Ella sostiene mis manos cada vez que tambaleo alrededor del abismo, de repente cuando los caminos se me cruzan y se tornan cada vez más incomprensibles y difíciles, cuando los enamoramientos se disfrazan de amor y descubro irremediablemente que no existe nada más efímero que mis deseos ella se prolonga en los cielos haciéndome saber que será mi único amor.
Un amor que no supura intermientecias, exento de inseguridades emocionales.
Lo primero que uno desea cuando se aferra a esta necesidad es guardar su finitud en una caja de cristal para que las adversidades que me presentara la vida no la quiten nunca de mi lado.
Aquieta siempre mis ansias con sus sonrisas y balbuceos, mi mundo ya no es bizarro y pueril a su lado, con ojos que se pierden al analizar lo complejo de la vida y mis palabras, siempre obtendré la respuesta exacta a todos sus dolores, injusticias y s rencores.
Me sumerge abstractamente en su mundo de colores, gama de marrones y lágrimas tempranamente derramadas que tratan sobre la desdicha ajena y son tan humildes como sus primeros actos de solidaridad, emerge en ese momento la esperanza de saber que crecerá con felicidad.
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