Sé que lo hacen el en baño. Tratan de no ser ruidosos, pero puedo sentir sus cuerpos temblorosos rozarse mientras el agua cae irregularmente. No soy tonto y ellos saben que estoy aquí, separado por una simple y debilucha pared, herencia de esta ciudad inmunda que nos roba la intimidad por un techo. Sí, el precio puede ser demasiado alto, pero a ellos parece que nos les importa.
Tratan de no ser ruidosos pero lo son en todo caso. Ella gime quedito y puedo imaginar su trasero golpeando al tipo. Puedo imaginar las caricias que él le propina, o los golpes errantes que inútilmente desearían establecerse como marcas en su piel. Pero él no la hiere; lo sé porque ella lo goza y es delicada. Sus gemidos son dulces y emotivos.
Mi taller no es muy grande. Desde hace quince años me dedico a reparar motocicletas. Ahora todos quieren una; las calles se han saturado de animales con licencia y las presas son el pan nuestro de cada día. Cosas del desarrollo, dijeron en las noticias. Pero yo no las veo, las oigo. Regularmente subo el volumen a las doce medio día, dos horas antes de irme a comer, una hora antes de que ellos vuelvan a su ritual vagabundo, insólito, tempranero. Me pregunto si trabajan, si tienen vida. Pero de algo estoy seguro: son felices, si es que a sonreír se le llama felicidad en estos tiempos.
A veces ella está sola. Todo parece quieto por un rato y luego pone el mismo disco de Thin Lizzy. Oigo que lava algunos platos o prepara la comida. A veces, tararea alguna de las canciones o solloza. Quizás se siente sola, quizás las horas en las que espera se le hacen eternas, quizás la ciudad la asusta, quizás está ansiosa de que él venga pero yo ya no puedo especular nada porque debo marcharme a casa.
Mi mujer y yo ya no hacemos el amor. Ella está siempre pensando en su madre y yo siempre estoy grasoso.
Mi suegra tiene cáncer. Fumó toda su vida y ahora yo vivo con su hija, quien también fumó por años ese residuo asqueroso que se expulsa del tabaco. Creo que mi mujer también morirá de cáncer o yo. Todos moriremos de algo y para adivinar de qué, es necesario pensar en las armas peligrosas que tenemos cerca. Yo tengo el humo de los autos, mi mujer tuvo el humo del cigarro, otros tienen el bolsillo vacío, otros el hambre a cuestas, otros la soledad.
He olvidado lo bien que se siente salir de esta ciudad con nombre de santo, he olvidado cómo ser feliz en ella, la corrupta y la perversa ciudad de los hombres en su metro cuadrado. No entiendo como es que siendo tantos insistimos en sentirnos tan solos.
Y no, no me gusta escucharlos a través de la pared, me siento también perverso y corrupto, insolente y degenerado; me siento tan tan solo que lo único que quiero es largarme y hacerle el amor a mi mujer.
|