Una semana después del primer encuentro con Lenki y Sarita, Marcos estaba ansioso porque llegarían sus tíos y primos.
Poco a poco, la casa recuperaba el esplendor que antes tenía. Aunque todavía faltaba el trabajo más pesado: la refacción y pintura de las paredes que quedaría para más adelante.
Las cortinas viejas fueron reemplazadas por otras más livianas, color arena, transparentes, que aunque estuvieran cerradas se podía ver hacia fuera.
Manuel había cortado el pasto, marcado los canteros y plantado nuevos jazmines, margaritas y rosales enanos.
Su tío Bruno era el hermano mellizo de su mamá. Era sumamente alegre y amigo de hacer chistes. Cuando se juntaba con su hermana podían oírse las carcajadas de los dos a través de las paredes.
A Marcos le encantaba cuando cantaba interminables canciones que amenazaban con no terminar jamás y otras que tenían unas letras horrorosas sobre un tren que se estrellaba contra un aeroplano. Carolina, su prima, se tapaba con fuerza los oídos mientras él y su primo Santiago se descostillaban de la risa.
Lo único que ensombrecía su alegría era que no podía resolver que haría con sus amigas que ya se habían acostumbrado a esperarlo un rato antes de la hora del té.
Un riquísimo aroma a medialuna se colaba por toda la casa. La mamá de Marcos conservaba la receta que le había enseñado su tía abuela, que a su vez la mamá había traído de Holanda.
Con lo cual de a poco y con el agregado original de sus nuevos miembros la casa recuperaba toda su personalidad.
Marcos se sentó en el umbral esperando aburrido, cuando de repente se paró un auto. Se oyeron bocinazos y apenas Manuel abrió el portón entraron Carolina y Santiago gritando:
—Te trajimos el regalo de cumple adelantado porque no podemos esconderlo, ¿adivina qué es?
Pero antes de que pudiera decir nada, el tío con una sonrisa de oreja a oreja le hizo cerrar los ojos y le puso un bulto caliente y peludo en los brazos.
Marcos abrió los ojos y no lo podía creer. Era un labrador color té con leche. Nunca había imaginado que podía existir un perrito tan tierno.
—Y... ¿te gusta? —dijo el tío Bruno con su sonrisa permanente.
—Es… ¡fantástico! —dijo Marcos emocionado aunque todavía no estaba muy seguro de que fuera para él.
El perrito estaba agotado por el largo viaje, y algo asustado, así que ni se movía.
Todos los tíos se abrazaron calurosamente y mirando lo linda que estaba la casa lagrimearon un poco.
¡Qué cosa la gente grande, esta contenta, se ríe, se abraza y llora, todo al mismo tiempo! A los tíos, les pasa igual que a mamá. También los asusta todavía el trabajo que queda por hacer.
Bueno, pasado el primer impacto, corrieron todos al galpón a prepararle la casa al cachorrito.
Más tarde se acomodaron cada chico en una pieza y los tíos en otra, ya que la casona tenía muchos pasillos con habitaciones a los costados del mismo. Esto a los primos les parecía fabuloso.
Todo el día siguiente estuvieron más que atareados en observar al perrito: si comía, dormía o respiraba. La verdad, que era realmente muy lindo, una bolita peluda y muy suave, que caminaba lentamente detrás de ellos bamboleándose para un lado y para el otro. Parecía borrachito el pobre. Y los miraba embelesado con esos ojos azules de bebé y la mirada perdida todavía.
Marcos decidió llamarlo Totó. Era un nombre bien corto y bonito.
La cucha le había quedado muy cómoda y además tendría pieza para él solo.
El galpón era amplio e iluminado ya que tenía un ventanal que daba al jardín.
Contra las paredes había estantes y ganchos para las herramientas. Cada una tenía marcado el contorno señalando su lugar, lo cual, una vez utilizada, era muy fácil regresarla a su sitio.
Había también una gran mesa de carpintero que invitaba a trabajar.
Este galpón no estaba sucio, ni tenía tierra y tampoco era húmedo. Era un galpón muy confortable donde el tatara-abuelo había pasado agradables momentos arreglando y construyendo utensilios y juguetes para la casa.
La verdad que la llegada de los tíos y primos había llenado la casa de risas y nuevos colores.
