La experiencia
Cuando la vi pasar, no pude evitar que tristes recuerdos que tanto me habían costado borrar, reaparecieran, reminiscencias de un tiempo pleno de sufrimiento, dolor y decepción.
Cuanto desencanto y llanto pudo ella causarme en esa ya lejana tarde lluviosa y gris, cuando con un simple pero contundente, “terminamos”, me apartaba de su camino.
El corazón partido, el alma devastada y la mirada ausente, fueron fieles socios de la desesperación y la angustia, que por ese entonces eran las únicas y exclusivas sensaciones que acompañaban mí sin sentido viaje por la vida.
Que no intente por recuperarla, la llame, la busque, le escribí, le suplique, la amenace, lamentablemente era muy joven, utilice todas la armas prohibidas, esas armas que hoy a la distancia, un hombre de experiencia no usaría para conquistar o reconquistar una mujer, esas armas llenas de impaciencia, celos, agresividad, obsesión, armas vacías de amor, comprensión, tiempo y picardía.
Cuanto hubiese dado en ese momento por tener la fórmula perfecta, la receta inequívoca para recuperarla, para que volviese a mí, para volver a tenerla en mis brazos aunque sea, por una vez más.
Siempre creí que la vida era injusta, que nos llenaba de conocimiento y sabiduría cuando ya no la necesitábamos, que nos daba el don de la sapiencia demasiado tarde, cuando ya no podía ser utilizada en momentos cruciales para efectivas resoluciones, siempre pensé, vida, que eras injusta, siempre, hasta recién, cuando la volví a ver después de casi veinte años, gorda como una vaca, con los brazos anchos y arrugados como un bandoneón, con los pelos quemados de tanta tintura, con esas piernas, con esas piernas indescriptibles, inenarrables, ¡ay por Dios!, que terrible castigo habran tenido que pagar esas pobres piernas para terminar en ese estado calamitoso.
Tengo que reconocerte vida, que estuve equivocado, muy equivocado contigo, no pude entenderte, lo siento, fui muy injusto, por eso te pido disculpas, y te agradezco y te doy las gracias, por ser tan divinamente sabia.
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