Como el Quijote de Cervantes, como el Marlon Brandon de Un tranvía
llamado deseo, como los cerezos del Jerte en flor, como el urogallo de los pirineos, como el Cervino de los Alpes, así soy yo, único.
Mi aroma acerezado inunda los campos de viñas de sutil armonía, embebida en cálidos tonos de las garnachas solicitas. Las malas lenguas osan decir que en mi hay algo de aguja, si que me presto a matices florales, sólo es eso, tengo cuerpo y temple para soportar el mejor vacuno de acompañamiento, soy yo el protagonista en la mesa.
El vidrio que me soporta es del color del ámbar, refleja las ilusiones, emociones y alegrías de quienes me toman. Soy el centro de los eventos acá acaecidos, mis enoles guardan los ecos de las risas de los comensales en mi esponjoso corcho.
Mi presencia en la alacena permite entrever un halo de templanza que el menaje de la cocina sabe apreciar.
Los vinos de la Mancha, dijo un francés chovinista, no son vinum de cabernet con o sin sauvignon, son los que quisieron ser caldos y delegaron en los caldos de gallina, con su puerro y su ajo, todo su sabor. Ajeno yo a tales blasfemias sobre las planicies de la meseta manchega, de un tipo que un día olió el corcho de un Château Latour a su paso por Burdeos, respiré hondo y dije: señor, no dramaticemos que hay Merlot para todos los campos europeos.
Alonso Quijano oteaba ya desde los molinos, campos llenos de vides de Airén, Viura o Cencibel, vaya usted a saber. Más, el pobre hidalgo junto a Sancho Panza debía librar batallas y no saborear caldos. Aunque el paje siempre que podía, a su paso por las hospederías y alguna que otra casa solariega manchega, disfrutaba de los matices de tintos y blancos sin ser sommelier. Sus notas de cata harían referencia a la semblanza del vino manchego de aquel tiempo, del que nada envidia el ecológico que hacen ahora en algunos rincones de la mancha.
El buqué embriagado conduce mis pensamientos a ensoñar sobre otro cuento del Quijote y Dulcinea a la rivera de un afluente cualquiera. Dos copas de barro y un buen vino. Y los cariños sucintos, las sonrisas que se encuentran... Hubieran dado unos retoños que corrieran por la mancha manchega.
Por que los vinos también soñamos, tal vez robamos las visiones de los que embaucados, sin aliento acuden a nuestro diván. Y al que habla todavía le queda mucha cuba y sin reserva, pero no me falta orgullo, el de mi tierra.
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