El tío Bruno era muy bueno haciendo asados. Así que después de limpiar y preparar la parrilla, diferentes carnes empezaron a crujir en el fuego que chispeaba.
A Manuel se lo veía más distendido y les cebaba mate a los grandes mientras charlaban amistosamente.
La comida estuvo riquísima y de postre lo mejor, helado que los chicos habían ido a buscar en procesión junto con la tía Tita.
Cuando sirvieron el café, los chicos aprovecharon para correr por toda la casa, subir por las escaleras y bajar a caballito por la baranda. Pero en una de esas, Santiago, mientras iba bajando, giró sobre su cuerpo y cayó. Se asustó bastante, pero por suerte no se lastimó. Además sería difícil saber si tenía un raspón nuevo entre todas las lastimaduras anteriores. La cosa es que con la caída se aquietaron los ánimos y Marcos aprovechó para asomarse y mirar hacia el espejo.
Se moría por jugar con sus amigas, por presentárselas a sus primos. Pero se había prometido no revelar su secreto. Su mamá le había dicho contundentemente que no se podía pasar y dudaba si estaba bien que él lo hubiera atravesado. No, no debía contárselo a ellos… aunque quizás haría un intento.
—Chicos yo tengo unas amigas del otro lado… y solemos jugar…
— ¡¿Tenés vecinas?! —gritó Carolina entusiasmadísima.
—Bueno, algo así —pero nosotros tenemos un lugar secreto para encontrarnos y no se los puedo revelar
—Dale, dale, yo no digo nada —insistió Carolina.
Pero como Marcos era muy porfiado tuvieron que acceder a vendarse los ojos hasta que él les diera la señal.
—Bueno—, sonrió Marcos haciendo unos esfuerzos tremendos por no reírse, —son dos vueltas en redondo, un paso a la izquierda, dos a la derecha, uno adelante, dos a la izquierda, uno adelante y dos a la derecha.
Entonces respiró hondo, les tomó las manos y traspasó el espejo.
— ¡Pica para Marcos y los otros dos! —gritó Lenki.
Santiago y Carolina se arrancaron los pañuelos al mismo tiempo.
Marcos hizo las presentaciones. Santiago saludo a Lenki y a Sarita mientras Carolina quedó hechizada mirando el lugar.
— ¡Pero cómo se parece a nuestra casa! —balbuceó.
Por un momento Lenki la miró extrañada pero enseguida propuso jugar al gallito ciego. Y la verdad que entre tantos chicos estuvo buenísimo. Carolina y Lenki tendrían la misma edad y resultaron muy afines.
Carolina era algo rellenita, pelirroja, con muchas pequitas, tenía los ojos chispeantes y una hermosa sonrisa.
Lenki siempre tenía alguna anécdota que contar donde por supuesto ella era la heroína. A Carolina le hacía mucha gracia y no paraba de reírse.
Lenki les contó que esa mañana estaba ella saltando por las cornisas de casa en casa y la vecina comenzó a gritar espantada como si hubiera visto un fantasma.
Carolina quedó fascinada ya que a ella le gustaba gimnasia acrobática y solía colgarse de los árboles boca abajo y su mamá se impresionaba.
Sarita no hablaba pero disfrutaba verlas reír, se notaba que Carolina y Santiago le habían caído muy bien.
—Tenemos que regresar —dijo Marcos y les colocó los pañuelos.
Carolina protestó bastante pero igual se lo puso. Lenki se fijó que estuvieran bien atados y le guiñó un ojo a Marcos con complicidad.
Ella tampoco tenía claro de donde venían, pero le pareció mejor ser discretos. Como era muy independiente, solía resolver las cosas sin consultar a nadie.
Cuando regresaron la tía Tita los estaba llamando.
—Acá estamos Tita, estábamos jugando —se apresuró a decir Marcos.
—Nos estábamos divirtiendo muchísimo —dijo Carolina— estábamos jugando al gallito ciego.
Pero cuando yo era chica —dijo la tía Tita —uno solo se tapaba los ojos.
Entonces, los tres se miraron y se echaron a reír.
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Segundo cuento de la trilogía "El espejo de las abuelas"
5º mención en género narrativa en el XVIII Certamen Nacional de poesía y Narrativa Breve, Editorial De los cuatro Vientos
Editado en el libro:
“Letras argentinas de hoy 2009”
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