No, no podrás despedirte de algunas personas que pasan por tu vida. Bajan del tren y no sabes si llegaron a la estación destino o si no pagaron el billete de ida. Sencillamente se van, sin decir una palabra y te sorprenden mirando los rieles en el horizonte.
Por fin, miras hacia tu alrededor y ves huecos en el alma y en el tiempo. Sueñas que el alma del mundo tiene elasticidad y te despiertas asustado por el crujir de muebles. Coges un vaso con agua, lees un artículo que habla de la fuerza oscura que acelera la expansión del universo. Desconocidas energías, materia, dimensiones. Incierto rumbo que te lleva a lo desconocido: tu única certidumbre. Lo demás es la fe y las hipótesis que crean verdades transitorias.
Por las rendijas de la ventana se filtra, tenue, la luz de la luna, mientras espías la calle desnuda: un peatón espera en la acera; un tranvía acaba de doblar la esquina; el sonido de hojas sacudidas por la brisa te inquieta; la noche huele a aguardiente, a tabaco y a perfume de mujer amada. Todo envuelto en la niebla de la duda. ¿Realidad o recuerdos ya vividos?
Tu silencio interno se convierte en un remolino de pensamientos. Crees que los caminos se bifurcan, pero que algún día podrán volver a unirse. Ves que el transeúnte acaba de subirse al tranvía, nadie desciende, las puertas se cierran y de golpe, una gran bola de fuego vuela por los aires. El eco de un estruendo hace vibrar la tierra. Con los ojos cerrados, escuchas a una voz que dice que los pasajeros deben permanecer en sus lugares y que el viaje sigue. Una vez más, miras en derredor y te das cuenta que los lazos se desataron, que te alejas de ti sin decir adiós.
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