Mi hermana mayor era bella y tenía un secreto. Algo terrible que comprendí al leer su diario aquel verano. En el fondo, creo que lo sabía antes de entrometerme en sus cosas, supongo que entre hermanas se intuye sin necesidad de contarse todo.
Ella pasaba tardes enteras observándose en el espejo de su cuarto, examinando su propia silueta, su rostro, la línea perfecta de sus labios, sonriéndose a sí misma, algo exagerado. Y yo aprovechaba sus momentos de autocontemplación para registrar sus cosas, probarme su ropa, leer lo que escribía en su cuaderno azul marino. Así me metía dentro de su cabeza, jugaba a ser ella.
Dicen que la felicidad, igual que el amor, son creaciones mentales, no existen objetivamente. Dicen también que cada uno debe crear su propio cuento para aguantar, inventarse historias para mantener el equilibrio vital. Mi hermana no inventó nada, el bicho estaba ahí, dentro de su boca, deformando ligeramente su precioso rostro, modificando el contorno de sus labios y produciendo una asimetría facial cada día más evidente, aunque casi nadie lo quisiera aceptar.
A primera vista, le detectaron solamente un pequeño agujero, un hueco tan ridículo como una caries en la muela del juicio, que nuestro incrédulo médico de familia achacaba al chocolate negro que tomaba todas las noches para consolarse y dormir su soledad.
Todos en casa conocíamos sus vacíos, su miedo a vivir. Sabíamos que lo más fácil para ella hubiese sido dejarse caer suavemente, hasta rozar lo más oscuro. Nadie se habría atrevido a decirlo, pero sabíamos que no merecía la pena intentar llenar el hueco con burbujas de aire, con palabras reconfortantes, ¿para qué disimular?
Fue la mañana del Jueves Santo, realizando una de sus minuciosas autoexploraciones para valorar la evolución de su deterioro bucal, cuando ella misma descubrió al bicho, algo parecido a un caracol o un renacuajo; es lo que leí en su diario mientras ella se estaba bañando. Contaba que un simpático animal se había instalado cómodamente en su muela picada. Lo curioso es que en lugar de producirle asco o miedo, le resultaba agradable, era reconfortante para ella.
Yo la observaba con más atención desde que leí aquello. Comprobé que tenía la mejilla izquierda ligeramente hinchada, como si tuviera un flemón artificial. Esta deformación cada vez más evidente le provocaba una media sonrisa involuntaria, difícil de disimular, que acentuaba la asimetría facial.
Ese punto de asimetría era una manera como otra de no perder el equilibrio, porque a veces no hay más remedio que caminar en el borde de un precipicio. La sonrisa, aunque sea de lado y esté producida por algo tan incorrecto como un pequeño animal, no puede ser mala, todo lo contrario, hace que la gente te conteste con otra sonrisa.
Incrédulo al principio, el odontólogo no tuvo más remedio que reconocer la evidencia, la radiografía no dejaba la menor duda. Se ofreció para expulsar al oportunista animal y rellenar el agujero con empaste de resina, antes de que los daños fueran a más. Pero ella se hizo escurridiza y se negó a volver a la consulta.
Al llegar el mes de diciembre, el bicho ya no cabía del todo en el agujerillo dental. A veces asomaba una pata o un cuerno entre sus labios, pero ella había aprendido a disimular: fingiendo un eructo, se tapaba la boca con la mano y volvía a introducir al simpático animal. Para ella, no era desagradable, más bien placentero, rozar con la lengua esa zona de la boca y notar el latido de un corazón animal, la piel extremadamente suave del pez globo, o del sapo -nadie, nunca, supo confirmar de qué bicho se trataba-.
Mi hermana perdió el equilibrio el día uno de enero, durante la comida familiar, sin darnos tiempo de reaccionar. Todos observamos cómo cogía con su mano derecha, al lado del cuchillo, la pinza para los caracoles de Borgoña. Cuidadosamente, para no dañar al animal, realizó la extracción con delicadeza. Mi abuela dijo “Empecemos a comer, los caracoles se van a enfriar”. Con un nudo en la garganta, mi padre sirvió el vino. Apenas se oyó el golpe de la silla cayendo sobre la alfombra del comedor, pero todos sentimos vértigo al comprender lo que estaba pasando.
|