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Inicio / Cuenteros Locales / loretopaz / Elogio de la lentitud

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Demetrio levantó los brazos, se estiró siguiendo la diagonal de la cama y entreabriendo un ojo adivinó a través de las cortinas la incipiente claridad matinal. Con alivio recordó que era sábado y acomodándose con ganas de ronronear como los gatos, se volvió a la pared y siguió durmiendo. Diecisiete minutos más tarde, abrió nuevamente un ojo y al comprobar que la pieza ya estaba más clara, se dijo que sería agradable volver a la escuchar “La pastoral” y estirando un brazo apretó el botón que puso en marcha el CD cuyos primeros acordes lo sumieron en la continuación del sueño que acababa de interrumpir. La mujer sensual y enigmática era ahora una flacuchenta con los dientes salidos y sonrisa bobalicona, que en ningún caso le provocaba la misma sensación interrumpida hacía apenas uno o dos minutos. Desencantado en un primer momento, se dijo enseguida que lo más probable era que la subida de adrenalina que lo había despertado había bastado para calmar su ardor, y sonrío pensando en lo misteriosos que son los sueños... Poco a poco se sumergió nuevamente en una historia que ahora ya no tenía casi nada que ver con la del comienzo.

El bramido de los cornos al comienzo del tercer movimiento le hizo abrir los ojos pero el dulce sonido del oboe lo adormeció enseguida, hasta que la apoteosis del cuarto movimiento con trombones, trompetas y timbales en primer plano lo hicieron sentarse en la cama, con los ojos bien abiertos. Se desperezó abriendo los brazos y se dedicó a escuchar la música: el quinto y último movimiento lo reconcilio con la vida y la totalidad del universo.

Se vistió sin lavarse ni menos peinarse, tomó un gran vaso de agua mineral y salió a caminar por la ciudad dejándose guiar por la magia de la música que seguía vibrando en su interior. Tenía la impresión de que toda la naturaleza, y no solamente las palomas, los arboles o las nubes, sino también la gente, los autos, incluso los cambios de luces en los semáforos se ajustaban y movían al ritmo de la sinfonía pastoral que seguía resonando en todo su ser. Los momentos de calma sucedían a saltos intempestivos acordes con los cambios de intensidad musical, como si todo se hubiese sincronizado únicamente para él. Sus pasos lo llevaron a detenerse en una esquina en un momento de silencio musical, y el inicio del segundo movimiento lo saludó al doblarla y encontrarse frente a una plaza. Demetrio cruzó sin poner atención a los autos y se sentó a contemplar la naturaleza que lo rodeaba; la fuente de agua le hizo recordar que Beethoven había llamado justamente a esta parte de la sinfonía “escena al borde de un arrollo”, e imaginó enseguida al maestro caminando lentamente mientras contemplaba el arrollo, lo que le trajo a la memoria que arrollo en alemán se decía “bach”, tal vez un homenaje a ese otro gran músico cuyas obras para clavecín Beethoven tocaba de memoria desde su juventud.

El comienzo del tercer movimiento, “Alegre reunión de campesinos” coincidió con la salida de clases, y la plaza se llenó de risas y bromas, y en el cuarto, “Relámpagos y Tormenta”, se levantó un a ventolera con una llovizna fina que le golpeteó el rostro. No era una tormenta, claro, pero la coincidencia no dejaba de impresionarlo. Demetrio estiró las piernas y puso sus manos detrás de la nuca para mirar a las palomas que se dejaban llevar por las corrientes de aire, danzando al son de la musica que seguía escuchando con nitidez absoluta.

Una vez la Pastoral terminada, se levantó lentamente y continuó su paseo, pensando que era una gran suerte el haberse negado a ver Fantasía de Walt Disney: tal vez el recuerdo de aquellos dibujos animados siguiendo los compases sinfónicos le hubiese impedido una experiencia tan especial como aquella, porque aunque ahora caminaba en silencio, y feliz, sabía que lo que acababa de vivir era algo que seguramente no se repetiría nunca más.

Por primera vez desde la mañana sintió hambre, y palpándose los bolsillos calculó que le alcanzaba para comer algo rápido en el primer boliche que encontrara. Al divisar unas mesitas a la sombra de un árbol enorme se dijo que no había mejor lugar para prolongar ese día excepcional, y se sentó a esperar que vinieran a servirlo. Cuando le pasaron la carta dijo que prefería comer algo rápido, tal vez una hamburguesa, y ante la respuesta de que allí no se servía rápido, contestó riendo que no era la rapidez lo que le importaba, solamente que no andaba con mucho dinero y que no le molestaba esperar, sino todo lo contrario. La carta era doble, como las de los grandes restoranes, y cuando vio en la portada dibujado un caracol y debajo la inscripción “SLOW FOOD”, lanzó una risotada que hizo volverse a sus vecinos de mesa y él, muy excitado, empezó a contarles la enorme y agradable sorpresa que eso significaba para él, que aunque malísimo para el inglés, era capaz de darse cuenta de que que slow quería decir lento, y que entendía perfectamente que un slow food era lo contrario de un fast food, y que eran increíbles los que habían tenido esa idea genial, a lo que ellos asentían sonriendo. Algo más calmado, empezó a recorrer la lista con una emoción que aumentaba a medida que iba leyendo: estaban allí todos esos nombres de comidas que había comido donde su abuela cuando era niño: ajiaco, papas con chuchoca, pantrucas, porotos con mote, papas con luche, charquicán de cochayuyo, carbonada... sus ojos se humedecían a medida que iba leyendo, hacia años que se alimentaba casi exclusivamente con hamburguesas y papas fritas, años que ni siquiera había escuchado esos nombres tan evocadores... Se decidió por un plato de pantrucas, pidió que lo salpicaran con cilantro y se quedó perdido en sus recuerdos de infancia. Después de mucho tiempo, o tal vez no tanto -el tiempo de los recuerdos es tan elástico-, llegó a su mesa un bello plato de pantrucas, tan bello como los que servía su abuela, hasta la decoración verde en el borde era como la de sus antiguos platos de loza de Penco. Demetrio lo miraba, sin atreverse a tocarlo, y cuando por fin probó el primer bocado, se sintió invadido por un sinfín de aromas y recuerdos que terminaron de sumergirlo en otra época. Trataba de saborear cada instante, de prolongarlos al infinito y sólo cuando las primeras sensaciones empezaban a disiparse, se decidió a llevarse a la boca una nueva cucharada. Cada una de ellas era una pequeña fiesta para su paladar y los recuerdos seguían sucediéndose con calma, como sobre un arroyuelo que avanza alegre y sin sobresaltos.

