Papá siempre decía que las vacaciones eran el alimento que renueva las fuerzas perdidas tras el trabajo bien hecho durante el duro invierno. Aquel verano atípico, en el que partimos precipitadamente, papá nos dijo que nuestras vacaciones serían especiales, que no tuviéramos en cuenta la fealdad del lugar, donde la gente no hablaba nuestro idioma y donde no había playa ni mar y siempre llovía. Papá nunca mentía, por eso traté de aprovechar la indiferencia y el ambiente hostil que nos rodeaba y me dedique a leer libros para entretener mis horas faltas de conversación y juegos con otros niños.
Papá salía de casa cada mañana y regresaba en la noche. Ingenuo, siempre pensé que era la lluvia la que humedecía sus ojos cuando hablaba con mamá y que esa lluvia era la causa de su creciente tristeza. Una noche papá no regresó. Oí a mamá llorar al otro lado de la puerta cerrada de mi cuarto. Unos pocos días después subimos a un tren, y aunque mamá vestía de negro, yo iba feliz porque aquel era el principio del retorno. Estaba seguro de que papá se había adelantado y nos esperaba al calor de nuestro hogar.
La casa estaba destruida. Los muebles, en astillas, yacían esparcidos por el suelo, La ropa era ceniza. La calle, un inmenso agujero que absorbió de mi mente los recuerdos, como el rostro de papá.
Nunca dudé de él, siempre supe que no me había mentido, ni siquiera cuando tuve la certeza de que no le vería nunca más. Y aunque fue amargo el retorno, guardo un grato recuerdo de aquellas vacaciones, porque con su actitud, papá rompió el espejo donde se reflejaba el rostro del monstruo de la guerra, la zarpa terrible que acabó con su vida y me arrebató de golpe el miedo y la niñez.
© Blas León
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