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Adiós mi amigo. Fue lo único que atiné a pensar ayer por la tarde que me sorprendió la noticia.

Casi todos los días él pasaba por enfrente de ese teatro, aunque trataba de evitarlo lo más posible. Siempre que lo hacía iba con la cabeza baja intentando abrirse paso entre la gente que circulaba en sentido contrario, cada vez le era más difícil caminar entre puestos de tacos, vendedores ambulantes, limosneros, letreros en la banqueta, en fin. No se atrevía siquiera a ver hacia la oxidada cortina de metal que cubría la entrada del edificio y por la que se podía ver todavía el lobby de aquel que fuera el lugar de sus éxitos. Ahí lo conocí: una tarde esperando el camión me llamó la atención su comentario "ni el mercader de Venecia soportaría tal pestilencia", y digo me llamó la atención porque la dramaturgia no es muy citada actualmente. Uno de esos días entablé conversación con él y me pareció que por mucho tiempo había estado esperando que alguien le oyera. Ese teatro tenía poco más de veinte años cerrado, exactamente los mismos que él llevaba en el retiro forzoso, todo por culpa de los excesos, la vida fácil, la fama, los amigos.

Los amigos en ésta profesión - él decía - son cosa de un ratito, también el dinero, con mayor razón la fama, el éxito y sobre todo el amor.

De tarde en tarde nos vimos y nunca desaprovechó la oportunidad de contarme algo acerca del teatro, sobre autores, sus andanzas en el movimiento del verdadero arte en el México inquieto y rebelde que le tocó vivir, de las exitosas temporadas de Teatro Trashumante, de los estrenos mundiales de varias obras en el Palacio de Bellas Artes y por supuesto de ese teatro, el Arcano, donde tuvo el gran honor de interpretar desde teatro clásico, tragedia griega y de vanguardia, pasando por los grandes dramaturgos mexicanos, hasta teatro del absurdo. Tampoco perdía oportunidad para expresar su desprecio por las nuevas generaciones de dizque actores que en su vida - decía con vehemencia - han oído hablar de Artaud, Stanislavski, Meyerhold ni Peter Brook, no se diga participar en una clase de análisis de texto, dicción o improvisación escénica.
Muchos años tratando de resignarse y de olvidar sus años de gloria, muchas horas frente al espejo intentando comprender qué fue lo que sucedió para convertirse en ésto: casi un indigente, un pobre hombre que vivía de lo que podía y cada vez podía menos.
A pesar de todo, su rostro conservaba esa actitud entre dramática, gentil y brillante que la riqueza del conocimiento siempre otorga y sus manos se movían impetuosas cuando ocasionalmente repetía alguno de aquellos monólogos que a fuerza de tanto decirlos, llegaron a ser muy suyos.

Recordaba clarito aquella noche que el público silbaba y aplaudía para que empezara la función, llevaba más de 30 minutos de retraso y él en su camerino, bebiendo, discutía con la productora de una de las obras más difíciles y queridas para él: "Tartufo o El Impostor" de Moliere. La temporada en general había estado muy floja de público, la productora pidió a todo el elenco hacer un esfuerzo y esperar una semana para cobrar sus sueldos. Al parecer, todos los demás actores y actrices estuvieron dispuestos, pero él en un acto de soberbia se negó, alegando que quienes viven profesionalmente del arte no tienen por qué sacrificarse más de la cuenta, que es costumbre de los productores quejarse de pocos ingresos y engañar a los actores. Hizo suya la traición que propina Tartufo contra Orgón, su protector, sublevó finalmente a la mayor parte de la compañía y la función no se dio, ni las subsecuentes. La señora productora arrastraba deudas y se vio obligada a suspender la temporada con la esperanza de reabrirla algún día. Hubo demandas, pleitos, rivalidades estériles, amenazas y reproches. Tiempo después murió el dueño del teatro y quedó intestado, por lo que cerró el telón definitivamente a partir de aquella noche. Un gran logro que duró tres horas, un error que arrastró por el resto de su vida. Me lo contó con las lágrimas que el dolor no puede ocultar y con las pocas palabras que alcanzaba a rescatar de su exaltada conciencia.

Casi de golpe, sin sentirlo, su carrera se vino abajo, sus amigos se alejaron, sus amores lo olvidaron y el dinero se acabó. Como una maldición, cayeron sobre él las fatalidades más inesperadas e inexplicables. El teatro y la vida me abandonaron - decía - pero también cargo en mi conciencia el remordimiento de arrastrar conmigo a aquella gente que me apoyó y respetó siempre.

Aquella mujer, la productora, fue en alguna época su mejor amiga, cómplice, amante, protectora, representante, consejera, pero sobre todas las cosas fue la única persona que le reconoció incondicionalmente, todo su talento.
Cuentan que Moliere al final de su existencia se vio muy enfermo y murió sin un médico que le atendiera, pagando de esa forma el gran desprecio que tuvo siempre por los galenos.

Hoy, frente al ataúd de un gran actor, me pregunto si será posible engañar al sentido de la justicia y llegar a la cúspide de la vida sin algo de que arrepentirse.

Varias veces, frente al Arcano le prometí ir a su 'pobre casa', como él decía, para ver sus fotografías, programas de mano y recortes de periódico; ser su receptor de anécdotas y vivencias en los foros y publicarle entonces un gran reportaje. Ya no tuve tiempo.

Descanse en paz un actor más, que nunca entendió que el único personaje importante y trascendente es el que se interpreta justamente, abajo del escenario.

Texto agregado el 25-08-2009, y leído por 128 visitantes. (4 votos)


Lectores Opinan
2009-08-26 00:15:40 Hermoso texto, Sra. Beactriz. Aunque el tiempo interno es largo y los escenarios variables, no se pierden las características básicas de un gran cuento, como lo son: brevedad, unicidad de tema, ritmo narrativo trepidante y claridad idiomática en la elección de cada palabra, pues todas han sido expresadas con completa propiedad. Esto último, lo de manejar los términos con propiedad, es un arte que pocas veces lo veo en un autor vivo (sólo en autores muertos); ya aquí, estoy alagándola. Pero comentemos un poco el cuento. Hay un único protagonista, un actor soberbio que rechaza la idea de esperar mucho tiempo para que se le pague por su actuación, y todo pese a estar el teatro en apuro económico. Pero realmente es el hecho de ser engreído lo que causa su soberbia, pues él piensa ser un actor de los grandes. Y fue tan grande que quedó para contar la historia de cómo cayó en su propia miseria al equivocarse en la fatídica decisión. Sobreviene la muerte y, aún cuando el cuento finaliza, la autora decide cerrar con tono satírico, que si bien sobra, cae muy bien y le roba a uno una sonrisa malévola por la sabiduría encerrada en ella (claro, una vez entendido el contexto del cuento). Hablemos sobre pulcritud escrita. Sra. Beactriz, usted escribe con decencia, con respeto al idioma y con un gusto incomparable para narrar. No “embellece” el texto con letra cursiva ni tampoco con letra en negrilla. Simplemente da poder a su prosa con la claridad expresiva que, irrefutablemente, domina. Es un placer haber leído “Poco a poco”, puesto que el número de faltas ortográficas es nulo. Tiene las riendas del idioma. Siga cabalgando que llegará a la meta. Mork
2009-08-25 23:20:39 Comprometida historia que nos acerca al brillo y opacidad del mundo de las tablas. Prosa concisa, desprovista de adornos, esencial para una historia que nos hace reflexionar... margrave
2009-08-25 22:41:53 Aplausos muchos para quien escribe y también para quien inspiró el relato. Excelente. Parisse
 
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