— ¿Mamá puedo pasar? —dijo Marcos acercándose más y más a un gran espejo enmarcado en roble, trabajado con siluetas de mujeres envueltas en livianas túnicas bailando alegremente.
—No, Marcos, no —dijo la madre afanada en la tarea de reconocimiento de tantos objetos largamente olvidados.
Es que sus antiguas dueñas, su abuela y su tía abuela habían fallecido hace algunos años, y ella y su hermano, habían heredado el antiguo caserón donde ellas vivían, en un pueblo que lindaba con un añejo bosque de eucaliptos.
— ¿Y por qué no puedo? —volvió Marcos a la carga.
— ¿Qué decís Marcos? —le contestó la mamá distraída, ahora abriendo lentamente la tapa de un pesado baúl.
— ¡Entrar mamá, entrar en el espejo!
—Porque no se puede Marcos. —Y así terminó la conversación mientras se sumergía en un sinfín de recuerdos de su propia infancia. Se vio pequeña, vestida de tules y envuelta en gasas bailando. La abuela tocaba el piano y el olor a levadura de unos cuernitos prometidos para el mate de leche se escapaba de la cocina, mientras se oía el golpeteo rítmico de la masa contra el mármol blanco de la mesada.
Marcos apoyó una mano, luego la otra. Una fuerza irresistible lo atraía desde dentro.
—Marcos, traeme el plumero por favor. ¡Qué cantidad de polvo! Está en la caja de cartón que dejamos en el vestíbulo.
Marcos se sobresaltó y corrió a buscar el plumero.
Manuel, su papá, estaba en lo alto de la escalera colocando lámparas de bajo consumo en la araña del comedor, cuando vio a Marcos pasar corriendo con el plumero en la mano.
— ¿Todo bien? ¿Ayudando a mami?
Marcos otra vez se enfrentó al espejo. Con cautela volvió a acercar sus manos, pero esta vez las dos juntas. Se apoyó firmemente y cerró los ojos.
Los volvió a abrir y el espejo había desaparecido, pero seguía viendo lo mismo que antes se proyectaba en él. Instintivamente se dio vuelta y... el espejo estaba detrás... giró sobre sus talones y se dio cuenta que la luz que entraba por la ventana era otra y que además se olía un suave aroma a jazmines y nardos.
Entonces recién en ese momento vio un moño enorme de color celeste detrás de la cómoda que ahora brillaba muy bien lustrada y cubierta por un mantelito de lino.
— ¡Pica para el nene! —gritó el moño de color celeste.
Y para asombro de Marcos, una nena rubia de ojos celestes traviesos salió de atrás del armario. Y otro moño rosa salió atrás llevando consigo a otra nena de pelo y ojos color miel.
Marcos no sabía si sorprenderse más por la inesperada aparición de las nenas o por el tamaño de los moños que adornaban sus cabezas. Llevaban unos vestidos hasta las rodillas muy almidonados del mismo color que el gran moño. También tenían unos delantales como los que usa mamá para cocinar, pero blanquísimos, con una hermosa guarda de colores. El de la nena celeste decía en letras azules "Lenki", y el de la nena rosa "Sarita" y estaba bordado en rosa.
Apenas Lenki tocó el armario, Sarita escondiéndose tímidamente detrás de ella, hizo lo mismo.
Lenki con energía encaró a Marcos con un montón de preguntas:
— ¿Cómo te llamás?
— ¿Dónde estabas antes?
— ¿Por qué nunca te vimos?
—Y... dijo bajando el tono imperativo que la caracterizaba. ¿Vos también entraste por ahí?
Y se quedó fijamente mirándolo mientras Sarita asomaba el moño rosa y un ojito por detrás del brazo de Lenki, un poco asustada. Es que ella, si bien iba al colegio, nunca hablaba con los varones. Bueno, la verdad que tampoco lo hacía con las nenas y menos con la maestra.
Entonces Marcos que sería un año más pequeño que Sarita y quizás tres menos que Lenki, respiró hondo y contestó un fuerte y sonoro: —¡Sí!
Y así sin dejar de mirar los moños, les preguntó acercándose lentamente: —¿Puedo tocarlos?
Y pasó suavemente el dedo por la superficie de la tela almidonada, que parecía romper con la ley de gravedad y de movimiento, de todos los adornos que había visto hasta ahora.
Estas nenas no sólo estaban vestidas como de fiesta importante, sino que usaban zapatos y lo más raro, ¡no se despeinaban al jugar!
Igualmente se sintió a gusto y había algo que le resultaba familiar, entonces sin dar más vueltas al asunto, les dijo:
—Me llamo Marcos. Dale que yo cuento.
Y ya de a tres la cosa tomó otro color.
Lenki estaba entusiasmadísima, había por fin encontrado un contrincante bastante difícil.
No podía dominarlo como al resto de sus vecinos. Se disputaban el mando del juego e iban de igual a igual a pesar de que Marcos era más pequeño. Pero lo que más desconcertaba a Lenki era que Marcos no se doblegaba.
Lenki tenía un aire de superioridad y Sarita le era totalmente fiel y sumisa.
