La confesión
Todos los miembros de la familia, sin excepción alguna, se encontraban en la mesa de la cocina, algo que no acontecía frecuentemente.
El padre, sentado en la cabecera, trataba sin éxito alguno de concentrarse en la lectura del diario, su mujer, que servia café en silencio, estaba ubicada a su izquierda, la abuela, se hallaba en la otra cabecera fumando, algo nerviosa, un adolescente y una niña, dos de los tres hijos del matrimonio, ocupaban el otro lado de la mesa.
El ambiente no era el mejor, tenso, frágil, la preocupación y la impaciencia dominaban la escena.
Nicolás, el hijo mayor, había solicitado una reunión, el motivo: hacerles una confesión.
Todos íntimamente barajaban conjeturas, pero ninguna la comentaba, tal vez, porque guardaban la minima esperanza de que sus corazonadas no sean ciertas, tal vez, por precaución, para prevenir herir sentimientos ajenos.
Nicolás entro a la cocina, saludo y fue directo a la heladera, busco un vaso, lo lleno de agua, luego se sentó en la única silla desocupada que quedaba. La madre, fue la primera en romper el silencio.
- ¿Queres comer algo Nico, hay empanadas en el freezer?- pregunto con voz entrecortada.
- No mami, grazias, ya comí de zebaztian.
- ¿Seguro, mira que hay un montón?- insistió.
- Zeguro, eztoy relleno, me cozino una hambarguezaz zebaztian.
Nicolás trato de beber un sorbo de agua, pero sus nervios le jugaron una mala pasada volcando el contenido del vaso en su pantalón, ninguno le dio gran importancia al inconveniente, Nico se seco un poco para luego por fin hablar.
- Primeramente quiero agradezerlez que hallan venido, ezte ez un momento muy difízil para mí.
Nicolás interrumpió el relato para beber otro sorbo de agua, luego continuo.
- Quiero que zepan, quiero confezarlez, que yo, dezde muy chiquito, máz o menoz dezde que tenia cazi doz añoz, hablo con la zeta, no ze bien el motivo, zi ez zicologico, biológico o fonoaudilógico, pero la verdad ez que ziempre hablo con la “zeta”, ziempre con la “zeta”, no importa zi ez una eze de zolo o eze de zoldado, o zi ez una ze de zeleste o de ze de zierto, para mi zon todaz zetaz, guarda, no zoy gangozo, ezo ez otra coza, aún peor todavía, yo zolamente zezeo.
Un mortal silencio invadió la cocina, la abuela, no pudo evitar ante la inesperada y sorpresiva revelación romper en llanto, en un llanto desconsolado, casi dramático. El padre reacciono golpeando la mesa, logrando hacer caer algunos pocillos, después se levanto y grito.
- ¡¿Qué van a decir los vecinos cuando se enteren? ¿Qué van a decir?!
El jefe de la familia abandono el recinto insultando, maldiciendo, poco después volvió y dijo con desprecio.
- Eres la vergüenza de la familia.
El padre se retiro nuevamente para ya no volver, la madre, en su lugar, espero el momento adecuado, cuando entendió que era el indicado, se paro, se acerco a Nicolás, lo beso en la frente y trato de consolarlo.
- Ya se le va a pasar, con el tiempo, se le va a pasar.
|