supuesto llamado.
Al decir “hello”, los dos escaparon bajando la escalera a los gritos, muertos de la risa.
Mi visa se terminaba y abandone la casa una fría noche londinense, el único que me despidió fue David, era tarde y los demás ya dormían.
Ahora que evoco estas historias, tengo que reconocer que me generan una gran tristeza, siento una gran decepción personal.
No puedo entender ni perdonarme, como no tuve un gesto aunque sea mínimo de cariño para con el monstruo, hoy me hubiese gustado recordar el haberle regalado un helado o cualquier otra cosa.
Tampoco mi memoria registra ocasión alguna, en la que le dirigí la palabra o que lo haya tocado, ni siquiera una palmadita, que lastima, me lo perdí.
De todas maneras, me queda el consuelo, que lo deje ganar.


Dedicado al mejor jugador de ring raje que conocí en mi vida, Gabriel, el lechu, Levit.



Texto agregado el 07-07-2009, y leído por 22 visitantes. (0 votos)


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