Lo primero que me sorprendió fue el despertador. Desde que me incapacitaron laboralmente debido a mi agorafobia, desterré ese maldito aparato de mi vida. También los relojes. Andar en el tiempo como un ciego en el espacio resultaba muy liberador.
Pero esa mañana sonó un despertador y yo reaccioné golpeando sin ton ni son la mesita de noche, tirando al suelo varios objetos, hasta que por fin acerté y aquel horrible sonido cesó. Entonces me quedé un rato a oscuras invadido por una creciente sospecha.
Al principio tuve ideas absurdas y desarrollé teorías de lo más espeluznantes. Mi psicóloga me recomendaba siempre racionalizar mis miedos, buscar explicaciones, conexiones causa-efecto, lagunas en mi memoria, pero al final creo que fue el pánico el que me empujó a levantarme de un salto de la cama, encender la luz y hacer realidad la pesadilla que ni mi desbordada imaginación patológica había sido capaz de plantear: aquella no era mi casa y a la mierda la psicóloga. Hacía tres años que no salía de mi piso, ¿quién me había sacado?
Recorrí la casa corriendo, descubriendo que sí era mi casa pero con una nueva decoración, un nuevo gato encima de un nuevo sofá y una nueva respiración detrás de la puerta que daba al cuarto de la plancha. Pero lo peor fue el lavabo con su gigantesco espejo y la imagen de una persona que no era yo, pero que seguía mis movimientos, incluso los más impredecibles.
Instintivamente miré varias veces detrás mio, no sé que pensaba encontrar.
Observé con detalle a aquel viejo. Se le notaban las costillas bajo un vello blanquecino y débil. El rostro reflejaba asombro -que era el mio-, tenía los labios finos y con la piel quebrada, le faltaban dientes y los ojos vidriosos y llenos de legañas parecían tristes. Yo solía estar triste, aquello era algo que me cuadraba. Me pregunté entonces cómo me sentía. Era extraño, me había convertido en una persona cuarenta años mayor y, sin embargo, me sentía lleno de fuerza y entusiasmo. Tenía ganas de enfrentarme a la vida, de luchar por algo, algo indeterminado. Y cuando traté de materializar mi deseo se me ocurrió: ¡Me apetecía dar un paseo!
Fui hasta la puerta y acaricié el pomo, hacía tres años que no atravesaba el umbral debido a mi enfermedad. Cuando estaba a punto de abrirla, del cuarto de la limpieza salió una mujer joven, de mi edad -de mi anterior edad- , seguramente la dueña de la misteriosa respiración.
Papa, ¿adónde vas? - dijo con cara de horror.
Se me erizó el ridículo vello que aún cubría mi enjuto cuerpo.
- ¿¿Papa??- grité
La joven se echó las manos a la cabeza y suspiró.
¡Qué suerte! – exclamó- Cuarenta años después, el alzheimer ha conseguido ganarle la batalla a la agorafobia.
Después de aquello, sólo me quedaba recordar cómo demonios había formado una familia sin salir de casa. |