En un momento, agotados de correr por todo el cuarto, se sentaron en la alfombra.
Lenki, entonces le contó que ella siempre cuidaba y protegía a Sarita, porque era un poco "tonta". Marcos la miró de reojo y a pesar de que él tenía también un carácter dominante y enérgico como Lenki, Sarita le pareció preciosa y de una dulzura sin igual. Cada vez que él trataba de mirarla, ella bajaba los ojos y se quedaba muy quieta, y a él eso lo hacia sentir muy importante.
Lenki continuó con su relato:
—El otro día fuimos hasta el lago con nuestro perro San Bernardo, que arrastra un carrito donde ponemos la leña para cocinar...
— ¡Ah, para el asado!— interrumpió Marcos haciéndose el entendido.
—No, para la cocina de leña.
Marcos se quedó intrigadísimo, pero no dijo nada para no quedar mal.
—Bueno— prosiguió Lenki— No va, que estaba juntando un montón de ramas que habían caído por tormenta anterior, y el perro me agarró de la ropa y me arrastró hasta la orilla del lago justo en el momento en que se escuchó un ¡plash! enorme. Fue entonces cuando la vi a Sarita hundiéndose en el agua. ¡Si será zonza! pensé. Y aunque yo tampoco sé nadar, me metí hasta las rodillas en el agua y la saqué de los pelos.
A pesar de que Lenki era muy mandona, Sarita la miraba con agradecimiento y admiración.
Es que ella no sabía que había nacido con epilepsia y algunas veces sufría de "ausencias" donde se caía, como desmayada, por unos minutos y después no se acordaba de nada. Esto la hacía sentir insegura y asustadiza, por eso se apoyaba tanto en su hermana.
De pronto Lenki se paró y le preguntó: —¿Tocamos el piano?— Y antes de que Marcos le pudiera contestar, ya estaba en el taburete ejecutando alegres melodías.
— ¡Guau...! —dijo Marcos— ¿Cómo lo hacés?
—Con mis hermanos formamos una orquesta, somos ocho en total. Nosotras somos las más pequeñas. ¿Sabés?, se reúnen todos los vecinos debajo de la ventana y tocamos el piano, el acordeón, la guitarra y el bombo. Es muy lindo, nos aplauden y nos regalan dulces y galletas.
Cuando empezó a bajar el sol, Marcos se levantó de golpe: —Me tengo que ir a tomar la leche —se excusó.
— ¿Vendrás otro día? —se oyó en un susurro a Sarita.
— ¡Por supuesto que sí! —exclamo Marcos y ante la sorpresa de las dos nenas, les dio un sonoro beso y atravesó el espejo saludando efusivamente con la mano.
Marcos corrió contentísimo hasta donde estaba su mamá, que ahora estaba arrodillada adorando los tesoros del gran baúl, con los ojos húmedos, las mejillas mojadas y una foto amarronada en la mano.
Marcos se acercó, la abrazó y sacándole la foto de la mano, le dijo:
—Mirá má, ¡Qué lindas que están acá Lenki y Sarita!
La mamá lo miró desconcertada, porque no solían llamarlas así y porque Marcos tampoco había visto esa foto nunca antes.
—La abuela y la tía abuela —balbuceó la mamá.
—No mamá, son mis amigas. Estuve toda la tarde jugando con ellas.
Mamá se llevó el pañuelito a los ojos y preguntó:
— ¿Dónde mi amor? ¿Dónde jugaste con ellas?
—Jugamos a las escondidas, a la mancha y también Lenki tocó el piano de la sala para nosotros. Y a mí me gustó mucho.
Mamá caminó silenciosa hacia el piano, que ahora estaba cubierto de polvo. Lo acarició tiernamente y miró profundamente a su hijo...
En eso, papá presionó el interruptor de la sala y la araña que había estado lustrando, se iluminó refractándose en todas las facetas de los cristales que colgaban de ella, dándole nueva vida a todos los antiguos muebles que la rodeaban.
— ¡Bravo! ¡Ese es mi papi! —lo aclamó Marcos aplaudiendo.
La verdad que la combinación de las lámparas modernas con forma de resorte, con la antigua araña, quedaba perfecta como si hubiera sido una hecha para la otra. Y la luz que irradiaban era más potente que la original.
Luego dirigiéndose a su madre le dijo
—Mamá, voy a seguir jugando con las nenas otro día porque se los prometí. Pero dónde están... no me lo preguntes... porque es nuestro secreto.
—No mi cielo —dijo la mamá. No te voy a preguntar, y otra vez volvió a llorar.
Pobre mamá, se ve que tanto polvo por limpiar y tanta humedad, le haría pensar que no iba a terminar más de trabajar para poner toda la casa en orden, para que pudiera quedar tan pero tan linda como la habitación perfumada y llena de sol que está del otro lado del espejo.
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Primer cuento de la trilogía "El espejo de las abuelas"
5º mención en género narrativa en el XVIII Certamen Nacional de poesía y Narrativa Breve, Editorial De los cuatro Vientos
Editado en el libro:
“Letras argentinas de hoy 2009”
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