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Inicio / Cuenteros Locales / beactriz / Nadie se muere de amor

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Todos los pasillos en éstos lugares son iguales: largos, fríos y siempre oliendo a pintura de esmalte, como si acabaran de darles una mano, como si quisieran ocultar algo – pensaba Alfredo-- mientras se dirigía al cubículo donde se encontraba la única persona que le había brindado un panorama correcto y trascendente en materia de psicoanálisis. Hubiera querido conocerla en otra circunstancia y poder expresarle su admiración, tener la oportunidad de consultarle y cambiar impresiones con ella, después de haber sido su más ávido lector desde estudiante. Sin embargo traía consigo la más ingrata de las tareas.
Aquella puerta de metal se abrió y al fondo del cubículo, una pequeña mujer, sentada frente a una mesa, con la mirada profundamente perdida y las manos heridas y entrelazadas.


- ¿Doctora Estévez? soy el Doctor Arreola, mucho gusto. Antes que nada quiero decirle que es un placer conocerla.
- Lo que no soporto es el recuerdo.
- ¿Perdón?
- Después de todo éste tiempo no puedo olvidar su cara, su olor ni sus infectas manos restregándolas por mi cuerpo, según él con pasión y lujuria mientras yo moría de asco unas veces y de aburrimiento otras. Me desagradaban hasta la náusea sus escenas románticas preparadas con anticipación y esmero. Supongo que muchas veces resultaron muy notorias mis muecas de fastidio y hasta el deseo de contener la risa, pero era inevitable, sobre todo cuándo seguía paso a paso su rutina de seducción con la esperanza de sorprenderme. La única vez que pude tener sexo con él, fue en absoluto estado de ebriedad pues, la sola idea me provocaba repulsión. También me odié por eso.
- Comprendo. Doctora, he estado hablando con su abogado y él me refiere lo importante y delicado de su caso. Yo quisiera, si le parece bien...

La Doctora Estévez, ahora la paciente del cubículo 36, golpeaba las paredes con las manos, se restregaba contra aquella prisión inmunda al tiempo que susurraba.

- Su enfermiza necesidad por complacerme, su constante intención de agradarme, la pretenciosa e ilusa demostración de que podía leerme el pensamiento, me condujeron al borde del paroxismo. Sé que pude haberlo matado en cualquier momento; me contuve muchas veces de romperle un jarrón en la cabeza o estrellarle la cara contra la pared. Llegué a soñarlo con una pistola dentro de su boca y yo le ordenaba jalar el gatillo; él obedecía al mismo tiempo que me decía “si mi amor, como tu quieras”. ¡No lo soportaba! siempre me lo decía en el mismo tono y con la misma sonrisa cursi, mientras yo sentía que ardía de furia y desesperación.


- Me gustaría saber cómo fue que empezó todo.
- Fui yo, yo cometí el error. Sabiendo de sus conductas sociopáticas y de su auto compasión, permitir que imaginara lo que no era ¡lo que nunca fue!
- ¿Qué es eso que nunca fue?
- Todo empezó con esa estúpida apuesta; mis queridas amigas decían que no lo soportaría ni quince días, pero yo, tan decidida y valiente aposté por un mes. Tenía que ganar, salirme con la mía, demostrar que siempre lograba lo que quería sin importar el costo y salir victoriosa para obtener el reconocimiento de los demás. ¿tiene un cigarro?

Arreola sólo alcanzó a negar con la cabeza

- Me espiaba, me acosaba todo el día, todos los días desde el primero. Por supuesto haciendo alarde de sus apetencias múltiples impostergables.
Aquella noche fue el colmo. Estuvo conmigo desde temprano y como siempre, hizo planes, me organizó y resolvió mi vida para pasar “todo el día juntos”. Tan complaciente, tan generoso, tan insoportablemente cariñoso durante tantas horas, que yo sentía que me asfixiaba. Al décimo “si mi amor, como tu quieras” no me quedó más que explotar y gritarle a la cara lo que no había sido capaz de decirle en todo ese tiempo: lo pusilánime y mediocre que me resultaba. Fue como una liberación, como la gran catarsis que ya me debía la vida, esa etapa de mi vida. Pero cuidado, pensé, sólo habían pasado dieciocho días. Lloró como nunca vi a nadie que lo hiciera. Amenazó con matarse, se revolcaba en el piso, se golpeaba la cabeza contra el barandal de la escalera, estuvo a punto de lanzarse desde el segundo piso gritando que moriría por mi amor. Tuve que detenerlo, aunque en el fondo deseaba que lo hiciera. Fue lo peor que pude haber hecho, se abalanzó sobre mi, me besaba mientras agradecía que lo quisiera porque impidiendo ese accidente le demostraba mi amor. Fue asqueroso. Forcejeamos, yo le decía que estaba enfermo, que era un psicópata, que me dejara en paz. Empezó a gritar y me salpicaba la cara con su nauseabunda saliva. Se puso frenético lloraba y reía al mismo tiempo. Lo empujé y rodó escaleras abajo.

Estévez se subió a la silla, luego a la mesa y finalmente se escondió debajo de ella.

- Doctora disculpe, pero usted mejor que nadie sabe que esas patologías requieren de una terapia, un tratamiento intensivo y multidisciplinario...
- No fue nada grave; se fracturó el brazo, se esguinzó dos cervicales y tenía algunos golpes en la cabeza.

El le tendió la mano para ayudarla a incorporarse y sentarse nuevamente en la silla. Ella accedió.