Cuando terminó, se dio cuenta de que no tenía idea del tiempo que se había demorado en comer, lo que le encantó: por fin estaba viviendo a su propio ritmo, sin preocupaciones de ninguna índole. Pidió la cuenta y comprobó ya sin sorpresa que el total del sencillo que tenía en sus diferentes bolsillos, incluido el mas mínimo céntimo, le alcanzaba justo para pagar. El resto de la tarde Demetrio se dedicó a vagar por la ciudad, siguiendo un rumbo hecho de intuiciones y corazonadas, hasta que llegó el atardecer y lo invadió una pena profunda por estar tan lejos del mar y no poder ver una puesta de sol como se debe, pero como en ese momento se encontraba en el puente Pío-Nono, decidió apurar el paso para tomar el funicular y ver la puesta desde el cerro. Una gran calma lo invadió al ver desaparecer el ultimo rayo detrás de la cordillera de la costa, una calma en la que se sentía partícipe de la gran paz crepuscular. Y en vez de dirigirse a un bar, como hacía casi todas las tardes, caminó lentamente hasta su departamento y se acostó a dormir, agotado y feliz.

Despertó con un rayo de sol en los ojos y recordó lo sucedido el día anterior, pero cuando quiso reproducirlo escuchando nuevamente la sexta sinfonía, se dio cuenta de que ya no era lo mismo. La música de Beethoven seguía impactándolo, claro está, pero era incapaz de elevarse al estado de inefabilidad que había alcanzado la víspera, todo volvía a ser como antes, como siempre. Menos mal que es domingo y no voy a llegar atrasado a la pega, se dijo, y se levantó a prepararse unos huevos revueltos, como cada domingo, y se bañó y afeitó cuidadosamente, y salio a comprar el diario y se sentó a leerlo en la plaza, como cada domingo. Pero tras todos esos actos rutinarios, seguían trotando en su mente los recuerdos del día anterior, hasta que se levantó y decidió rehacer el camino recorrido. Encontró la plaza con la fuente de agua cuando el sol empezaba a declinar, y cuando quiso ir a comer al Slow food, fue incapaz de encontrarlo, sólo vio algunos locales en los que tronaba la inscripción “Fast Food – Comida Rápida”. Su decepción iba en aumento, así como su desesperación, que lo impulsaba a seguir sus pasos de la víspera, aunque cada vez con menos esperanzas de encontrar aunque fuera una brizna de lo vivido aquel día memorable.

Al llegar al puente, el sol ya se había escondido, y Demetrio se dijo que de todos modos, aunque hubiese visto la puesta de sol desde la punta del cerro, lo más seguro es que tampoco se hubiese sentido colmado como ayer, y que tal vez ya no valía la pena seguir viviendo dentro de una burbuja que lo aislaba del mundo, y que tal vez fuese mejor dejarse llevar por el caudal hasta donde el río quisiera arrastrarlo.



Texto agregado el 21-10-2009, y leído por 443 visitantes. (15 votos)


Lectores Opinan
2012-10-13 01:32:26 Jamás podría ser Demetrio (o vivir como él), me comía las uñas mientras él se desperazaba en la plaza, pero a la vez, quisiera tener un día como el que vivió. Excelente 5* eti
2012-02-08 20:32:10 Muy bueno,sentí que yo era Demetrio, que alguna vez quise volver a vivir lo vivido.Pero la vida es como un espejo donde te ves una vez y luego la imagen se repite,ya sin el mismo encantamiento. Para no suicidarnos como Demetrio,nos esforzamos en aprender a nadar todos los días dentro de la burbuja,para que cuando el río nos lleve poder disfrutar del viaje. GaryLuna
2010-03-06 21:42:30 Me recuerdas la gente que padece mal de parkinson, castigados por su lentitud y obligados a medicamentos que los llevan al descontrol de su cuerpo. Tu cuento es tan universal, incluso con los platos de la abuela, imaginé y probé esas pantrucas, vi los reflejos del atardecer en el Rio Mapocho pero podía estar en cualquier sitio como tu personaje. BRAVO NeweN
2010-02-26 13:51:24 Mira tu , como la vida surca montañas , viaja , se detiene y se hace abstracción ,busca otra vez lo vivido y entre todo se cae nuevamente en el vacío de la rutina . Todo bellemente narrado . Un saludo negrate
2010-01-12 21:22:34 ¿Y logró la libertad? Yo creo que sí...Esta historia fluye con la música, con el andar, con el río; y el lector con Demetrio...Un abrazo grauer_wolf
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