En un determinado momento de mi vida de lector, creo haber tenido una intuición: los libros buscan al lector y no viceversa, y si apuramos su lectura, éstos no nos revelan su espíritu más profundo y sólo cosechamos escasas y débiles espigas. Esta verdad se ha ido cumpliendo, regular y metódicamente en mi caótico camino de lector. Ignoro si a otros les ha sucedido algo similar.
Desde este dogma personal llegué, a través de los ensayos dantescos de Borges, hasta la aventura de leer al Dante y su Commedia, esa Summa medieval. Debo, necesariamente nombrar, con reverente gratitud, a Virgilio y su Eneide, a Ovidio y su Metamorfosis, como el vigoroso impulso de la Biblia judeo-cristiana, como compañeros y guías en mi barca de Caronte.
Según Borges, La Divina Comedia sería un poema que lo contiene todo, es "el máximo de todas las literaturas". Lo cual me parece una declaración de amor literario portentosa; aunque, leyendo la obra del genio de la biblioteca y el laberinto, me parece haber sentido la presencia permanente de la duda, la ausencia de los juicios absolutos, donde más que libros existiría "el libro", que la literatura de todos los tiempos está escribiendo incesantemente.
Paso a los ensayos dantescos y la impresión que me dejó su lectura:
A) "El noble castillo del canto cuarto".
Borges pasa en reseña diversos adjetivos de la lengua inglesa de fines del siglo XVIII e inicios del XIX, adjetivos que definen lugares o cosas que, vagamente, inspiran horror. En español, tal vez, la mejor palabra sería "siniestro". Este recorrido semántico lo lleva a explicar que el Infierno de la Comedia no es un lugar atroz, sino un lugar donde ocurren cosas atroces. Es muy estimulante descubrir la potencia íntima de esas palabras que van construyendo la literatura, gracias al verbo de este autor.
El primer Infierno de la literatura, según Borges, estaría en "El Alcázar de Fuego" del Vathek (1782), del escritor inglés William Beckford.
Borges describe la arquitectura del noble castillo dantesco y el hecho que ahí se encuentren huéspedes clásicos, en fusión o confusión con la pintura coeva, aumentando así el sabor onírico de la escena.
Cita unos versos del Dante que hablan de la vanidad de las glorias terrenas:
"Non è il mondan romore altro che’un fiato
di vento, ch’or vien quinci e or vien quindi,
e muta nome perché muta lato."
B) "El falso problema de Hugolino".
Borges toma parte, y da su aporte, en la vieja polémica surgida por estos inquietante verso del Dante a propósito de Hugolino, prisionero en la torre con sus hijos:
"Poscia, più che il dolore, pote il digiuno."
Según algunos, el significado es claramente antropófago. Hugolino, vencido por el hambre, se come a sus hijos, interpretándose así esos versos, donde ‘más que el dolor, pudo el ayuno’.
Según Borges, la noción de canibalismo, en el verso, se debe sospechar con incertidumbre y temor. Negar o afirmar el monstruoso delito de Hugolino, no es menos espantoso que intuirlo.
C) "El último viaje de Ulises".
Analiza el enigmático relato que el Dante pone en boca de Ulises, el cual ya viejo, junto con algunos fieles amigos, parte en un viaje hacia lugares donde jamás ser humano, puso antes pie.
En medio a un océano tenebroso, y más allá de las columnas de Hércules, Ulises alcanza a divisar, antes que la furia de las aguas los sumerja para siempre, una oscura montaña que se perfila en el horizonte. Esta historia se relacionaría, simbólicamente, con la escritura de la Comedia, con el proceso íntimo de su génesis.
Borges aquí, me parece, explora las comarcas del inconsciente, ahí donde se anida el genio creador del Dante; en el expresar esto, la pluma borgeana vibra con una especial fuerza e intensidad.
Borges reflexiona: "Dante era un teólogo; muchas veces la escritura de la Comedia le habrá parecido no menos ardua, quizás no menos arriesgada y fatal, que el último viaje de Ulises."
Señala, además, una afinidad entre este Ulises infernal y dantesco con Achab, el alucinado y desventurado capitán de Moby Dick.
D) "El verdugo piadoso".
Discute el problema del delito y el castigo, a propósito que el Dante coloca en su Infierno a Francisca, condena Celestino V y salva a Sigiere Bramante, que defendió la tesis astrológica del Eterno Retorno.
En el caso de Francisca, Dante se enfrentaría a una paradoja insoluble al "comprender, pero no perdonar", paradoja que resuelve, según Borges, más allá de la lógica.
La conjeturas, las paradojas de Borges son densas e intrincadas, como esa su manera de escribir perfecta, irreproducible, siempre sorprendente y diversa.
Para mí, leer a Borges es como escuchar una sinfonía o contemplar una obra de arte. Al cerrar sus libros, al dejar su lectura, sólo queda vibrando algo como el raudo e invasor pasaje de una galaxia en expansión, el temblor de una emoción desconocida, la presencia de la belleza pura, y entre los dedos ninguna de sus palabras.
Leer a Borges es contemplar como arden los colores del crepúsculo que se consume en el horizonte y no poder cogerlo en palabras. Leer a Borges es sentir el silencio poderoso de una revelación que se manifiesta al lector durante su encarnación en la lectura. Al cerrar el libro, la magia se disuelve como la fuga de una sinfonía.
En este ensayo Borges se pregunta, además, si los asesinos se hacen merecedores de la pena de muerte: ¿merece o no la pena de muerte, por ejemplo, Rodión Raskolnikov? –se pregunta- y concluye que no existiría castigo sin injusticia, porque al delito se llega por una concatenación de circunstancias.
Para la ficción jurídica un asesino, bien puede merecer la pena de muerte, pero no un infeliz que asesinó por su historia pasada y "quizás -¡oh, marqués de Laplace!- por la historia del universo."
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