- Estuvo varios días en cama y faltaban pocos para ganar la apuesta, así que pensé que a pesar de todo podía continuar con mi plan. Tuve que hacer un esfuerzo mayor: le ofrecí una disculpa argumentando que estaba nerviosa y que a veces hacemos y decimos cosas sin querer. Por supuesto me dijo que lo comprendía y amorosamente se adjudicó toda la culpa. Empezó a hablar de los “asuntos del amor” y me involucró en ellos analizando sin tacto alguno, mi comportamiento de mujer confundida a causa de la gran pasión que él me provocaba y mi rechazo conciente por la pérdida de individualidad que, según él, yo experimentaba en esos momentos de la relación, pero que finalmente acabaría por aceptar ante el inminente encuentro del verdadero amor. A punto de golpearlo, le pedí que se callara, que ya habría tiempo para eso. Una vez más me dijo “si mi amor, como tu quieras” y en ese momento salí rápidamente del cuarto porque de verdad lo pude haber matado.
- Para entonces, quiero pensar que usted ya tendría algún diagnóstico y predicción...
- Haciendo acopio de todas mis fuerzas, lo visitaba por las tardes y a veces me acompañaban mis amigas para constatar que las cosas eran como yo se las contaba. Mis amigas... capítulo aparte. Dos arpías aburridas y frustradas que encontraron en mí el vehículo perfecto para divertirse un rato. Yo, instalada también en la frivolidad, pensé que había encontrado un par de taradas a las que utilizaría para entretenerme.
- Doctora Estévez por favor escúcheme un minuto...
- El mismo día que se cumplió el mes, mis amigas me traicionaron; hablaron con él por la mañana y el muy infeliz se fue a mi casa. Lo noté nervioso, alterado, pero como lo único que me interesaba era dejar de verlo y salir corriendo en busca del cobro que muy justamente me había ganado, me despedí rápidamente. Alcancé a oír que prepararía una sorpresa para festejar nuestro primer mes. No encontré a mis amigas y supuse que estaban escondiéndose para no pagar la apuesta. Con gran recelo regresé a mi casa y ahí estaba, tendido en la cocina, con esa carta en la mano.
Nadie puede imaginarse lo que sentí, la dicha más grande seguida de la angustia más insoportable. Me gritaba a mi misma ¡lo hice! ¡lo logré! Que horror, ¡que maravilla! Resonaban en mi mente una y otra vez sus malditas palabras “si mi amor, como tu quieras” si, exactamente eso es lo que yo quería. Entré en un estado de euforia, el corazón me latía como nunca. ¡soy un genio! ¡gané por partida doble! Corrí por toda la casa feliz, liberada. No fui para preguntarme siquiera ¿qué hago? ¿qué digo? Mucho menos para leer esa desgraciada carta. Perdí mucho tiempo. Finalmente traté de tranquilizarme, pero ya era demasiado tarde. ¡Perdí un tiempo valiosísimo!

Empezó a morderse las uñas con avidez.

- Muy bien. Yo ... hablaré con su abogado y tomaremos la decisión más pertinente.

Arreola pensó que lo mejor sería emprender la retirada. A punto de salir oyó la frase que lo hizo desandar sus pasos.

- Nadie se muere de amor ¿verdad doctor? Aunque irónicamente, a final de cuentas pudo complacerme regalándome lo que más quería, se murió odiándome, se mató para castigarme.
- Hasta luego Doctora. Eh... no quiero irme sin antes decirle que he leído todas sus publicaciones y los artículos que han aparecido en la Revista Médica de Psiquiatría y que soy un gran admirador de su trayectoria y sus estudios.
- Lo que no soporto es el recuerdo.
- Con su permiso.

La Doctora, la eminencia comenzó a dar vueltas en redondo dentro del minúsculo espacio de ese cubículo. Cada vez más rápido y mirando hacia arriba, casi gritando.

- El arsénico no es venenoso por sí mismo. Fue un problema conseguirlo. Cualquiera sabe que el antídoto es la leche, un simple vaso de leche. ¡No me dio tiempo!
- Doctora, necesito que me escuche. En la carta...
- Era una fantasía, ¿cómo me iba a imaginar que lo haría por si mismo?
- La carta no la inculpa directamente... al contrario...
- Me lo quitó, ¡hasta ese placer me quitó!, ¿qué ya nadie es capaz de hacer algo contundente que valga la pena?... ¡Ese es el problema Doctor! Se despide de mí amorosamente resignado y cae muerto brindando con el veneno que yo no le di. Es decir: todo fue obra de la casualidad. Ni se mató, ni lo maté. ¡No lo soporto!
- Sin embargo existe un proceso en su contra, pero no se preocupe, todo va a estar bien...
- Que lástima, nadie se muere de amor.


El Dr. Alfredo Arreola salió de ese lugar con muchas preguntas. Pero esa última frase fue resonando en su mente a lo largo de los pasillos y pensó que a partir de ese día dedicaría su tiempo a averiguar que tanta verdad había detrás de ella.

Texto agregado el 24-08-2009, y leído por 52 visitantes. (4 votos)


Lectores Opinan
2009-08-24 18:42:03 Una mujer perdida en la insanía, y con ese estribillo de los recuerdos. Doble lectura para encajar los dialogos, que son densos, con varias pistas y señales. Recojo esa expresión: no soporto el recuerdo, como alguien dijo, recordar el pasado y pensar en el futuro nos expropia el presente, creo que la doctora sabía d elo que hablaba...bien, listo para una segunda parte. margrave
 
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