La caja del tío Segismundo
El que desprecia el aplauso de la muchedumbre es que busca sobrevivir en renovadas minorías durante generaciones.
(Miguel de Unamuno)
I.
Ya nadie se acuerda de mi tío Segismundo Andrade. Se suicidó cuando yo acababa de cumplir seis años y toda la familia supo sobrellevar la pérdida, al parecer más rápido de lo que cuentan. Recuerdo que atendía una pequeña librería y que siempre andaba con dulces de menta. Es todo. La historia cuenta que se colgó de una viga en el garaje de su casa, tal como los célebres suicidas de todos los tiempos: atándose una soga al cuello. Antes de ejecutar el acto, fue a dejar a su querida tienda de libros un cartel que decía “cerrado por duelo”. Ese es mi tío Segismundo. El día de su funeral me dijeron que se volvió loco, ni una palabra más. Yo era sólo un niño, pero a medida que pasaron los años la explicación no fue mejorando.
Una añosa y enmohecida caja de cartón vino a despertar mi interés por su muerte, casi quince años después. Mi madre y yo limpiábamos el sótano de la casa, tras años de omitir su polvorienta existencia subterránea, cuando me topé con la susodicha en un rincón entelarañado. Se leía la palabra “Segismundo” en uno de sus costados, escrita con plumón negro ya desteñido. Estaba llena de libros, cuadernos y papeles. Se la mostré a mi madre y me dijo que la botara, que no era más que basura. Su desdén debió haberme molestado a un nivel subconsciente, ya que nunca supe muy bien por qué llevé la caja a mi habitación y la revisé durante la noche.
Digamos que mi tío Segismundo actuó como mi portal hacia otra dimensión. Es una buena analogía. Su cajita de cartón, a la que podríamos llamar el residuo de su carácter, contenía libros de materias tabú aún para nuestra época. Había textos de filosofía contemporánea, historia de Oriente, física cuántica, ufología, viajes astrales, metempsicosis, estado del bardo, telepatía, facultades parasensoriales, terapéutica subhipnótica, teosofía, ocultismo, etcétera. Además de sendos ensayos, de puño y letra de mi tío, acerca de la inteligencia del Cosmos, de la decadencia del Hombre y de la agonía del mundo actual. Se imaginarán la hecatombe que produjeron en mí tales escritos, aunque lo más sorprendente fue otra cosa: su diario de vida.
II.
Dejé de asistir a mis clases de la universidad; de hecho, reprobé un par de ramos. La deteriorada caja del tío Segismundo operó en mí como un hallazgo revelador, fascinador. Cada día me devoraba algún texto que me remecía. Lástima que el hervor de la sangre, propio del entusiasmo, genere obsesión y todas sus consecuencias. De entre los ensayos de mi tío, se repetía la idea de que nos hemos sostenido en visionarios que abrigaron la angustia de estos espacios infinitos; gente que concibió que vivimos un mero capítulo de la historia, una historia cuyos bestiales y obtusos personajes quizá nunca permitan su apogeo. El tema de los planos del universo, por su parte, me voló la mente. Eso sí, hubo un par de libros muy arcaicos que no pude leer, ya que estaban escritos en un idioma desconocido para mí: el sánscrito.
Había leído casi la mitad del material de la caja cuando me encontré con el diario de vida de mi tío. Se trataba de un cuaderno con fechas esporádicas que iban desde 1962 hasta 1983. Lo leí en una noche, de un tirón, y quedé pasmado: su vida era fascinante. Tuvo tres novias importantes: la señorita D, la señorita N y la señorita C. Así las llamó en su diario. La que más me simpatizó fue la señorita N. Todas lo abandonaron, pero ella en particular tuvo sus razones. Por lejos, lo que me pareció más asombroso fue su participación en una sociedad, al parecer secreta y antiquísima, que suministraba dinero a sus miembros para que se dedicaran a la perfección de su alma. A lo largo del diario, superficialmente y sin dar nombres, hace referencia a dicha cofradía, a sus ritos y a la desesperanza que le causaba la mediocridad espiritual de algunos de sus integrantes. La parte final del cuaderno expresa un periodo de oscuridad, pleno de angustia, donde se refiere a su encierro en sí mismo, a su incomunicación con el resto y a su adicción al alcohol y a ciertas substancias derivadas de plantas extrañas. El diario acaba de golpe y nada dice acerca de su suicidio.
