La luna se escondió en el firmamento, el sufrimiento hizo recordar aquella noche: su abuela la tomó de la mano, caminaron unos minutos en silencio hasta que llegaron a los matorrales.
Dos mujeres la esperaban. 1 kilo de jabón negro y 5,000 francos cerraron el trato: el ritual milenario estaba por comenzar. Por fin conocería el secreto que guardaba la comunidad: “después del Njongal jigeen seré mujer digna”, pensaba.
Enseguida su curiosidad se volvió terror: estaba tirada sobre el piso terregoso, una mujer la inmovilizó, otra abrió sus pequeñas piernas, el vidrio cortó el trozo más íntimo de su carne. Una mano le tapaba la boca impidiéndole gritar, ni ese derecho dejaron. La abuela danzaba y rezaba alrededor festejando el honor recibido. Sangre y dolor de niña.
“Ahora eres una mujer pura”, dijo su abuela. La sangre fluía mientras la matrona zurcía los restos de los labios vaginales. Ella se desmayó, tanto era el dolor, insoportable.
Tanto como el que sentía ahora, con él penetrando su cuerpo. Lloraba mientras creció el sufrimiento. Sintió que se desvanecía… él, saciado, tomó la sábana ensangrentada y salió a mostrarla orgulloso. La abuela sonrió y caminó altiva por el centro del pueblo.
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