Hace muchísimos años en la antigua China vivía un talentoso músico llamado Gong Mingyi.
Cierto día que salió en busca de inspiración, encontró una piedra lisa al costado de un lago repleto de camalotes de loto florecidos.Un manto rosa y verde que lo cubría en su totalidad. El espectáculo era tan bello que pensó que era el lugar ideal para que un músico pudiera componer. Entonces se sentó, acomodó su instrumento de cuerdas llamado qin sobre sus rodillas y lo comenzó a tocar.
De pronto se dio cuenta de que no estaba solo. Una enorme vaca rumiaba su pasto. A Gong Mingyi le gustó la vaca. Y comenzó a tocar alegres melodías. Sin embargo la vaca no se inmutó, no lo miró, ni siquiera volvió la cabeza hacia donde él estaba y siguió pastando como si nada.
Lo que sorprendió totalmente al músico, que volvió a ejecutar su qin sin dejar de observar a tan impávido animal, y comprendió que por más que se esforzara, esa música no le llamaba la atención porque no significaba nada para esta pobre vaca.
Entonces Gong Mingyi, sonriendo con picardía, comenzó a tocar acordes que sonaban como mugido de terneros, moscas, mosquitos y chicharras. Y esta vez, sí tuvo suerte. La vaca paró sus orejas, siguió la melodía atentamente mientras balanceaba la cola de aquí para allá.
Se ve que él esta historia la contó, porque aún se la sigue narrando y se lo recuerda como el músico que sabía darle a cada uno lo que podía disfrutar.
Recreación de María Mercedes Córdoba para ser contada oralmente en El teatro de la Casona,
de la fábula de Mou Zi.
22 de agosto de 2009
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