Planeé una suerte de investigación dentro de la familia. Así, abordé con un cuestionario acerca del tío Segismundo a todos mis parientes que lo conocieron. La mayoría me habló de sus vicios, llámese alcohol y drogas, pero nadie sabía mucho de él, ni siquiera su única hermana: mi madre. Según ella, fueron cercanos durante la infancia, pero el tiempo los alejó. Agregó: era raro. Cada familiar que interrogué usó el mismo epíteto: raro. Era evidente: me sumergía en la intimidad de un hombre complejo, enigmático y, por sobre todo, incomprendido. Un hombre cuya arraigada angustia lo hizo dueño de excelsos niveles de conciencia, cuestionamiento y búsqueda. Su cruz y su maldición. Fue inevitable que sintiera la exaltada ansia de averiguar el verdadero motivo de su suicidio. Mal que mal, la caja de cartón y yo éramos las únicas huellas de su paso por este mundo.
III.
Leer entre líneas. Cada libro, cada ensayo, cada apunte. He ahí la clave de su muerte autoinflingida. Un repaso general de mis lecturas me dejó dos teorías. La primera: está vivo, en algún lugar. Todo era un plan para empezar de cero. La caja fue una broma, como el cartel que colgó en su librería antes del “suicidio”; un chiste irónico y macabro. No. Imposible. Vamos con la segunda teoría: cayó en depresión. Claro, una sensibilidad sublime como la del tío Segismundo simplemente no fue capaz de adaptarse a la decadencia espiritual e intelectual del mundo de hoy. Triste, pero lógico. Tengo que confesar que todo esto también me angustia. Siento que me abro paso en un territorio deslumbrante, colmado de ocultas y extraordinarias ventanas, pero perturbador. No sé si aquello sea bueno o malo.
Leí el último documento de la caja; ya vacía, era hora de apartarme de ella por un rato. Retomé mis clases de la universidad y mi vida social; pero claro, ahora un tejido distinto revestía todo. A modo de cierre de un ciclo, construí en mi pieza una repisa y la llené con los textos de mi tío, ya libres de polvo y telarañas. Era mi orgullo. Conservé la vieja caja de cartón en mi cuarto un par de días, de melancólico que soy, pero finalmente resolví botarla. La tomé y noté algo: su peso. No se condecía con su ausencia de carga. La examiné y me di cuenta que tenía un fondo falso. Frenético, retiré el cartón adicionado y descubrí unas cintas en la base. Fue así como supe que mi tío oía a los Beatles, los Doors y Ludwig van Beethoven. Pero fue una cinta de video la que me sobrecogió por completo, la cinta de video en la que mi propio tío Segismundo Andrade se despedía del mundo.
La película operó como una suerte de catarsis terapéutica. Pulsé PLAY: mi tío encendió la cámara, se situó en un sillón y empezó a hablar. Su imagen era estremecedora, violenta. Tenía un aspecto desaliñado y gesticulaba con un brío escalofriante. Irradiaba un talante desesperado, atormentado, guerrero. Por un momento sentí ganas de llorar. Divagó cerca de veinte minutos. Se refirió a lo que él llamaba “verdades cósmicas”. Explicó que éramos simples partículas de un plan maestro, dominando continuamente nuestros instintos biológicos básicos y experimentando día a día el equívoco para perfeccionar un tipo de vida superior, inaccesible a nuestra comprensión. Puso énfasis en lo que llamó “la materia prima invisible del ser humano”. En seguida agregó: el Hombre puede amar, sufrir y perdonar como ninguna otra criatura en el Universo. Finalmente, de súbito, declaró que debía suicidarse, dijo adiós y apagó la cámara. La tercera teoría acerca de su fin me sacudió de inmediato: el tío Segismundo halló lo que buscaba; la respuesta a la pregunta. La muerte era su único acceso. |